Yo sin ti, no soy (1 – I)

CAPÍTULO 1 – PARTE I

Eran las doce y media de la mañana y estaba en la cafetería de mi trabajo, el hospital. Era un lunes como cualquier otro, salvo porque era el último día de trabajo antes de poder coger las vacaciones. Este verano no tenía planeado ir a ningún sitio especial, simplemente quedarme en casa, ir a nuevos lugares en la ciudad y a sitios, según vaya surgiendo.

Como he dicho, estaba sentado en la barra de la cafetería, que estaba en la planta cero. Mi consulta está en la planta cuatro. Lo único que quería era terminarme el café, coger las cosas de la consulta e irme a casa. Mientras me estaban sirviendo el café sonó mi teléfono móvil. Lo cogí del bolsillo, descolgué y me apresuré a responder.

— ¿Sí?
— Mario, un último paciente quiere verte. Dice que estará en cinco minutos —dijo, dulcemente, la voz de mi secretaria Almudena—, te he llamado a la consulta, pero no estabas.
— ¿Qué? —pregunté bastante confuso.
— No ha querido dejar nombre, pero dice que es urgente y que necesita verte.
— Vale, gracias. No le haré esperar. Ahora voy.
— Adiós.
— Adiós, Almudena.

Era bastante extraño. Mis consultas solían terminar a las doce o doce y media, dependiendo de cada paciente y si llevo retraso o no. Pero más extraño era aún que no hubiera querido dejar nombre. Pero bueno, daba igual. Desganado, me bebí el café que me acababan de servir, que estaba ardiendo y que me fue quemando la garganta conforme bajaba. Pagué y fui directamente al ascensor. Marqué la planta número cuatro, mientras que una luz tintineaba fugazmente. Me miré en el espejo y vi que tenía un pequeño remolino en el pelo, así que me lo arreglé con la mano justo antes de que se abriesen las puertas en el piso dos, donde se subió Almudena.

Era una chica bastante guapa para mi gusto. Era alta, con el pelo totalmente negro y liso, con unos ojos marrones muy claros, casi grises. Eran unos ojos preciosos que, combinados con su cara, daban con la combinación perfecta. Almudena, con cara alegre,
me sonrió.

— Venga, Mario, alegra esa cara que hoy ya es tu último día. Tienes que estar alegre,
feliz… que sé que vas a pasar un verano estupendo, ¿a que sí?
— Eso espero, la verdad. Estos últimos días no he estado durmiendo bien, pero intento que no se me note.
— ¿Pero cómo no se te va a notar con esa cara de muerto que tienes? —me dijo
Almudena, riéndose.
— No lo sé. Pero bueno, gracias de todos modos. Me bajo ya, que me paso de planta.
— Sobrevive, anda. Y luego cuéntame quién era ese “paciente misterioso”.
— Luego te lo cuento, cotilla. Hasta luego. —Le dije, despidiéndome de ella mientras me sonreía.

Almudena y yo nos habíamos conocido cuando empecé a trabajar. Desde el primer día, fue una chica muy amable conmigo. Su trato con todo el mundo es muy cordial. Cogimos confianza poco a poco y, hoy en día, cuento con ella para todo porque sé que, a pesar de trabajar en el mismo hospital, fuera de él somos amigos.

Cuando salí del ascensor, me dirigí a mi consulta al fondo del pasillo, la número veintiséis. La sala de espera, que se encuentra nada más salir del ascensor, estaba bastante llena, pero, por suerte, solo una de esas personas me correspondería a mí. Mi planta era de especialistas en psiquiatría y psicología. El pasillo también estaba lleno, tanto doctores y doctoras, como enfermeros y enfermeras e, incluso, personal de limpieza. La gente era muy amable, aunque siempre había alguna persona refunfuñando. Me saludaban y yo devolvía el saludo con una sonrisa.

Cuando entré por la puerta, vi mi consulta. En el suelo tenía una moqueta marrón oscura
y las paredes eran de un color similar. Daba un toque íntimo. Ese toque es el que se necesita en sitios como aquel, donde la gente debe poder abrirse sin pensar en que hay una persona tomando apuntes como si fuera una clase. A la derecha estaba la zona de hablar, como la llamo yo. Constaba de una librería que ocupaba toda la pared y delante de ella había un sofá con un respaldo, pero solo hasta la mitad del sofá y, al lado, un sillón. En la otra zona, la zona común, estaba el escritorio con mi silla en un lado y dos sillas en el otro. Detrás de mi silla estaba la ventana, que daba al patio interno del hospital. A los lados de la ventana estaban colgados mi diploma de colegiado y un par de título más.

Me senté en la silla de mi escritorio a esperar a mi último paciente. No terminaba de sentarme y alguien llamó a la puerta.

— ¿Se puede? —dijo una voz grave y con un tono de humildad.
— Adelante.

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