Cultura Opinión

Pacificador lisboeta, maestro de lo cotidiano

Hace más de un mes escribí estás líneas:

Hace unos días que descubrí a Pessoa. No es que no lo conociera, ni supiera de su existencia, pero no fue hasta hace unos días que me descubrí en él. Estreché el vacío temporal que nos separa y sentí su abrazo.

A día de hoy expreso con gran orgullo este descubrimiento. Nunca fui un gran lector. No por odio, ni repulsa, ni siquiera por no haberlo deseado. Es tan solo que le di libertad a mi gusto literario. Un sentimiento que se califique por gusto debe florecer cuando quiera, sin presiones ni estúpidas convenciones sociales que empujen al fondo las estimas de los ciudadanos. Probablemente pueda decir que publiqué una obra antes de haber leído lo suficiente. El matiz de probabilidad se lo doy porque es lo que pensarán muchos de los leídos de este país, no porque sea lo que mi alma considere. Mi gusto literario despertó hace un par de años, quizás tres, y hasta la fecha no he obligado a mi persona a sucumbir a presiones sociales por la literatura.

Me encuentro unido a Pessoa. Algo podía imaginar al sentir ese famoso cosquilleo que se relata en las novelas cada vez que pisaba Lisboa. Esas altas estancias coloridas sin orden alguno son el escenario perfecto para que tomen buena forma los pensamientos de uno. Al igual que París o Barcelona son mapas artísticos, Lisboa es un paraje emocional. En París puedes gozar con la emoción de los perdidos. En Lisboa puedes sentir la tierra seca de Xoel.

Hoy, como digo, me siento más arropado que ayer. Es la misma sensación que se tiene al descubrir una melodía pegadiza y reconfortante. Esas notas suenan como un seguro de vida, algo que te deje revolotear libremente por el sueño, pero no te libere de una última atadura racional. Esa es la identificación poética, emocional. Es el placer y el triunfo de descubrir, al fin, de identificar con palabras –que al fin y al cabo es el descubrimiento más sincero- una característica personal, totalmente esencial en el proceso de introspección, que no se sabía existente. Es la construcción personal en su estado más natural. Es la gloria del autoconocimiento. Qué satisfecho me siento. Qué paz para mi alma, qué descanso.

 

Deberíamos estar hablando del “pacificador del alma”, Fernando Pessoa. Es curioso cómo ha sido definido en decenas de ocasiones como un autor contrario a la ayuda emocional, aunque existan almas que vean consuelo en sus líneas. Hay mucho amparo en las reflexiones de Fernando Pessoa. Hay mucho amparo para almas que devanean por el mundo junto a él.

Hay algo de mágico en la literatura. Ayer, viernes, tuve la oportunidad de entrevistar a Escandar Algeet en la cuenta de Instagram de El Generacional. Con él charlaba sobre la poesía y sus límites. Su tesis era la defensa de su alma poética como forma de vivir. No existe una planificación previa en poesía, si esta viene del sentimiento puro. Escandar reflexionaba sobre la utilidad de la poesía en su vida. “Entender mi mundo”, decía. Se mueve una corriente muy potente en el mundo de la lírica, de personas que se encargan de interpretar sus días por medio de sus palabras, y las de otros. Ahí vive Escandar Algeet, ahí vive Fernando Pessoa; indagando ahí se encontró un servidor. Como decía, hay algo de mágico en la literatura, que tiende hilos conectores por el mundo y el tiempo, uniendo a autores, lectores y paseantes a través del sentimiento. Es como sentir que se habita otro cuerpo. Un cuerpo comunitario que supera las coordenadas del tiempo con facilidad. Es la magia del sentimiento.

Lisboa solo es comparable con las palabras que genera. El Tajo no podía tener un marino mejor. Allí, en el corazón portugués, rodeado de raíles y tranvías que marchan como si al mundo no le hubieran pasado los años, sigue él, sentado, con su expresión pacificadora y sus ideas indelebles.

Es el remedio al desasosiego de una vida cotidiana y avocada a un trágico final. Existe algo de satisfacción en el conocimiento personal. Para saber vivir cómodo en la rutina, debemos aprender a entenderla. Trazar los límites insuperables de los días. Acomodarse en su interior y con las ideas construir un alminar para ver más allá del muro.

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