Artículo_final_bien_definitivo: La universidad que no fue, Truffaut y los besos pasajeros

El dichoso coronavirus no ha necesitado hacer la Selectividad para irrumpir en el ámbito universitario, pues le ha bastado con esgrimir su alta tasa de contagios  (que es superior a cualquier nota de corte, aunque los estudiantes de Medicina nunca lo aceptarían) para que las puertas de nuestros campus se le abran de par en par, dejando entrar junto a él a la confusión y la incertidumbre, que en su formato estudiantil mutan y se replican con una fuerza que las hace merecedoras también de la atención de todos los epidemiólogos del mundo; ¿qué nos queda a los estudiantes cuando nos arrancan de nuestra zona de confort, de nuestro fuerte de almohadas constituido por exámenes libratorios, buzones de entrega y prácticas en laboratorio? ¿Qué sentido tiene nuestro paso por la Tierra cuando nuestra formación pasa a un segundo plano, cuando en el desempeño de la tarea a la que nos hemos encomendado casi por completo los obstáculos nos los coloca un enemigo invisible? La Incógnita que impregnó las primeras semanas del confinamiento, y que penetró en nosotros mediante los sutiles posos que degustábamos en los escuetos y ambiguos mensajes de nuestros rectores y dirigentes políticos, resultó peor que la posibilidad del Suspenso, pues los estudiantes (que pese a todo somos seres humanos) estamos, desgraciadamente, más preparados para el Fracaso que para la Duda, al igual que el conjunto de la humanidad está más preparada para el Dolor que para la Muerte.

El posible endurecimiento de los criterios y las dificultades que podían surgir de estas adaptaciones eran enemigos que estábamos dispuestos a combatir, siempre que nos delimitasen un terreno de juego, donde las viejas nociones de Aprobado o Suspenso, Examen ordinario o Examen extraordinario y Entregado o No Entregado continuasen funcionando, incluso de manera más hostil. Sin embargo, resultó muy ingenuo pensar que estas realidades iban a mantenerse intactas en un escenario global en el que es cuestión de tiempo que las reglas que no han cambiado todavía se transformen en el transcurso de esa escalofriante “nueva normalidad” que se aproxima.

Salicor
Jardines de la Universidad Rey Juan Carlos durante el confinamiento (dramatización)

Sin embargo, si somos poco conscientes de estos cambios abstractos, que por discretos no han dejado de afectar a cualquiera que no sufra la maldición (o bendición) del sudapollismo, sí que hemos lamentado más los otros cambios que han sucedido en la vida universitaria; los que atañen a nuestro corazón, a nuestra piel y a nuestras tripas. Si ya es irreal esa otra universidad romántica que imaginamos cuando todavía no habíamos cruzado sus puertas como estudiantes, el acceso a los campus de la covid-19, que parece tener el valor y el talento suficientes para matricularse en todos los grados al mismo tiempo, nos ha arrebatado esas chispas de vida en el gris de las aulas y de los Power Point, esos agujeros de luz en la pesada cúpula cotidiana: la interrupción del curso presencial nos ha quitado las charlas entre clase y clase y las lecturas furtivas en el transporte público, nos ha privado de la cervezas de celebración (o de consolación) tras el examen que tanto nos habíamos preparado y nos ha librado de ese terrible cansancio de pupitre que llegamos incluso a echar de menos en estas condiciones.

La llegada de las clases telemáticas, que según algunos twitteros configuran el servicio de streaming más caro en el mercado, ha dinamitado todas las dinámicas que manejábamos hasta el momento, y aunque se haya tratado (con mayor o menor éxito y con la mejor de las intenciones) de continuar con el curso con la mayor normalidad posible, tirando de videoconferencias y de toneladas de  archivos PDF que en poco más de un mes acumularán polvo en los discos duros de todos los universitarios de España, lo cierto es que todavía no vivimos en Matrix, y por lo tanto, aunque tengamos tecnología suficiente para que el profesor transmita información a través de la red, aún no hemos desarrollado un sistema que de vida a esa información, que convierta las charlas por Zoom y los PDF en situaciones de aprendizaje humano, es decir, de aprendizaje social: ver a tus compañeros y a tu profesor y dialogar con ellos en un mismo espacio, con la espontaneidad y la vacilante convicción propia de las reflexiones y opiniones que brotan súbitamente tras una explicación o comentario, es tan necesario como el contenido del temario para comprender que el conocimiento no es paralelo a la vida, sino que se superpone a ella: Aristóteles ya dijo en su día que el ser humano no puede ser sabio en soledad, y por ello no podemos ser sabios en nuestra casa, sin levantar la mano, sin debatir, sin reírnos, sin equivocarnos en público y sin sentir que formamos parte de una comunidad universitaria con una tradición y unos valores que residen más en la cafetería de la facultad y en el ascensor de la biblioteca que en los libros y los manuales. Esta universidad de la que hablo nunca fue, pero este año lo ha sido aún menos.

