La cultura de la inmediatez: ¿libertad o alienación?

“Consider a future device in which an individual stores all his books, records, and communications, and which is mechanized so that it may be consulted with exceeding speed and flexibility. It is an enlarged intimate supplement to his memory.”

                                                                                ­    – Vannevar Bush, en As We May Think

La revolución tecnológica que ha supuesto el uso de internet en nuestras sociedades es un hecho innegable. Desde el desarrollo de la World Wide Web por el inglés Tim Berners-Lee hasta la creación de la enorme red de conexiones que hoy día sostienen el mundo, cada paso que se ha dado en el ámbito de la tecnología ha marcado un antes y un después en la forma de comunicarnos. Como el estadounidense Vannevar Bush previó en su artículo As We May Think, publicado en el año 1945 en la revista Atlantic Monthly, la realidad digital se ha convertido en una herramienta básica para nuestra memoria: todo nuestro alrededor gira en torno a ella.

El debate que el desarrollo de las nuevas tecnologías ha abierto plantea dos visiones opuestas pero reconciliables. La falta de privacidad, la fobia a la soledad, la necesidad de consumo constante e inmediato, la pérdida de los detalles… todo ello ha construido, por un lado, un pensamiento reacio a internet y a lo que el mundo de la tecnología significa. Por otro, el fortalecimiento de las relaciones interpersonales, la ubicuidad, el progreso, la red de creatividad y todas las ventajas que rodean la era digital ha fundado un argumento a favor de su desarrollo. Ambas posturas, sin embargo, se retroalimentan: es necesario tener en cuenta tanto las ventajas como los inconvenientes que esta nueva percepción del mundo trae para poder convertirlo en un mecanismo útil, eficaz y honesto.

En 1973 Ithiel de Sola Pool calificó Internet como una «tecnología de la libertad». No obstante, conceder el ámbito de la libertad, un término tan absoluto y difícil de delimitar, a la red, no es más que un intento fallido de describir Internet. Sería incluso más acertado hablar de la alienación que desde algunas perspectivas han desencadenado las RRSS, la publicidad digital o las telecomunicaciones. Son muchos los que hablan de la “intrusión” en la vida privada, de la necesidad de conexión e información, del desarrollo de un mundo efímero… en definitiva, de la falta de libertad. La cultura de la inmediatez ha revelado la parte más impaciente y ansiosa del ser humano. Ahora el ser humano trata de crear sensaciones sobre las que hablar en vez de hablar sobre las sensaciones que tiene: la red también ha cambiado nuestra forma de pensamiento e interiorización.

Los nuevos hábitos que las comunidades más hiperconectadas están desarrollando han quedado superpuestos a las nuevas tecnologías. Hemos potenciado un mundo globalizado unido por un elemento común, y ahí es donde juega su papel internet. El impacto es directo y cada vez más notorio, pues se manifiesta en todos los aspectos de nuestra vida. Las nuevas generaciones nacidas con la revolución digital han desarrollado pautas de comportamiento muy distintas a lo que habituábamos, dejando a la luz la verdadera transformación que la llegada de internet ha supuesto.

Sin embargo, es cierto que no se pueden intentar juzgar con patrones antiguos los nuevos medios hacia los que el mundo se dirige. El progreso que las redes de conexión han conformado en cuanto a la no necesidad de presencialidad en las comunicaciones o a la fácil accesibilidad a la información y al aprendizaje es increíble. La revolución tecnológica ha sido uno de los cambios más importantes de la historia de la humanidad y ha supuesto un avance radical, más aún incluso que el propio desarrollo de la imprenta. Y ya no tiene que ver solo con la ubicuidad o la rapidez, sino con el cambio sociológico.

Con todo, creo que lo verdaderamente determinante es ser conscientes de los cambios que la era digital ha traído. Tanto de los buenos como de los malos. Aprender a dar un uso razonable a los dispositivos, a convivir con la tecnología y a alejarnos de sus efectos perjudiciales. No olvidar nunca lo que nos constituye como humanos. Sólo así podremos afrontar la nueva alteración estructural de nuestras sociedades y emprender un camino hacia una transformación tecnológica favorable en todos sus sentidos.

 

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