Opinión

Good Bye and good luck

El 31 de enero de 2020 será recordado como un día triste. Esta fecha quedará marcada para siempre en la historia de Europa. Uno de los principales fundadores de la Unión Europea, el Reino Unido, abandonó la unión por voluntad propia de sus ciudadanos.

En una época donde el mundo derriba fronteras en vez de construirlas, en un siglo donde los países tendemos a aliarnos para ser más fuertes, algunos optan por separase; en una década donde los ciudadanos quieren ser más libres, otros se refugian dentro de sus murallas; en unos años donde tenemos que luchar todos juntos contra aquellos que quieren destruir nuestra paz, convivencia y democracia, algunos prefieren hacer la guerra por su cuenta.

En 1957, cinco países decidieron unirse y crearon un proyecto común. Un proyecto donde todos cabemos, donde todo el mundo importa, donde las banderas quedan en un segundo plano para que los europeos podamos vivir en democracia, libertad y sin miedo a que nuestros derechos sean eliminados.

Una ilusión de cinco gobernantes que querían que su continente no volviera a caer en la piedra de las guerras mundiales que tan devastada y apaleada habían dejado Europa. Con el objetivo de quitar limites a la circulación de mercancías y crear una unión política, esos cinco estados antepusieron la democracia, la paz y la libertad a sus diferencias y dejaron ese granito de arena para que las futuras generaciones completaran la unión hasta conseguir una especie de “Estados Unidos de Europa”.

Ahora en 2020, esas diferencias remarcadas por los nacionalismos y extremismos han ganado la partida. La sociedad inglesa ha caído en la trampa de un señor que prefiere cerrar acuerdos comerciales con el señor Trump, antes que trazar vías de actuación y seguir colaborando para solucionar los problemas que tenemos en nuestro continente.

El ultranacionalista Nigel Farage ha jugado sus piezas de manera brillante. En 2016, planteó al gobierno de Cameron un referéndum en el que el pueblo británico decidiese su futuro en la Unión. Cameron aceptó, confiando en que sería un paseo y que él saldría como único ganador. Pero nada más lejos de la realidad. Dieron igual las alarmas, las campañas que se realizaron a favor de seguir juntos, los avisos, las advertencias. A pesar de todo eso, los sentimientos pudieron con la razón.

Lo que en casa iba a ser un voto para hacer la broma y echar una pequeña bronca a la Unión Europea, se convirtió en una pesadilla para muchos ciudadanos que realmente se tomaron en serio la votación.

Pero no hay marcha atrás, después de una ardua negociación por una salida amistosa y pactada, el Reino Unido consuma su Brexit con el conservador Boris Johnson a la cabeza.

Ahora los cimientos se resquebrajan y toca ser más fuertes. Todos los países y los señores vestidos de negro que operan en secreto en los despachos de la Unión Europea deben reflexionar sobre lo ocurrido y preguntarse por qué hay países euroescépticos o que quieren ejercer su derecho a salir de la unión Europea.

Toca cerrar la herida, confiar en que las nuevas generaciones se den cuenta del error y despedir a nuestros vecinos como se merecen: Good bye and Good luck

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