Cultura Opinión

Pillar algo de droga

Allá por 2008, Francisco Brines, en una entrevista concedida al periódico ABC recalcó: “Leer poesía es como una drogadicción”. Doce años después me he tomado el lujo de rescatar sus palabras, apoderarme de sus vocablos, esfuminarme en cada uno de los fonemas que componen su inmensa obra y, por supuesto, pillar algo de droga. Concretamente, si nos remitimos a sus declaraciones, hacía hincapié en que los lectores de poesía eran una suerte de drogadictos y que somos los verdaderos creadores del poema. Creadores y culpables de que la poesía esté volviendo a tocar al hombre y a la mujer.  

No obstante, obviando completamente el plano poético, empero tomándolo como referencia, me gustaría hacer un inciso en esos falsos drogadictos, o mejor dicho, lectores falaces del teórico dilema barométrico —si es que existe— que se ponen la etiqueta de “lectores” o, bueno… llamémosles “drogadictos”. Suponiendo que la etiqueta de “buen lector/buen drogadicto” existiese: ¿qué es ser un buen lector?, ¿quiénes consumen la mejor droga? Estoy seguro de que muchos amantes de la literatura caerían en la santurronería de contestar sendas preguntas. No obstante, otros cual siroco que desploma un abedul con un paroxismo insensato, optarían por no responder dichas cuestiones.

Desde mi punto de vista, el buen lector/drogodependiente literario no se toma la molestia de hacer un vídeo con todos los libros que tiene en su paupérrima biblioteca narrándonos una ínfima historia de uno o dos minutos de forma incoherente. ¿Queréis identificar a un falso drogodependiente literario? Esperaros a un 23 de abril y observad las redes sociales, llenas de patéticos insolentes venerando, según ellos, el valor a la palabra, el tacto del libro, su portada llamativa o lúgubre según el ejemplar, su rostro lacrimoso, su prosa cruenta o su verso indeleble, manos laxas palpando libros desnudos solamente un día al año. Si existiese el dilema barométrico, seguramente para los verdaderos drogadictos de la bibliofilia inexistiría el día del libro (con todo respeto que merece el fenecimiento de Cervantes, Shakespeare y Garcilaso). Si es que existen los buenos lectores, puede que para todos ellos cada día sea un libro. El mal lector es un ser estólido, hijo de una supuesta gazmoñería bibliotecaria que dice leer mucho, pero sigue escribiendo “exámen” con tilde en la “a” pensando que es correcto.

En mi caso, manteniéndome al margen de las incógnitas planteadas y, repito, en la suposición de que existiesen los buenos o malos lectores, me dispongo con la flaccidez de un verso tumefacto a recordar aquellas palabras de Roberto Bolaño en su inefable obra Los detectives salvajes:

“Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado…Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie”.

Precisamente, querido lector, tal y como recalca Bolaño, no quiero ofender a nadie con todas las inválidas palabras que componen este artículo. Siempre nos quedarán esos tipos de lectores desesperados, ¿no cree?

“El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiéndose en desesperado a secas. ¡O se cura! Y entonces, como parte de su proceso de regeneración, vuelve lentamente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta”.

Han pasado doce años desde aquellas declaraciones de Brines que me han llevado a plantearme todo lo relatado anteriormente. No obstante, parafraseando al gran Ernesto Sabato, nuestra imperfección, nuestro cuerpo débil, la carne mortal y corrompible que conforma todos y cada uno de los átomos de nuestro pensamiento literario nos empuja a que aspiremos a buscar cierta perfección de lector ideal/drogodependiente literario.

Al igual que hay una literatura grande, incluso la unicidad posee carencias. Al igual que hay corrientes poéticas emergentes tachadas de malas, usanza, menesterosas, etc. hay nuevos lectores que se adecuan a ellas impulsándolas como un géiser aflorando a la superficie terrestre. Bueno… no estoy aquí para escribir acerca de las nuevas corrientes poéticas. Eso lo dejamos para otro día.

Ahora, lo más importante: seas buen lector, mal lector, drogodependiente literario, drogadicto de la bibliofilia. Nunca dejes de pillar algo de droga. Haz de la literatura tu drogadicción y con todo el respeto que merece nuestro querido Cervantes:  

El que se droga mucho e inhala mucho, ve mucho y sabe mucho…

Literariamente hablando, claro.

1 comment on “Pillar algo de droga

  1. Ángel Sumuano

    Sin palabras siempre que leo estos artículos, son muy buenos, mucho éxito y siegue así.

    Le gusta a 1 persona

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