Cervezas
La milenaria tradición académica de la celebración

Sin embargo, aunque estemos hablando de cambios, hay un elemento que resistirá hoy y siempre al invasor: los amados trabajos escritos, que se han impuesto como la principal solución alternativa ante la problemática que supone realizar exámenes online. ¿Qué te voy a contar yo que no sepas sobre las citaciones, el formato APA, los anexos y la extensión mínima? Por las fechas que ya son, seguramente estés peleándote con alguna de estas cuestiones o con cualquiera de los otros problemas que surgen durante la realización de estos trabajos, que son bocetos perpetuos en los que no dejamos de encontrar y corregir errores a medida que los revisamos, y que por nuestro bien es mejor dejar de mirar en algún momento para no caer en la espiral de locura del perfeccionismo. Las huellas de este delirio que sufrimos cuando aspiramos a un trabajo redondo se encuentran en los nombres de los archivos que se van acumulando en nuestro ordenador durante la ardua tarea de la corrección: Trabajo_bien.pdf, Trabajo_bien_bien.pdf y Trabajo_definitivo.pdf no son más que proyectos fallidos, apenas una sombra de los robustos Trabajo_definitivo_imprimir.pdf y Trabajo_final.pdf, que con todo su esplendor aún podrían ser sustituidos por otros ejemplares más perfectos en esta cruel selección natural académica.

Una sucesión infinita de bocetos nos impediría entregar cualquier tarea si no fuera porque el cansancio y nuestro propio talante humano, conocedor de nuestras imperfecciones, siempre nos hacen desistir en nuestra tarea de realizar el documento definitivo. Aunque esta tarea sea ardua y pesada, define a la perfección el proyecto de vida contemporáneo: el de la vida en constante cambio, movimiento, reforma y mejora, que es positivo en tanto que nos motiva para seguir mejorando como personas y que también posee un reverso negativo: la posibilidad de cambiar y de mejorar de manera continua no nos permite acomodarnos en ninguna circunstancia, ni tampoco echar raíces y asumir y disfrutar de nuestras virtudes y de nuestros defectos.

En lugar de cultivar una vida lentamente para esperar a que de sus frutos, preferimos huir hacia delante, en una continua competición para ser todo (más inteligentes, más sociables, más guapos, más exitosos) menos nosotros mismos. Aunque en esta carrera frenética compite toda la humanidad, en nuestros años de juventud, especialmente,  participamos con más intensidad, doblando la velocidad para compensar nuestra indecisión a la hora de escoger los caminos y sendas que queremos transitar. Aunque el sociólogo Zygmunt Bauman ha hablado largo y tendido sobre esta sociedad líquida en la que nada es permanente,  yo me quedo con el excelente director François Truffaut y su película Besos robados (1968), en la que retrata a la perfección de esta situación de expectativas, romances y trabajos temporales a través de la vida del joven Antoine Doinel. Al final de la película, un extraño personaje se manifiesta en contra de este régimen, en una de las mejores escenas que he podido disfrutar en mi vida. Aunque te recomiendo encarecidamente que veas esta película completa, por si eres impaciente o por si esos condenados trabajos te están robando el tiempo que dedicabas al séptimo arte, te incluyo este último monólogo justo aquí:

 

Al recordar Besos robados y pensar en este artículo, he pensado también en lo que denomino como “besos pasajeros”, que no son más que esos pequeños placeres instantáneos y fáciles que nos suministran a diario y que nos motivan para seguir con esta vida de consumo constante: de consumo de alcohol, de garitos, de imagen y de personas. Durante esta cuarentena, en la que la economía ha empezado a resentirse, ha resultado prácticamente imposible acceder a estos “besos pasajeros”, y por ello, mucha gente, al igual que yo, ha empezado a plantearse preguntas que cuestionan el sentido de este sistema insaciable ¿Hasta que punto depende la economía de nuestras ansías de ser más y de huir hacia delante? ¿Se promueven estos valores y placeres porque son los únicos que se pueden comprar y vender? ¿Como cambiaría la industria, la economía, los negocios y nuestras vidas si pisáramos el freno y buscáramos emociones profundas y permanentes? Aunque vacilo a la hora de encontrar respuesta a estas incógnitas, sí que hay algo que tengo claro: antes que los besos pasajeros, siempre he preferido los besos de película.

 

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