Cultura

Yo sin ti, no soy (1 – IV)

CAPÍTULO 1 – PARTE IV

A las ocho y media de la mañana me sonó el despertador. Siempre lo apaga Dylan, porque está en el lado de la cama que da afuera, mientras que yo duermo en el lado de la pared. Pero hoy no lo ha apagado él, no estaba. Me duché, me vestí, desayuné e hice la cama. A las nueve y cuarto estaba listo. Dylan ya había desayunado y se había dejado todo en la encimera, desperdigado.

Bajé al garaje y cogí el coche. Llegue en treinta minutos al hospital. Mucha gente me saludaba extrañada, porque sabían que ayer fue mi último día y se preguntaban qué estaba haciendo allí. Realmente, yo también me lo preguntaba. No sabía por qué estaba haciendo eso, pero lo estaba haciendo.

— González, ¿qué está haciendo usted por aquí? —me dijo un compañero, parándome en medio del pasillo.

— Hola, Dr. Sanz, pues ayer estuve organizando los papeles de la consulta y se me olvidó llevarme los más importantes, los de mis pacientes más recientes. Así que he venido un rato, para cogerlos y, así, despedirme de todos, que ayer no tuve la ocasión.

— ¡Ah! Qué cabeza más despistada tiene, Dr. González… —dijo el Dr. Sanz, riéndose.

— Sí, la verdad —dije, alegrándome de que mi excusa hubiera sido válida—. Bueno, voy a ello. Ya nos vemos después de las vacaciones. Hasta luego.

— Adiós, Dr. González.

El señor que me llamó ayer me dijo que no le comentase la cita a nadie, y así iba a ser. Además, no le puedo decir a nadie nada, ya que, realmente, aún no sé nada de mi segundo “paciente misterioso”.

Realicé mi rutina diaria: dejé las cosas en la consulta, fui al baño y regresé. También hubiera tenido que preparar el expediente del paciente que tuviera que atender pero, en este caso, el expediente era nulo.

Daban las diez en punto cuando alguien llamó a la puerta.

— Adelante —dije, muy nervioso.

¿Qué podía pasar? No sabía nada del hombre que estaba a punto de entrar por la puerta, y me estaba poniendo muy nervioso.

La puerta comenzó a abrirse. Yo veía la puerta abriéndose a cámara lenta, aunque no era así. Podía vislumbrar un pelo castaño. Cuando, finalmente, la mujer estuvo dentro, pude verla por completo. Tenía el pelo castaño oscuro y no muy largo, una cara fina y unos ojos color miel. Tendría unos treinta años. Vestía con una ropa formal pero no del todo elegante. Llevaba puesta una blusa negra y una falda larga a juego. También llevaba un cinturón marrón con una hebilla, que no era precisamente pequeña.

Sin mediar una palabra, se sentó en la silla delante de mi escritorio y empezó el diálogo.

— Buenos días, Dr. González. Mi nombre es Mrs. James, pero puede llamarme Beatrice.

— Buenos días, Mrs. James.

Me fijé en que su nombre y su apellido eran, completamente, ingleses; sin embargo, no notaba ningún tipo de acento en sus palabras.

— Nací en Plymouth, Reino Unido —¡bingo! —en una villa alejada del centro urbano. Actualmente, vivo en Cambridge, cerca de la estación de tren. Me mudé a Londres en el año 2014 y fui contratada por una empresa, de la que, todavía, no le puedo revelar el nombre. Ahí fui ascendiendo hasta poder convertirme en lo que soy ahora. Soy la directora de una empresa multinacional corporativa. Me han enviado hasta aquí solo para hacerle llegar un comunicado. Desde el departamento de Recursos Humanos de mi empresa, hemos decidido ofrecerle un puesto de trabajo.

— Pero ¿por qué yo? Y… ¿qué puesto de trabajo? —pregunté, bastante perplejo.

— Eso podrá ser concretado otro día. Ahora, le comentaré los requisitos y las obligaciones a cumplir en este puesto de trabajo. Lo único de lo que se tiene que preocupar usted es de trabajar bien, realmente. Nuestra empresa tiene el respaldo del gobierno de Reino Unido. Por ello y, como somos conscientes del riesgo de trabajar en nuestra empresa, paso a hablarle de las ventajas y la, necesitada, seguridad que usted tendrá durante el tiempo que esté trabajando con nosotros. Debería mudarse a Cambridge si aceptase. Usted dispondría de una casa propia en una zona residencial de alta seguridad, con un coche de empresa y conductor privado. Tanto la mudanza, como los gastos mensuales de luz, agua y gas correrían de parte de la empresa. En definitiva, usted debe preocuparse, únicamente, de trabajar bien y de ser un empleado notable dentro de la empresa.

No me podía creer lo que estaba oyendo de aquella mujer que no conocía de nada. Me quedé estupefacto. Todo era tan extraño, misterioso… pero, por otra parte, sentía una gran curiosidad por saber cuál es la empresa de Mrs. James y sobre todo… ¿por qué me habían elegido a mí para trabajar ahí?

— Viendo que lo está pensando y que noto ciertas dudas… —dijo, mientras se apoderaba de un bolígrafo del portalápices que había encima de mi escritorio y sacando, a su vez, un papel de su bolsillo—, le entrego mi tarjeta con los datos de mi empresa y, aquí abajo, le apunto mi número personal para que me llame en cuanto se decida. No hay ninguna prisa, es una decisión que puede cambiarle la vida, ya sea para bien o para mal. Todo depende del modo en el que actúe.

— Tengo varias preguntas para hacerle. ¿Me permite?

— Adelante —afirmó Mrs. James.

— Lo primero que me gustaría saber es a qué se dedica su empresa.

— Bueno, Dr. González, como puede observar, no somos una multinacional como cualquier otra. Somos un organismo muy reconocido por el gobierno de Reino Unido.

— En caso de que aceptase —dije, tras asentir con la cabeza—, ¿cuándo tendría que irme a Cambridge?

— Si acepta, ya concretaríamos la fecha, pero le daríamos un tiempo prudencial para la mudanza y tiempo para despedirse de sus allegados. Por cierto, se me ha olvidado comentarle una de las ventajas principales. Sabemos que usted, Dr. González, convive con su pareja. Podrá viajar con usted y convivir en la misma casa, siempre dentro del tiempo en el que usted trabaje con nosotros.

— Realmente, eso sería genial. Pero, la última pregunta que sigue surgiéndome ahora mismo es… ¿Por qué yo?

— Le comentaré todo más en detalle cuando esté allí —dijo Mrs. James, sin cambiar la expresión de su cara.

¡Mierda! Exclamé para mis adentros. ¿Qué hago? ¿Acepto? ¿No acepto?

— Pues, Dr. González, quedamos en eso. Usted me llama cuando lo tenga pensado. A partir de ese momento, empezaremos a concretar detalles y fechas. Me voy, Dr. González —dijo, levantándose.

— Una última cuestión que me ha extrañado. Ayer, quien me llamó por teléfono era un hombre, que no quiso darme el nombre. ¿Cómo es que está usted aquí hoy?

— Quien le llamó ayer fue el jefe del departamento de Recursos Humanos, Mr. Beckett.

— Vale, muchas gracias. Quedamos en eso, Mrs. James. Un placer —dije, mientras Mrs. James ya estaba en la puerta.

— Un placer volverle a ver, Dr. González —dijo Mrs. James, cerrando la puerta.

¿Volverme a ver?

Un aspirante a escritor que está estudiando Agencia de Viajes y Gestión de Eventos.

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