Reabrir heridas

Parece que fue ayer cuando el pequeño Francisco cuidaba del rebaño en las laderas de la Sierra del Pozo, Jaén. Solía acompañar a su hermano mayor mientras pastoreaba cerca de la pequeña población de Pozo Alcón, y fue precisamente este quien despertó en él su ambición desmedida por las letras y los números. Me imagino a ese niño de cuatro años correteando por la hierba detrás de las pequeñas ovejas mientras escuchaba los discursos de su hermano y se enamoraba cada vez más del mundo que lo rodeaba. Por desgracia, esa idílica situación no duró mucho, pues a los dos años su hermano murió. Francisco quedó solo a cargo del rebaño, pero esta nueva responsabilidad no hizo que su interés por el conocimiento menguara. De alguna manera, logró alternar su trabajo y su gran afición literaria, gracias a los periódicos y libros que su Maestro le suministraba cada 15 días.

A los 18 años, su Maestro y otras personas del pueblo convencieron a su padre de mandarlo a Granada y allí estudió Magisterio. Aprendió más de lo que habría cabido soñar y, al final, logró convertirse en maestro. La enseñanza llenó su corazón durante 15 años, al igual que su mujer, Ángeles, con la que tuvo cuatro hijos. No obstante, la felicidad nunca es constante.

Un día fatídico de 1939, es detenido y encarcelado por el crimen de haber ejercido su profesión durante la guerra al servicio de la República traidora. Fue condenado a 20 años, pero, gracias a su labor de enseñanza en la cárcel, salió en libertad provisional a los cuatro. Al salir, se encontró de bruces con la nueva realidad. Una realidad en la que su mujer, Ángeles, había muerto (también en la cárcel) y sus cuatro hijos se encontraban dispersos. Con el tiempo, se reagruparían y Francisco reharía su vida. Ejerció la enseñanza privada hasta el 59, cuando por fin le revocaron la prohibición e ingresó en el Magisterio Nacional. Se casó de nuevo y enseñó en lugares de toda España, marcando a centenas de niños con su gran corazón y amor por el saber. Y en el 63, a la edad de 64 años, murió.

Maestro Francisco Hortal

Yo no conocí a Francisco, pero sé que existió, pues de no ser así yo no estaría aquí. No llegué a saber ni como le gustaba que le llamasen (Francisco, Fran, Paco…). Sé, por lo que he leído y escuchado, que amó su profesión hasta el fin de sus días. Pero también sé que nunca volvió a ser él mismo.

El pasado 2019 ha cerrado un capítulo más de la negra historia del último siglo en nuestro país, pero todavía existen más páginas en ese libro que hay que revisar. Por desgracia, cada día escuchamos más ese viejo mantra del “no hay que reabrir heridas; hay que mirar al futuro y dejar atrás el pasado”. Personajes del (cada vez) más rancio espectro político demuestran con su palabras que para ellos la Historia no tiene nada que enseñar; y tratan como tontos a los que hay por debajo de ellos. Para algunos, siempre habrá españoles de primera, y españoles de segunda. Unos que no se lamentan de sostener todavía las porras ensangrentadas; y otros que, aún a día de hoy, siguen llorando silenciados el dolor de sus cicatrices. Quizá no se trate de “abrir viejas heridas”, sino de sanar las que cosieron aun estando enquistadas y supurando.

Sacar a Franco de la Gran Pirámide que se ordenó construir no es sino un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para España. De todas formas, en este país aun hay historias silenciadas y hombres como Francisco a los que durante décadas les arrebataron sus sueños de hacer un lugar mejor. Él, al menos, pudo seguir viviendo y su familia puede ir a visitarlo, mientras que otros todavía se encuentran en paradero desconocido, ocultos bajo kilómetros de rocas, alquitrán e ignorancia. Y es que, a día de hoy, los que se niegan a mirar atrás y a aceptar que otros cometieron errores imperdonables, considerarían a Francisco traidor, aunque su único crimen fuese el de enseñar.

Nadie culpa a los nietos de los crímenes de sus abuelos, ni tampoco se quiere hacerlo. Si se busca una sola cosa con este tema es que las cosas se llamen por su nombre, y que nunca vuelva a ocurrir nada similar. Porque para eso sirve mirar al pasado o reabrir viejas heridas: para que el presente y el futuro estén libres de dolor. Y es que, si debo elegir entre Franciscos, se que elegiré al que dio la vida por su profesión; y no al que arrebató los sueños de los que querían hacer de España un lugar mejor.

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