El valor de lo habitual

Tic-tac, tic-tac, tic-tac… contemplo desde hace días el reloj de mi sala de estar. Así, toda España confinada en sus casas, escuchando el tictac de sus relojes. La situación es, como todos sabemos, complicada. Y es que resulta temible cómo desde la ventana de la cocina vemos el mundo congelado y desértico, mientras que un pequeño grupo de personas siente en primera fila la presión de lo que avanza imponentemente entre nosotros.

Hace poco, mientras hablaba por videollamada, me planteé si realmente somos conscientes del estilo de vida que llevábamos y de cómo viviríamos esta situación si no tuviéramos algunas facilidades como Internet ¿Qué sería de la comunicación?

Sin duda, resulta un poco más fácil estar alejado de nuestros seres queridos si podemos hablar cara a cara con ellos durante horas por aplicaciones móviles, tomarnos, quizá, un café en línea o cantar el «cumpleaños feliz» con el micrófono de los auriculares.

Pero también, desde un punto de vista más formal, los que tenemos suerte trabajamos y estudiamos desde casa e intentamos seguir una rutina para normalizar lo ajeno, pudiendo cumplir nuestras obligaciones: estamos presentes en reuniones virtuales, asistimos a nuestras clases de forma telemática, recibimos y enviamos información por plataformas virtuales…

De repente nos hemos visto con todo el tiempo del mundo para hacer todo aquello para lo que nunca teníamos tiempo y, sin embargo, lo más recurrente estos días es quejarnos del aburrimiento. Podemos ver todas esas series y películas que nos han recomendado durante meses, experimentar en la cocina y probar nuevas recetas, seguir rutinas deportivas, leer, escribir, pintar… desarrollar cualquier afición artística que deje volar nuestra imaginación o, sencillamente, descansar y dedicarnos tiempo a nosotros mismos.

Mucho de lo mencionado tiene un factor común, la comunicación e información casi instantánea que nos proporciona Internet. Sin él nuestras vidas, profesional y personalmente, quedarían, en gran medida, paralizadas. Tenemos opciones, comencemos a valorarlas, y ,ahora , también tenemos tiempo. De este modo, pasamos del estrés del trabajo y la monotonía a la inquietante calma de casa, y todo lo que asumíamos de la vida se ha desvanecido en un instante.

Ahora, más que nunca, nos damos cuenta de lo normalizada que está la vida, la inmediatez, y la velocidad antepuesta a la calidad de nuestro día a día. Corremos para montarnos en el autobús, como si fuera el último; sufrimos por llegar a tiempo con los plazos de nuestras tareas; planificamos cada hora de nuestra semana y esquematizamos la larga lista de quehaceres pendientes y, aun así, tenemos la permanente sensación de llegar tarde.

Yo siempre he sido de las que piensa que a veces compensa más perder el autobús y tener que esperar al siguiente, pero en cambio poder observar, escuchar y disfrutar del entorno; de los desconocidos que caminan a mi alrededor, de su apariencia; de mi música favorita; de luchar con el paraguas en días de lluvia; de volver andando a casa, aunque esté lejos y de los gritos de los niños jugando en el parque del barrio cada tarde, pero, sobre todo, de la simpleza de la vida cotidiana que anhelamos en momentos como este.

Sea como fuere, solo puedo pediros, pedirnos a todos, que seamos responsables hoy para poder perder, como de costumbre, el autobús mañana.  

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