Opinión

20 de abril (del 20)

Hoy vivimos una de esas curiosas jornadas de festividad profana a las que me gusta denominar “días pop”. En cualquiera de estos días, que cada vez son más numerosos y menos espaciados en el tiempo, se hace vigente la creciente importancia que la cultura de masas va adquiriendo en nuestras vidas. En fechas como esta, una especie de “mente colmena” nos manipula para compartir la mítica canción de Celtas Cortos que todos tenemos en mente este 20 de abril. Algo similar sucede cuando un impulso sentimental (no hay nada más sentimental que la costumbre) nos empuja para postear la canción Wake me up when September Ends de Green Day (o Septiembre de Luna Ki, si somos más modernos) a modo de bienvenida para el melancólico mes que empieza tras la muerte del verano, y esta misma costumbre (que por juguetona e irónica no deja de ser persistente) nos lleva a inundar las redes de imágenes de Frodo y Sam paseando por la Tierra Media el día de los enamorados.  Cuando llevamos a cabo alguno de estos novísimos rituales apenas pensamos en las implicaciones y el alcance de nuestros actos, al igual que no reparamos en lo insólito, relevante y culturalmente extraño que resulta el lenguaje ultarreferencial  compuesto de las imágenes, los vídeos y los audios que conforman la “memesfera” de Internet, que parece no tener límites geográficos ni temporales.

Está bien. Bajemos la intensidad: twittear de forma sistemática “hora pi” a las 3:14 de la mañana es una gilipollez. Pero es nuestra gilipollez, nuestro método particular para participar en la cultura global que, con sus virtudes y sus defectos, se desarrolla a diario gracias a los avances tecnológicos que se han realizado durante los últimos años. Una gilipollez que hace una persona no es más que una gilipollez, pero una gilipollez que perpetran al mismo tiempo miles de almas pensantes deja de ser una gilipollez para convertirse en un gesto, en un movimiento, en una religión, en una cultura. Quizá los memes y los homenajes musicales que se dan en días como hoy sean demasiado efímeros para configurar hitos culturales relevantes, pero nos ayudan a sentirnos parte de algo más; si en el desolado mundo de la clásica novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas? la gente encontraba consuelo y compañía gracias un extraño y catártico ritual de escalada colectiva, en nuestra realidad las ancianas encienden velas por los muertos y rezan con sus rosarios, los hinchas profieren sus cánticos en atestados estadios de fútbol, los niños cantan las canciones de sus películas de Disney favoritas  y nosotros salimos al balcón a aplaudir todos los días a las 8 de la tarde.

Dar ánimo a los sanitarios y mostrar nuestro apoyo a todas las personas que están luchando contra el coronavirus es importante, pero también resulta importante saber que, en el bloque de enfrente, al otro lado de esa tierra de nadie en que se han convertido nuestras calles, vive una mujer pelirroja que sale a aplaudir con el chándal puesto, y también un padre que levanta a sus dos hijos pequeños para que alcancen la ventana y se unan al homenaje, y, en el piso de encima, un chaval de aspecto desaliñado que ha encendido su equipo de música para que todo el vecindario escuche Resistiré por encima del concierto diario de aplausos, que es lo suficientemente potente como para proyectar esa ilusión tan poderosa, ese espejismo que me hace creer que aún existe entre los vecinos de todas estas urbanizaciones periféricas un sentimiento de unión y comunidad que no nos pueden arrancar con amplísimas jornadas de trabajo y con planes de ocio y consumo en las zonas interesantes de la ciudad.

La cita de las 8 me hace reflexionar acerca de la gentrificación y de la destrucción premeditada de los ejes de socialización en los barrios, al igual que los ritos religiosos me hacen pensar en el valor del hábito y en la importancia espiritual que tiene  la esperanza. Los fenómenos de los “días pop” de Sam va lentín, Wake me up when september ends y la Hora Pi me fascinan, en tanto que demuestran la posibilidad de establecer relaciones gracias a obras culturales y la importancia de nuestra faceta simbólica, que por desgracia es a menudo despreciada, bien a causa de la ignorancia, del fanatismo o del cinismo, por aquellos individuos y partidos políticos que no consideran la cultura un pilar importante de nuestra sociedad, que debe ser protegido y valorado tanto como la educación o la sanidad.

Sin embargo, hoy no quiero pensar en todo eso. Tal y como cantan Los Ramones en su tema más navideño, no quiero pelear esta noche. Hoy no quiero abrir Twitter y, con él, la Caja de Pandora de la crispación política, los bulos y la posverdad. Después de mucho tiempo sin escribir en esta página, me apetecía abrirme como se abre el cantante de Celtas Cortos en 20 de abril del 90 para divagar y bucear en los recuerdos, dejando de lado las distracciones y obligaciones que nos imponemos para llenar estos días vacíos. En este 20 abril del 20 no recuerdo la cabaña de El Turmo, pero sí recuerdo las risas que nos hacíamos en la España de las terrazas y los besos, que aún no se había convertido en la España de los aplausos. Pienso esa vida llena de vida, y me acuerdo del vacío que sentía en algunos momentos, cuando nuestras expectativas iban más allá de salir a pasear el perro o a tirar la basura y me veía abordado por una doble capa de culpabilidad, que hacía que me sintiera mal por no comerme el mundo, por no aprovechar tal y como debía aprovechar la vida, coleccionando experiencias, conociendo a mucha gente, viajando y, en general, adoptando ese carpe diem que tanto beneficia a la economía y que, no por saber que es inalcanzable, deja de ser dañino. A estas preocupaciones se le añadía el clásico aderezo de culpabilidad burguesa al que tan mal estamos acostumbrados: “¿No te parece mal sentirte mal y estar triste cuando lo tienes todo, cuando no tienes problemas reales?”.

Incluso mientras escribo estas líneas, esta falacia me atormenta, cuando pienso que estoy hablando de estas preocupaciones banales mientras que miles de españoles lamentan la pérdida reciente de sus seres queridos. El sentimiento irracional de culpa todavía va a más en el momento en el me doy cuenta de que, pese a todo, he encontrado la calma durante estos días de confinamiento. Al admitir que necesitaba parar mi maquinaria un poco para vivir sin expectativas y objetivos que se desplegasen ante a mi y me abrumasen a diario, siento que mi egoísmo eclipsa el sufrimiento que esta trayendo consigo esta pandemia. Aunque soy consciente de la gravedad de esta situación, no puedo evitar pensar que cada libro que estoy leyendo esta cuarentena, cada película que estoy viendo y cada videollamada con amigos que estoy realizando contribuye a la cristalización de un sentimiento de nostalgia, de una especie de Síndrome de Estocolmo, que en unos años traerá a mi mente un sentimiento extraño de añoranza por el desastre que no es racional ni justo, pero que no puedo impedir que sea real. Supongo que cuando la vida vuelva a su cauce y el mundo deje de ser un decorado que observar a través de nuestras ventanas, las preocupaciones habituales sepultarán estas preocupaciones de encierro. Hasta entonces, me quedo en casa escuchando Celtas Cortos, que después de todo no están tan mal.

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