Opinión Política

¿Requiem por el homo liberalis?

Cada tiempo histórico está marcado por sus propios debates, desafíos y creencias
que definen de un modo u otro cómo se constituyen las sociedades y civilizaciones.
Mientras los imperios romano y chino sometieron vastas regiones para
homogeneizar las sociedades vecinas, la redefinición de las dinámicas globales
significó para Europa el reconocimiento de principios como la no injerencia en los
asuntos internos de los estados o la separación entre Iglesia y poderes públicos en
la Edad Moderna. Las bases ideológicas gestadas durante el siglo XVIII fomentaron
una Europa con visiones imperialistas e industrializadoras que desembocaron en un
período relativamente pacífico en el que las potencias continentales extendían sus
posesiones territoriales por todo el globo. Esta Pax Britannica, adalid del capitalismo
y las nuevas conciencias naciones que gestaron las naciones europeas
contemporáneas, defendía la estabilidad internacional mediante un delicado
equilibro entre los actores geopolíticos. La frágil correlación de fuerzas del siglo XIX
quebró con el advenimiento de las Guerras Mundiales, que pusieron fin al dominio
británico.Esta debilidad de Europa tras 1919, que ya era palpable en
acontecimientos como la irrupción del nazismo o la desastrosa política de Oriente
Medio, vino a confirmarse en 1945, cuando un continente exhausto comenzó a
depender de Estados Unidos. Si bien el nuevo paradigma bipolar dividía el mundo
en dos esferas de influencia ideológicas opuestas, finalmente fue el discurso
americano, con principios como la globalización, la extensión del libre comercio, las
democracias constitucionales o el derecho de autodeterminación, el que acabó
imponiéndose. De esta forma,durante las últimas décadas se ha consolidado el
dogma norteamericano. Todos estos períodos, testigo cada uno de sus dinámicas
particulares, han estado precedidos por interregnos caóticos que los demarcaron, en
los cuales aumentó el desarraigo en sociedades polarizadas.

 
La dialéctica global como lucha entre ideologías opuestas parecía haberse agotado
con el advenimiento de los valores liberales. Esta mecánica parecía haberse
agotado con la superioridad moral del modelo americano que se imponía en todos
los continentes. Desde entonces, los atentados del 11 de septiembre, las fallidas
intervenciones militares estadounidenses en Oriente Medio, el conflicto de Crimea,
la crisis financiera del 2008 y el triunfo de líderes como Trump o Bolsonaro han
tenido repercusión a escala mundial. Vienen además a demostrar que el supuesto
triunfo atemporal del dogma liberal se sobreestimó a sí mismo. Por otro lado, la
pandemia del Covid-19 parece constituir la causa última del declive del sistema que
comenzó a gestarse en 1945, sumiéndonos de lleno en una etapa incierta cuyo
ritmo se acelera por la expansión pandémica. Si en el corto plazo este virus va a
causar enormes pérdidas humanas, en el largo herirá de muerte las dinámicas
globales actuales.

 
La correlación de fuerzas de las tres últimas décadas ha estado definida por el
protagonismo de Estados Unidos como líder global, la subordinación de Europa a
las políticas americanas y el auge de nuevos estados emergentes que hasta el
momento han asimilado, ya sea completa o parcialmente, las directrices de los
dogmas imperantes. Países como Brasil o India, que cuentan con una ventaja en
cantidad total de trabajadores que cada vez jugará un mayor peso, se incorporaron
a la gobernanza política y económica mundial sin cuestionar la doctrina fundamental
del sistema. Dentro de este colectivo de estados, China, siendo la segunda potencia
económica del globo, ha contribuido a dotar de la mayor legitimidad posible al orden
mundial, pues habiendo estado desplazada internacionalmente hasta la década de
los 80, aceptó este sistema y optó por una diplomacia discreta que evitase la
confrontación directa con otros estados. Para tratar de entrever el próximo modelo
global habrá, por lo tanto, que mirar hacia Asia y en especial a China.

