Cultura

“Comanchería”: Robar al ladrón

En el año 2008, la bolsa de Nueva York se fue al carajo. Habían pasado dos décadas ya desde aquel dramático “Lunes Negro”, pero como suele ser habitual a lo largo de la historia de este sistema, las crisis económicas se acaban repitiendo. Aquellos días históricos en los que se creó riqueza para unos pocos a base de especular habían pasado a mejor vida y los días se tornaban cada vez más histéricos. Los máximos responsables de aquella terrible crisis económica, los banqueros, que, paradójicamente, son los mejores ladrones de bancos, desmantelaron todas sus empresas. “No es por dinero, es el juego”, decía Gordon Gekko. A fin de cuentas, siempre resulta más fácil jugar a la ruleta rusa cuando lo haces en cabeza ajena.

Ya no hubo manera de evitar el derrumbe general. Como si de un boxeador amateur se tratase, el mundo acabó besando la lona al primer jab. No hubo siquiera tiempo para tambalearse en el ring. Los ilusionistas de Wall Street, reputados especialistas en vender la mierda como si fuera oro, arrebataron millones de casas y de empleos. Solo unos pocos de ellos acabaron pisando la cárcel. Alguno incluso acabó entrando en una de esas instituciones internacionales formada por tecnócratas a los que nadie votó. Porque esa clase de gente nunca pierde realmente cuando pierde; y siempre gana cuando gana.

La película a comentar no trata sobre ellos, sino de aquellas personas cuyas vidas transcurrían con el ritmo propio de las existencias humildes, repleto de estrecheces y renuncias para poder llegar a fin de mes antes de la crisis y que, después de ella, fueron testigos de cómo les quitaban lo poco que tenían.

Dirigida por el realizador británico David Mackenzie y escrita por el actor reconvertido a guionista, Taylor Sheridan, Comanchería supuso un regreso glorioso del wéstern, el género clásico americano por excelencia. La película encajaría dentro del subgénero conocido como neo-western, pues revisa todas las señas de identidad de este tipo de cine y las actualiza a nuestro tiempo para hacer un retrato crudo y sin concesiones de la América profunda azotada por la crisis económica del 2008.

Su premisa, a priori, no es enrevesada: dos hermanos dispares unen fuerzas para robar las sucursales del banco que trata de quitarles las tierras de su familia. Ya está. Cortita y al pie, porque tampoco hace falta desarrollar un high concept para hacer un análisis sociopolítico. Sheridan,como en el resto de su filmografía, apuesta por una trama sencilla para profundizar en personajes que, en su mayoría, suelen evolucionar dentro de una rica escala de grises.

En lo que al libreto se refiere, resulta curioso lo pulido que está, teniendo en cuenta que Taylor Sheridan necesitó apenas tres semanas para escribirlo de una tacada. Comanchería tiene una gran ventaja a nivel de guion sobre la mayoría de películas estrenadas en estos últimos años: sabe mezclar géneros de forma natural, sin que se vea como algo forzado o superficial. Así pues, tenemos momentos con humor negro al más puro estilo de los hermanos Coen; el drama social propio de cineastas como León de Aranoa o Lynne Ramsay; y los estallidos de violencia de Sam Peckinpah.

A diferencia de otras películas, en el caso de Comanchería apenas hay subtramas. Eso sí, el guion está trabajado con tanto esmero e interés para con la historia que se quiere contar que incluso los personajes circunstanciales tienen su momento para lucirse.

Toda la narración se sustenta en un hilo conductor a través del cual se van moviendo los cuatro personajes troncales. La estructura es propia del wéstern clásico: ladrones de bancos que roban y huyen -en este caso, en coche, no a caballo- mientras que la autoridad anda tras sus pasos.

Sin hacer uso de grandes monólogos a lo Sorkin, y sin caer en el panfleto ideológico de turno, el dúo Sheridan-Mackenzie nos hace un diagnóstico sobre la efectividad de los mecanismos que emplea el sistema, llegando incluso a transformar a aquellos cuyas tierras fueron arrebatadas en fervientes defensores de la ley que dictan los bancos; persiguiendo como si fueran delincuentes a los más pobres, los que no tienen nada que perder, arruinados por esas pestilentes instituciones de crédito; ambos lados de la ley enfrentados, jugando al gato y al ratón, como si fueran comanches.

Con respecto a las interpretaciones , sí, es cierto que Jeff Bridges obtuvo el reconocimiento  por parte de la academia -acabó siendo nominado a los Oscar como mejor actor secundario-, pero bajo mi punto de vista destacan especialmente el tándem que forman los dos hermanos, Chris Pine y Ben Foster, como los Caín y Abel antisistema. Dos intérpretes que consiguieron disipar las dudas que cierta gente tenía sobre las habilidades interpretativas de ambos.

Pine ofrece una interpretación sólida y contenida como ese padre divorciado cuyo único objetivo es dar una vida mejor a sus hijos, algo que supuso un punto de inflexión para su carrera, ya que hasta el momento se encontraba encasillado en papeles de galán carismático.

Por su parte, Foster da vida al personaje más difícil de interpretar: el hermano ex presidiario que busca redimirse de sus errores ayudando a su hermano pequeño. Compone un personaje histriónico e imprevisible que en manos de otro actor hubiera corrido el riesgo de caer en la sobreactuación.

Cabe destacar por último una banda sonora original que ya quisieran las grandes producciones hollywoodienses, compuesta nada más y nada menos que por Nick Cave. Por no hablar de que cuenta con una variedad de temas conocidos de la música country, desde Chris Stapleton hasta Townes Van Zandt, pasando por Ray Wylie Hubbard, Waylon Jennings o Colter Wall, entre otros.

Han pasado ya 80 años del estreno de Las uvas de la ira, y el cine, como muchas otras cosas, ha cambiado. Algunos dirán que para bien. Otros, en cambio, echarán pestes. El caso es que independientemente de la opinión que tenga cada cual sobre las películas de los últimos años, lo que sí que está claro es que cuesta bastante encontrar historias -en el cine norteamericano especialmente- que den voz a los desposeídos, a los maltratados de la historia; a los invisibles.Y eso, Comanchería es capaz de hacerlo con maestría, como los grandes clásicos. Si tienen ocasión, véanla, no les defraudará lo más mínimo.

 

1 comment on ““Comanchería”: Robar al ladrón

  1. Alejandro Santos

    Tío mi enhorabuena, gran artículo. Buena sintaxis y sobretodo, lo que más me gusta, es tu manera de interpretar la película. Explicas todo con detalle y me haces sentir como si estuviera viviendo en el contexto de la película. Por cierto, Comancheria también es de mis favoritas. Enhorabuena por este gran artículo

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