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¿Por qué nadie quería creer?

Fuente: Mundo deportivo

El fútbol es un juego inexplicable, insuperable e indescifrable. Ayer en Anfield sucedió lo que nadie en este planeta esperaba que fuera a suceder. Porque nadie quería creer.

Ayer, once guerreros vestidos de negro llegaron al tan temible estadio inglés dispuestos a realizar el mayor ejercicio de supervivencia futbolística jamás visto. Con ganas de dejarse la vida por su general, por su mesías y por su gente. Dos mil aficionados que quisieron viajar aun sabiendo de lo inmensamente complicado que sería pasar la eliminatoria; dos mil chicos y chicas que, a pesar de todo, se hicieron oír más que nunca y que no dejaron de apoyar a sus soldados contra el coronavirus y contra el mejor equipo del mundo.

Por qué sí, no hay por qué esconderlo, el Liverpool es el mejor equipo del mundo. No hay mayor espectáculo futbolístico que el que realizan los diablos rojos en su campo. Paredes, centros, esfuerzo físico y un inmenso despliegue táctico a las órdenes de un ingeniero alemán, que ha diseñado a su imagen y semejanza, una máquina de destrucción masiva.

Una máquina perfectamente engrasada, con las piezas exactamente donde las quiere y haciendo lo que él ordena y manda a pleno rendimiento cada semana. Un muro en defensa, un centro del campo increíble y tres balas en ataque. Simplemente impresionante.

Porque nadie quería creer. Nadie podía imaginar que un ángel salvador vestido de oro y con guantes de acero iba a ser capaz de poner bajo sus espaldas a todo su equipo y salvar situaciones imposibles para cualquier ser humano normal. Al igual que ninguna persona podría nunca llegar a imaginarse que un tal Felipe Augusto Monteiro iba a hacer olvidar al que había sido el faraón durante los últimos nueve años. Y vaya si lo está consiguiendo.

Nadie quería creer cuando el Cholo, viendo que Diego Costa estaba fuera del partido, decidió cambiarle por Marcos Llorente perdiendo uno a cero. Cambio defensivo, dicen algunos; cobarde dicen otros. Pero cómo ya viene demostrando este argentino año tras año, en el fútbol, un centrocampista puede hacer de siete delanteros.

Porque nadie quería creer que ese cambio sería la solución total a todos los problemas, que ese chico rubio, llegado desde la acera de enfrente, con el número catorce a la espalda y que tan pocos partidos había disputado hasta ahora, iba a ser el protagonista de tal gesta histórica.

Dos disparos colocados perfectamente al palo largo del portero metieron al Atleti en cuartos.

Cuando todo estaba absolutamente perdido, cuando la bandera blanca de la rendición estaba a punto de ser colgada en el banquillo rojiblanco, apareció él para decirle al mejor equipo del mundo, que la guerra todavía no había terminado.

Asedio, vendaval, cañonazo tras cañonazo, centro tras centro, suspiro tras suspiro, el Atleti consiguió que el emperador de Europa cayera de la competición en la que llevaba dos años sin perder una eliminatoria.

Porque nadie quería creer, hoy el Atleti, está más vivo que nunca.

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