Opinión

Utopías, incertidumbre y futuro

Como estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual, como comunicador y, sobre todo, como persona, he experimentado esos famosos minutos de reparo antes de escribir, que se repetían antes de publicar. Es el temor por lanzar una diminuta red al inmenso mar. ¿Y si no alcanzo ningún pez? Esto no va de peces, no quiero atrapar nada, pero hasta me tiemblan las extremidades al mirar la pantalla inmaculada del Microsoft Word.

Desde el instante impulsivo en el que decidí escribir estas líneas tenía claro sobre qué quería hablar. Pero, como si llevara un lastre en el talón, como Aquiles, o como si no tuviera la libertad de hacer públicas mis ideas, sufro de “temor por precaución. Y justo de eso es de lo que quería hablar -¡vaya suerte!-.

Hace unas semanas, mientras navegaba por la red social conocida como Linkedin, me topé con una TedTalk de D. Antonio Rodríguez de las Heras. El título ya hizo que me frenara: “Utopías: para salir del presente”. ¡Sí! Utopías, presente, tiempo… Lo que me gusta. Vamos a darle algunas vueltas a la espiral infinita en la que vivimos. No fui la misma persona después de escucharla. Lo era físicamente, pero me encontraba con la misma sensación que tienes al escuchar una melodía pegadiza por primera vez, o al leer un buen ensayo. Tenía ideas frescas. De las Heras había conseguido dar nombre a los temores temporales que siento –que sentimos-. Hablo, ahora sí, de la incertidumbre de vivir, del temor al futuro por ser un tiempo y lugar inciertos y de la concepción –en ocasiones desacertada- de las utopías.

Un amigo periodista me hizo llegar una vez una definición de Galeano, con la que entablé una relación de amor-odio. “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez y el horizonte se mueve diez más para allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar”. Como cuando eres un chico con muchas ganas de luchar –cómo si ahora no lo fuera– me hicieron mella las palabras de Galeano. Hablo de relación amor-odio porque las entendí, pero no las apliqué. La teoría es sencilla pero todos sabemos que, en temas de sentimientos, para que la teoría pase a la práctica debe asentarse lentamente y a base de experiencias.

De las Heras hablaba sobre la concepción errónea que tenemos de la utopía, que hace incluso que la despreciemos. Es el mismo fallo que planteaba Galeano, en otras palabras. Si pensamos que la utopía es un engaño es porque tenemos una idea engañosa de un futuro fortuitamente construido. La utopía es un engaño si la vemos como algo más como un impulso para caminar. Como un horizonte que nos va regalando palabras para que lo sigamos. En ese caso, la utopía es un engaño. Según de las Heras la utopía arranca de un escenario de disconformidad con el presente y para que esa disconformidad no se convierta en frustración, la utopía usa la imaginación. Dicho de otro modo, la utopía genera escenarios propios de la imaginación para rehuir mentalmente un presente angustioso y conseguir seguir adelante.

¿Cuál es el impedimento? El camino. Seguir adelante, ¿por dónde? Como él también explicaba, al situarnos mirando de frente al futuro no se ve más que niebla, mientras que el pasado, a nuestras espaldas, se alza erguido y con estabilidad –emocional, física, todo lo deseable-. El pasado es a nosotros lo que las sirenas a Ulises.

Nuestro error, propio de nuestra condición humana y generacional, es esperar ver un futuro construido. El tiempo es el mejor y el peor aliado de un joven, aunque parezca mentira. Si se juegan bien las cartas, puede que nos ayude a ganar la batalla. Pero bastará con un solo error para recibir de su mano una puñalada. Como decía un familiar –espero que se tomen estas palabras como algo metafórico, no como una corriente pesimista a la que aferrarse- con sesenta años tienes el futuro escrito. Es decir, puedes modificarlo, tus principios y libertades siguen intactos, pero se ve el final del camino a “tiro de piedra” y las preocupaciones del ser humano -dinero, amor y felicidad- ya habrán sido peleadas. No así cuando se es joven. El futuro no es ningún pasado aún. Todavía es una masa de niebla sin señales de autovía ni nada por el estilo.

“Tal vez un día comprendan que cumplí, como nadie, con mi deber de intérprete de una parte de nuestro siglo; y cuando lo comprendan, escribirán que en mi época fui un incomprendido, que viví desdichado entre desafecciones y frialdades, y que es una pena que semejante cosa pudiese haber sucedido. Y quien esto escriba será, en la época en que lo escriba, un incomprendedor, como lo que hoy me rodean, de mi ser análogo de ese tiempo futuro. Pues los hombres solo aprenden para beneficio de sus bisabuelos, que ya murieron. Solo a los muertos sabemos enseñar las verdaderas reglas de vivir”. Esto es un fragmento del “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa. Es un fragmento que ya había despertado en mi interior un interés descomunal, antes incluso de descubrir que el editor lo había considerado lo suficientemente importante para ser una de las citas señaladas en las páginas introductorias. “Ser intérpretes de una parte de nuestro siglo”. “Ser incomprendedores de seres en nuestra sociedad”. Tiempo. Tiempo. Tiempo. Solo sabemos aprender para beneficio de nuestros bisabuelos. Solo se puede aprender, en el más estricto sentido de la palabra, de lo que ya ha sucedido, del pasado, construido, erguido y sólido. Del futuro, y a veces ni siquiera del presente, se puede aprender. Se puede interpretar. Pero la niebla es densa, y causa temor, pánico, angustia. Y si confundimos el imaginario del futuro con algo que existe, cuando avancemos y descubramos que no hay nada, seremos polvo.

El futuro es solo el pasado de tiempos venideros. Como decía de las Heras, nuestro futuro es niebla, pero no debemos caminar atravesándola, según aseguraban en tiempos pasados, sino apartándola, construyendo sobre ella para que se condense y se solidifique en alguna forma que moldeemos. El futuro no está tras la niebla. La niebla es un buen espacio para construirlo y, así, al atravesarlo, admirar la ciudad que se yergue allí donde antes solo había niebla. Entonces será el pasado de nuestro futuro y podremos tener la certeza física de haberlo construido. Ahora, debemos confiar.

Vivimos una mala época para las emociones. Los campos de nuestros corazones reposan en barbecho. Cuando vivimos sentimos que nuestra incertidumbre se disipa al entrar en contacto con la sociedad. Encontramos consuelo en la actividad, en un mundo que no para, al igual que un niño, que teme la noche, se consuela pensando en que aún hay gente por las calles, trabajando, viviendo. Nuestra comunión como sociedad es no hallarnos solos. Mi futuro es incierto, pero tengo modelos que seguir. Ahora esos modelos a seguir están de baja emocional. Son tiempos difíciles para el futuro. Por ello ahora, más que nunca, debemos confiar en él. Confiar y apartar la niebla del futuro como quien abre las aguas del mar.

0 comments on “Utopías, incertidumbre y futuro

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: