Cultura

Yo sin ti, no soy (1 – III)

CAPÍTULO 1 – PARTE III

Me fui directamente a la salida, aún bastante sorprendido. Cerré la puerta con llave y me dirigí al ascensor. Era todo tan distinto a cuando había hecho el recorrido de ida. Solo quedaban un par de personas en la sala de espera, y ya no había tanta vida como antes. Estaba casi desolado. Cuando llegué al ascensor, metí la llave en el botón de la planta sótano, que era la planta del aparcamiento de empleados. Llegué abajo y las puertas se abrieron ante mí. Por lo que estaba viendo, el garaje tenía muy pocas plazas ocupadas. En la plaza veintiocho estaba mi coche. A un par de plazas de distancia había un coche rojo que no había visto nunca o, al menos, no lo había visto en lo que llevaba trabajando ahí. No le di la mayor importancia y abrí mi coche. Fui pensando en Dylan y en el señor que me acababa de llamar mientras conducía y llegué a casa en un abrir y cerrar de ojos. Al bajarme del coche, cogí el maletín con todos los papeles que me había traído para ojearlos en las vacaciones y cerré el coche.

Por el camino, me había fijado en un complejo de edificios nuevo. Cuando me mudé hace dos años, ya estaba en construcción y estaba casi finalizado. Yo vivía antes con mi madre, en una urbanización del sur de Madrid y, unos cuatro años después de conocer a Dylan, nos mudamos juntos a esta nueva casa. Prácticamente, hemos construido esta casa entre los dos y desde cero. Tenemos un gusto bastante parecido en cuanto a decoración. Pero, desde el primer momento, quisimos que nuestra casa tuviese una estancia especial.

Para que os hagáis una idea, la casa tiene la siguiente distribución. Entrando por el acceso peatonal al recinto, tienes un pasillo de baldosines hacia la puerta principal y otro hacia la parte del garaje. Siguiendo el camino principal, das a la puerta. Cuando entras, tienes un hall y puedes dirigirte a varios sitios. Si vas a la derecha, irás a un pasillo, desde donde se accede al baño o a la cocina. Si sigues recto, vas al salón, donde hay unas escaleras para ir al piso de arriba donde, también, puedes ir a varios sitios. A la derecha vas a la habitación, que cuenta con baño propio y con un despacho, que compartimos Dylan y yo. Si vas a la izquierda, está nuestra parte favorita de la casa. Es una sala con tres ventanales, uno enfrente, otro a la derecha y otro a la izquierda. Desde esta sala se tiene una vista de ciento ochenta grados de la ciudad de Madrid. En la parte de la pared de la sala hay una chimenea, un sofá y una televisión, así como una pequeña nevera.

Cambiando de tema, eran las ocho y cuarto cuando entré por la verja del patio con el coche, que aparqué en el garaje, junto al coche de Dylan. Dylan solía llegar sobre las once de la noche, aunque alguna noche se podía retrasar un par de horas. Siempre le espero para cenar, a menos que me avise de que llegará tarde. Dejé el maletín con los papeles en el aparador del salón y me senté en el sofá para ver la televisión. De pronto, me di cuenta de que hacía una semana que no hablaba con mi madre, así que la llamé. Mi padre falleció teniendo yo catorce años, el mismo año en el que conocí a Dylan. Murió en un accidente de tráfico, volviendo del trabajo. Durante una temporada, la relación con mi madre fue bastante distante, hasta que nos sentamos a hablar y dejamos las cosas claras: decidimos que no fue culpa de ninguno de los dos y que no podíamos dejar que ese suceso nos distanciase. Desde entonces, nuestra relación ha mejorado muchísimo. Hoy en día, mi madre y yo nos solemos ver todos los domingos, porque voy a su casa a comer. Volviendo al tema, este pasado domingo no pude ir porque he tenido mucho trabajo. Cogí el teléfono y marqué.

— Hola, Mario. ¡Qué sorpresa!

— Ya, mamá. Hacía bastante tiempo que no hablaba contigo y me acabo de acordar. Estos últimos días he tenido la agenda bastante ocupada y no he estado durmiendo bien. —No quería decirle nada sobre mi enfado con Dylan ni sobre la llamada que había recibido hacía un par de horas. No, no hasta que se solucionasen esas dos cosas— ¡Qué desastre soy!

— Bueno, a veces las cosas nos superan, pero tenemos que hacerlas frente, aunque nos agoten. Pero no digas que eres un desastre, aunque sea verdad —dijo, riéndose.

— Pues sí que es verdad. Ya me he cogido las vacaciones, así que ya estoy más libre que antes. Y tú, ¿qué tal, mamá?

— Me alegro, Mario. ¿Yo? Pues todo como siempre. Ahora iba a cenar. Pero, por lo demás, todo bien.

— Pues no te entretengo. Que aproveche y ya otro día hablamos más tranquilamente.

— ¿Qué tal Dylan, por cierto?

— Pues bien, hoy ha venido a verme a la consulta porque sabía que era mi último día.

— ¡Qué bonito! Bueno, que descanséis, Mario. Hasta mañana.

— Adiós, mamá.

A las diez y media me sonó el móvil. Era Dylan, diciéndome que iba a llegar tarde, que no le esperase para cenar. Decidí prepararme la cena y después me fui a dormir. Me acosté pensando en lo que podría pasar mañana cuando tuviese la cita con el señor que me había llamado. Era extraño, pero tenía ganas y era todo tan misteriosos…

A las dos y algo de la mañana me despertó Dylan acostándose a mi lado. También noté que él se despertó tras, supuse, un sueño intranquilo. Después me cogió la mano y me dio un beso. Nos amábamos. Nos amábamos con la misma intensidad con la que un suicida puede llegar a odiar la vida.

Un aspirante a escritor que está estudiando Agencia de Viajes y Gestión de Eventos.

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