Opinión

Podemos ser malos

 

Por Ángel Gómez-Lobo

El otro día, en uno de los habituales vistazos globales que llevamos a cabo cuando miramos la ventana al mundo que es Twitter, me topé con el siguiente panorama:

Tweet chica

Pese a que la usuaria en concreto fue enormemente aplaudida por su intervención (a la par que criticada, todo hay que decirlo) y elevada casi al abstracto rango de heroína social (si es que en los tiempos que corren la palabra “héroe” sigue teniendo algún sentido) yo sentí un enorme rechazo, y en cierto sentido, miedo, ante ese acto de supuesta justicia. No me malinterpretéis; no vengo aquí a encarnar el papel del rancio reaccionario que aún no ha aceptado el enorme poder de las redes sociales como herramientas para el activismo, más por su aversión a las nuevas ideas que a las nuevas tecnologías, pero sí que quiero actuar en este caso como abogado del diablo, más bien a tiempo parcial, pues, sin justificar la actitud del joven infiel, me declaro totalmente enemigo del entramado social que aplaude una denuncia que me parece injusta porque, a mi parecer, se eleva (o mejor dicho, se hunde) hasta el plano de la moral individual.

Después de tan lapidaria declaración de intenciones, me gustaría invitar a la reflexión acerca del clásico interrogante de si el fin justifica los medios, pues, aunque sin duda ese Don Juan merecía que le pillasen, ¿de verdad ha sido correcta la manera en la que se ha propiciado su caída en desgracia? Creo que nadie puede dudar que la intención de la usuaria que ha denunciado sus actos era buena, ni tampoco del hecho de que todos tendemos a actuar cuando vemos un acto que a nuestro parecer es injusto. Sin embargo, no vengo aquí a hablar de hechos (pues para eso estaría redactando en otra sección de este medio que no fuera Opinión) sino más bien del significado de los hechos, en un nivel más universal: me importa bastante poco que hayan cogido a este individuo con las manos en la masa, pero si que me preocupa el nivel de persecución que nosotros mismos nos podemos llegar a imponer los unos a los otros. Una persecución que todos creemos ya superada y ante la cual mostramos nuestro rechazo cuando oímos hablar acerca del desprecio con el que actuaba la Iglesia medieval o la rígida sociedad victoriana contra los adúlteros y, en general, con todo aquel que rompía con la moral imperante en la época.

Sociedad victoriana

Que rechace la persecución moral no implica que rechace todo tipo de persecución: es más que legítimo tratar de desenmascarar y denunciar a alguien cuando está quebrantando los derechos de otra persona, poniéndola en peligro o cometiendo un delito, y, que yo sepa, a día de hoy ser mala persona no es un crimen. A nivel general apoyo que se promuevan los buenos valores, y considero totalmente necesario que exista un debate ético continuo; pero veo fuera de lugar tratar de imponer un código ético a terceras personas, y más cuando solo las conoces por haber coincidido con ellas en el mismo vagón de un tren. Por más que admiro a Kant, considero imposible establecer una norma moral universal que regule los comportamientos emocionales y pasionales; superar el consejo, la recomendación o la reprimenda en este campo para establecer una legislación (con su correspondiente policía, oficial o anónima) es una idea que me sobrecoge.

Todos tenemos el derecho a ser malos, de vez en cuando, y este derecho se legitima en la necesidad que tenemos de actuar mal para aprender a ser buenos por nosotros mismos, y no por miedo a ser abucheados en mitad de la plaza del pueblo o en Twitter. Es horrible pero es inevitable que las personas se traicionen y se engañen las unas a las otras, y más allá de predicar con el ejemplo, no podemos (ni debemos) interferir en la vida privada de las personas, aunque nuestras intenciones sean tan buenas como las de la usuaria de Twitter que ha desencadenado esta reflexión en mí.

La naranja mecanica

“El ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica.”

Anthony Burgess- The Clockwork Orange

 

 

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