Yo sin ti, no soy (1 – V)

CAPÍTULO 1 – PARTE V.

Me quedé sentado en la silla, sin saber exactamente cómo reaccionar ante todo lo que me acaba de pasar en cuestión de, tan solo, quince minutos. Cogí la tarjeta con los datos que me había dado y me la guardé en el bolsillo. Salí y me dirigí a casa directamente, sin hablar con nadie por el camino.

Me fui a casa pensando en todo lo que podría cambiar mi vida si aceptase o si, por el contrario, no lo hiciera.

Cuando llegué a casa, tenía la decisión ya pensada. Nada más entré por la puerta, fui a coger el teléfono de casa para llamar a Mrs. James. Cogí la tarjeta del bolsillo, marqué el número y, mientras daba los tonos de llamada, guardé la tarjeta en un hueco del maletín, que estaba justo al lado del teléfono, en el aparador del salón.

— Mrs. James. Dígame.

— Hola, Mrs. James. Soy el Dr. González.

— Hola, Dr. González —dijo ella, con un tono de sorpresa—. Sabía que llamaría, en eso quedamos, pero no pensaba que fuese a ser tan rápido. Dígame.

— Lo he pensado y he decidido rechazar su oferta. La vida que llevo ahora es la que quiero y he trabajado mucho para conseguirla. No quiero cambios tan bruscos en mi vida ahora mismo o, al menos, no de momento. Lo siento, pero no seguiré adelante.

— La verdad, Dr. González, me esperaba esa primera respuesta de usted. Le conozco bastante. Pero déjeme advertirle de algo. Debe pensárselo bien. Hay cosas en juego. Y, le aseguro —dijo, jactándose—, que son cosas que usted no se esperaría.

Mrs. James colgó.

 

En ese instante, me quedé totalmente paralizado. Esa mujer no me conocía de nada o, al menos, yo no la había visto en mi vida. Me tumbé en el sofá, mirando hacia el techo y recordando todo lo que recuerdo haber vivido, para poder situar a Mrs. James en algún momento de mi vida, pero no coincidía con ninguno y tampoco podía situarla en ningún lugar en el que haya estado. Y así pasé toda la mañana y toda la tarde. Dylan no apareció para comer ni me envió ningún mensaje. Suponía que se habría ido con los compañeros de trabajo a comer, como muchas veces. Aunque le tengo dicho que me avise si no va a venir a casa, para hacer menos comida o para preparar comida solo para uno.

Llegó la hora de la cena, sobre las diez de la noche y esa noche cené solo, de cara a la televisión. Recogí todo y me tumbé en el sofá del salón. No paraba de pensar si, realmente, alguna vez había visto o interactuado con Mrs. James. Pero nada, nada me encajaba.

Eran ya casi las doce y Dylan aún no había vuelto. Mientras le esperaba, para regañarle por no haberme avisado ni saber de él en todo el día, me puse en el portátil a buscar a Mrs. James, a ver si encontraba algo que me sirviera para saber sobre esta mujer o sobre su empresa. Busqué “Mrs. James Plymouth”, “Mrs. James empresa”, “Mrs. James Reino Unido”, “Beatrice James empresa”, “Beatrice James Plymouth”, y un montón de términos más, pero no encontraba absolutamente nada. Es como si la mujer que me ha visitado hoy no existiera en la era digital.

Daba la una menos cuarto cuando sonó el timbre. Sería Dylan, que casi nunca se lleva las llaves. Solo coge las llaves de su coche, pero siempre, siempre se olvida las de casa. Mientras avanzaba por el salón hasta el hall, preparé el discurso que le iba a soltar por no haberme avisado de nada y llegar tan tarde. Miré por la mirilla y, efectivamente, era Dylan. Abrí la puerta y cuando iba a lanzarle la primera palabra, me di cuenta de que estaba llorando, pero… ¿llorando por qué? Lloraba de una manera extraña, como si tuviese un miedo atroz.

— Dylan, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?

— Mario…

 

Dylan no terminó de decir mi nombre, cuando me di cuenta de la espantosa escena que se presentaba ante mí. Había una persona detrás de Dylan, apuntándole con una pistola en la nuca. En ese momento, no podía hacer nada. No debía hacer nada, porque Dylan estaba contra las cuerdas y, si yo daba un paso en falso, apretarían el gatillo y todo se acabaría. ¿Por qué está pasando esto?

— Mario, necesito que cojas el expediente psicológico del último paciente que tuviste ayer y se lo entregues a la persona que está detrás de mí —dijo Dylan, entre sollozos y con una voz temblorosa, que me partía el corazón.

— ¿Para qué? —pregunté, esperando respuesta de la persona escondida detrás de Dylan y jugando con el hilo de la muerte, como Átropos, la mayor de las tres Moiras en la mitología griega.

— ¡HAZLO! —me gritó Dylan.

 

Me alejé de la puerta, sin darme la vuelta, para ir al salón, subir las escaleras e ir al despacho de la habitación. Cuando me giré, para no chocarme con la pared, fui rápidamente al salón y me acerqué al teléfono, lo cogí y, mientras estaba subiendo las escaleras, empecé a marcar el número de los servicios de emergencia. Digo “empecé a marcar” porque no me dio tiempo a completar el número, porque me di cuenta de que a mí también me estaba apuntando una persona desde la puerta del salón. Solté el teléfono y, rápidamente, fui al despacho. Busqué el maletín por todas partes, pero no lo encontraba por ninguna parte. ¿Pero dónde está? ¿Dónde lo he dejado? Bajé al recibidor para decirle a Dylan que me diese dos minutos más para buscarlo, que no sabía donde estaba. Al llegar al recibidor me aterroricé, si cabe, aún más, al darme cuenta de que ya no había nadie. No estaba ninguno de los dos agresores y, por desgracia, tampoco estaba Dylan.

FIN

del Capítulo 1.

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