 
El virus que en un primer momento parecía ser problema exclusivo de China ha
pasado a ser, paradójicamente, el mayor desafío en años para todo el planeta y una
extraordinaria baza para el gobierno de Xi Jinping. No solo ha provisto de material
sanitario a Estados Unidos, Italia o España, sino que también se ha presentado ante
la comunidad internacional como el más profundo conocedor del virus por su
experiencia anterior. Además, el mayor problema de China para posicionarse como
alternativa real al modelo estadounidense era su falta de legitimidad interna, ya que
pese a mostrar un ingente desarrollo económico, su modelo político chocaba con el
dogma democrático aparentemente consolidado. No obstante, ante la incertidumbre
colectiva provocada por este nuevo enemigo invisible, un estricto control social de
tintes autoritarios y vigilancia ciudadana puede ser aceptado como régimen
factible.Pasaportes serológicos, geolocalización o videovigilancia son prácticas que
China ha consolidado con esta pandemia, pero que anteriormente ya habían sido
esbozadas. La posibilidad de reaccionar con mayor contundencia ante
contingencias imprevisibles se muestra así como opción viable. La regulación de
Internet y el debate sobre la pertinencia de imponer mayores controles a los
contenidos online es también planteado por los líderes chinos frente al modelo
desregulado de Estados Unidos. De esta forma, aunque China no combate
frontalmente las posiciones occidentales, sí muestra una asertividad cada vez mayor
fuera de sus fronteras, exponiendo una alternativa frente a los sistemas liberales. El
gigante asiático está así comenzando a desplegar una forma de poder blando en
políticas como el 5G, la inversión en nuevas rutas de comercio internacional o la
respuesta a la pandemia que atraen a naciones como Rusia o Brasil. Los
arquitectos del orden global no pueden depender únicamente de la coerción y la
legitimidad que se adquiere mediante un poder blanco efectivo es vital. China
parece haber entendido que en los tiempos líquidos en los que nos encontramos,
donde incluso pilares del Estado social como la sanidad pública se tambalean,
principios al estilo hobbesiano como firmeza, orden y control resultan atractivos
como elementos de su poder blando. Así, el nuevo relato chino de orden global se
basa en una curiosa simbiosis entre la defensa del multilateralismo en el ámbito
económico y un discurso relativista en relación con los derechos y libertades
individuales. En este contexto, el coronavirus no ha hecho más que acelerar la
extensión de este relato.

 
Frente al auge del nuevo modelo chino, Estados Unidos es sobrepasado por un
nuevo tiempo histórico para el que no parecen tener respuestas. La elección de
Donald Trump no son sino el síntoma de un problema más profundo. La promesa
liberal de las élites americanas ha defraudado incluso a sus propios votantes, que
optan por replegarse y renunciar al liderazgo global. Los mercados libres que hace
menos de diez años se defendían como dogmas irrebatibles, son cuestionados por
la misma población. Al mismo tiempo, un presidente que hace semanas abogaba
por una respuesta tibia a la pandemia, ha terminado adoptando las mismas medidas
restrictivas que China, el profeta del coronavirus, defiende. Quién piense que esta
posición americana no es más que un paréntesis, obvia que todos los gobiernos
futuros estarán condicionados por una sociedad que siente cómo sus niveles de
bienestar se deterioran y sus convicciones se tambalean.

 
La posición europea es aún más precaria. Al igual que durante la crisis de deuda
griega, ha ofrecido una respuesta tardía y vaga. Sin diseñar políticas comunitarias,
cada país ha tomado sus propias decisiones, cerrando fronteras dentro del espacio
Schengen o negándose a mutualizar el peso de la deuda. Todo esto polarizará aún
más las sociedades europeas y el sentimiento nacionalista crecerá, casi con total
seguridad, en estados como Italia. Ante un derrumbamiento de sistemas sanitarios
supuestamente sólidos y la falta de consenso congénita, Europa parece volver a
encontrarse en medio de una transformación global que se le escapa. Habría pues
que plantearse si no es este el interregno perfecto para posicionarse como una
fuerza geopolítica independiente que diseñe sus propios ideales en línea con la
postura que de Gaulle ya defendió hace cinco décadas. Si no se construye una
respuesta común y solidaria, corremos el riesgo de convertirnos en un mero
elemento secundario que como ya ocurrió tras 1945, dependa enteramente de un
socio externo. El envío de material sanitario por parte de China, sus inversiones en
infraestructuras o la falta de apoyo estadounidense al continente europeo son
hechos que vienen a confirmar la necesidad de construir una Europa genuinamente
unida. Parafraseando a Giuseppe Mazzini, hemos creado Europa y ahora tenemos
que crear europeos.

 
Evitar el repunte de ideologías radicales y atávicas, como ocurrió tras 1919 y
apuntalar una Europa protagonista en el mundo, como no sucedió tras 1945,
deberían ser los objetivos de cualquier líder comunitario. Principios históricamente
europeos como el empoderamiento individual frente al paternalismo autoritario o el
Estado del bienestar sin apriorismos que asuman la superioridad de estos valores
deberían defenderse en el contexto internacional. Si Europa falla protegiendo lo que
de ella nació, se firmaría sin duda el réquiem por el homo liberalis.

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