Yo sin ti, no soy (1 – II)

CAPÍTULO 1 – PARTE II

A mi consulta entró un chico alto, como de mi altura, con unos ojos marrones profundos y bastante guapo. Se acercó a mi escritorio.

— Hola Mario. ¡Uy!, perdona. Hola, Dr. González. Que estamos en tu trabajo.
— Tú puedes llamarme así cuando quieras, Dylan. ¿Qué haces aquí?
— Nada, solo venía a verte en tu último día de trabajo antes de las vacaciones.
— ¿Cómo has venido?
— En coche, he aparcado fuera para que no me cobren el aparcamiento del sótano.
— Mejor, la verdad, porque es muy caro. Bueno, ¿y esa prisa por verme?
— ¿Acaso no te alegras? —dijo Dylan, cambiándole la cara por completo.
— No he dicho eso, pero me ha sorprendido, ya  que nunca habías venido a verme al trabajo el último día ­—dije, intentando suavizar la situación para que no pensase que quería que se fuera, porque no era así.
— Parece que no quieres que esté aquí.

El ambiente se tornó tenso y frío de un momento a otro. Dylan y yo nos miramos fijamente, penetrándonos con la mirada. La mirada más profunda que puede haber entre dos personas enamoradas del propio enfado que mantenían. Pasaron dos, o tres, segundos cuando Dylan agachó la cabeza.

— ¿No vas a sentarte? Llevas desde que has entrado de pie —le dije al observar que, desde que había llegado, no se había sentado, sino que seguía enfrente de mi escritorio y de pie.
— No hace falta. De todos modos, ya me iba a ir. Hasta luego, Mario.

Dylan se dio la vuelta y salió de la consulta dando un portazo que solo yo oí retumbar en mi mente. Me quedé un rato sentado analizando la situación. Realmente, ya me habían dado las vacaciones. No quería ir ahora a casa ya que me encontraría con Dylan, que se va ahora a casa a comer y, luego, se vuelve a ir a trabajar. Como no tenía nada que hacer, decidí quedarme a reorganizar la consulta un rato. Mi hospital deja bastante imaginación a sus empleados de organizar la consulta como ellos vean, y sobre todo en esta planta, ya que cada uno tiene su gusto y su forma de ayudar a los demás en la terapia. Me remangué la camisa y me puse manos a la obra. Saqué libros y notas, papeles, etc.

Eran las dos y media, la hora a la que suelo comer todos los días. Como no tenía hambre, no bajé a la cafetería a comer y seguí ordenando. Sobre las cinco y media, se presentó Almudena en mi consulta, como todos los días. Sobre esta hora, suele venir a echar un vistazo de cómo está todo y para ver si necesito algo.

— ¡Pero Mario!, ¿qué haces todavía aquí? —me dijo, con un tono de regañina.
— Pues aquí me ves, reorganizando un poco la consulta.
— ¿Has bajado a comer? No te he visto.
— No he bajado, no tenía hambre.
— ¿Y eso?
—Pues ya sabes, me quita las ganas de todo cuando se enfada… —le dije a Almudena, agachando la cabeza para que no pudiera ver la notable tristeza en mi rostro.
— ¿Era Dylan? El paciente que te quería ver, me refiero.
— Sí.
— Pero ¿qué ha pasado?
— Un tontería, como siempre.
— Bueno, solucionadlo pronto, anda. Yo me voy ya, que he cambiado el turno con otra compañera y puedo salir antes. Mañana ya es mi último día… ¡qué ganas tengo!
— Me alegro mucho, Almudena. Seguimos en contacto, ¿no?
— Claro que sí, Mario. Llámame si necesitas algo o, básicamente, cuando quieras.
— Y, por eso, te quiero tanto.
— Y yo a ti, Mario —dijo; acercándose a mí, aún de rodillas en el suelo, y dándome un beso a modo de despedida.
— Adiós, Almudena,
— Chao

Antes de que Almudena hubiera cerrado la puerta, yo ya estaba otra vez con los libros y los papeles.

Eran las siete y media cuando volví a ver el reloj. Había estado tan centrado que se me habían pasado dos horas volando. Di por finalizada mi reorganización, que había sido muy productiva, tanto para la consulta como para mí. Cogí los papeles que necesitaba llevarme, me puse la americana y me dispuse a salir. En ese momento, sonó el teléfono. Respondí apresuradamente.

— Consulta del Dr. González, dígame.
— ¿Es usted el Dr. González? —dijo una voz bastante grave.
— Sí, soy yo, dígame qué necesita —respondí, tras un segundo de silencio. Llevaba un par de años trabajando allí y aún no me acostumbraba a que me llamasen así.
— ¿Podría concertar una cita con usted a la mayor brevedad posible?
— Mi consulta permanecerá cerrada por vacaciones. Llame a mi secretaria y ella le concertará una fecha.
— Por favor, Dr. González, es de extrema necesidad que me reúna con usted. Solo necesito veinte, incluso tan solo quince, minutos de su tiempo. No se arrepentirá.
— Accederé a una consulta con usted mañana a las diez en punto.
— Muchas gracias, Dr. González. Y le pido, por favor, que no le comente esto a nadie.
— Perdone, creo que no me ha dicho su nombre.
— Mañana lo hablaremos todo.
— Vale… Mañana a las diez en punto, acuérdese.
— Adiós, Dr. González. Por cierto, ¿podría indicarme el número de consulta y la planta?
— Sí. La planta es la número cuatro y la consulta es la número veintiséis. Según sale del ascensor, la última puerta a la izquierda, al fondo del pasillo. Adiós.
— Adiós nuevamente, Dr. González.

La llamada se cortó al unísono.

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