Cultura Opinión

Los grandes marginados del ICAA: los estudiantes

Inexistentes, invisibles o imperceptibles permanecen los estudiantes audiovisuales para el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales en España. Este organismo, dependiente del Ministerio de Cultura y Deporte, ha ido incluyendo colectivos protegidos en sus ayudas económicas durante el transcurso de los años: discapacitados, mujeres y nuevos realizadores. Y hay que reconocérselo, es grandiosa la función que realiza motivando la inclusión de discapacitados e incentivando el apoyo a nuevos creadores -que no poseen un bagaje cinematográfico-. Pero, a pesar de todo ello, aún tienen una enorme asignatura pendiente: los estudiantes.

Para aprender hace falta dinero

Existen multitud de sectores profesionales y, desgraciadamente, el audiovisual es extremadamente caro.

Imagina que deseas realizar un cortometraje simple y sencillo -pero en condiciones-. Para ello, como mínimo, necesitarías: una cámara, unos objetivos, un micrófono con su pértiga y unos focos. Podría realizar un listado con cientos de herramientas y necesidades más, pero lo básico sería eso. También habría que sumarle el equipo humano, que con suerte puedes conseguir estudiantes -acostumbrados a trabajar gratis-. Con todo eso, más o menos, podrías arrancar el proyecto.

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Los objetivos, un elemento excesivamente caro pero fundamental para cualquier proyecto audiovisual.

Nuestro problema es ese, practicar resulta muy caro. Para aprender hay que fracasar y para fracasar hay que perder dinero. Si no tienes dinero, no puedes permitirte fracasar y mucho menos aprender. De ahí la actual escisión educativa en el panorama audiovisual: las escuelas privadas, que ofrecen la posibilidad a sus alumnos de practicar, fracasar y aprender, y las escuelas públicas -universidades- que te ofrecen el comerte una mierda.

Nadie piensa en ellos, ni papá Estado

Los que estudiáis audiovisuales sois conscientes de lo complicado que es levantar un proyecto sin un duro y, en numerosas ocasiones, invirtiendo tus ahorros de meses o años. Nadie apoya a los estudiantes, nadie confía en ellos y, menos aún, les da dinero.

Para las empresas, los estudiantes son concebidos como capital de riesgo. Y no es para menos. Obtener rentabilidad de un proyecto universitario es una utopía y las empresas no quieren sueños, quieren realidades. Nadie da dinero a fondo perdido, excepto el Estado.

Por otro lado están las universidades, diseñadas para mantener redes clientelares, inflar presupuestos y beneficiarse a costa de jóvenes que acceden a su sistema con ilusiones y acaban saliendo con depresiones. Ahondando en lo relacionado al audiovisual, nos encontraremos con planes de estudios paleozoicos, escasez de material, profesorado inepto y una metodología de enseñanza digna de haber sido elaborada por el eslabón perdido de la evolución humana. Y como es comprensible, poca ayuda se puede obtener de unas instituciones tan burocratizadas y caducas.

Por último nos queda el Estado, el último atisbo de esperanza que acaba desvaneciéndose con prohibiciones e impuestos. Con su mirada cortoplacista, coaccionado por los lobbies y sectarizado por ideologías es difícil que fije sus ojos en los estudiantes.

Ante semejante rechazo social solo queda el amparo de los allegados: familiares y amigos.

Prostituidos por 15 minutos de vídeo

Dada la situación quedan únicamente dos opciones: sentarse de brazos cruzados o lanzarse al ruedo desnudos y sin espada. Poca es la gente que se enfrenta al toro con los pronósticos en contra y menos aún la que sobrevive.

Realizar un cortometraje supone, para un estudiante, pedir mil y un favores; rezar por encontrar seres humanos que no cobren; saltarse la legalidad vigente continuamente; pagar de tu bolsillo aquello que no has conseguido con favores; dar tu vida por tu proyecto, arrastrando contigo a tus amigos mientras se replantean si les merece la pena tu amistad; y hacer cosas que jamás habías hecho y jamás volverías a hacer. Una aventura sin precedentes por la que acabarás arruinado. Si eres un afortunado conseguirás ese ansiado cortometraje con el que lucirte y distribuir por festivales de toda España, de lo contrario acabarás teniendo en tus manos un video casero que no querrás que vea ni tu mascota -por vergüenza-. Un placer de ensueño.

La idílica solución del ICAA

La mayoría de proyectos audiovisuales universitarios se podrían realizar con un presupuesto de 500 a 1.000€, de forma satisfactoria y plena. No necesitamos las grandes pretensiones de los artistas consagrados, nos basta con un pequeño fondo con el que pagar el material técnico y darle algo de limosna al humano. Somos humildes, cuando hay necesidad se recorta con el hacha.

Si el ICAA destinase, de esos cientos de millones que otorga a fondo perdido, tan solo 500.000€ al apoyo de proyectos universitarios, se podrían hacer realidad entre 500 y 1.000 proyectos al año en toda España. ¿Qué supone eso para el ICAA, el Ministerio de Cultura y Deporte o para el Estado? Nada. Ya lo decía la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, con su famosa frase “chiqui, eso es poco” cuando hablaba de subir o bajar 1.000 millones de euros en los Presupuestos Generales del Estado. Pues eso, supone “poco” para el ICAA y mucho para nosotros.

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