Opinión

La psicología del sombrerito de papel de aluminio

No me gustan los tópicos: los refranes, los dichos y los adverbios me parecen curiosos por su valor cultural y por los ramalazos de humor popular y castizo que presentan en ocasiones. Pero nada más: no creo que ningún proverbio sintetice parte de esa supuesta “sabiduría popular” que todos los hombres de a pie contribuimos a elaborar de manera involuntaria e inocente a lo largo de nuestras vacuas existencias, dando lugar a una especie de cuerpo espiritual independiente que nos sobrevive y que contiene las respuestas a todas las preguntas que los hombres sencillos nos podamos plantear.

Sin embargo, como todos, de vez en cuando caigo en algún lugar común, quizá por descuido, y me quedo dando vueltas por ahí bastante rato. Al final termino, por pura inercia, dotando a alguno de estos enunciados de la credibilidad que necesita para mantenerse en su lugar privilegiado dentro del imaginario colectivo: aunque creemos que los refranes nos hablan a nosotros y nos hacen grandes revelaciones, somos nosotros los que insuflamos de vida a estas sentencias, que más que como bolas de cristal funcionan como espejos embaucadores. No nos revelan nada que nosotros no sepamos ya, o al menos, nada que de antemano no estemos dispuestos a creer. Nos asomamos al horóscopo, a las finanzas y a Dios para contemplar el futuro y no hacemos más que contemplarnos a nosotros mismos: echamos un vistazo a nuestras convenciones, a nuestros miedos y, sobre todo, a nuestros anhelos.

Este 2020 no habré sido el único en hacer una pirueta mental de este estilo, y, además, tampoco habré estado solo a la hora de repetirme mentalmente, de manera casi compulsiva, eso de que “la realidad supera la ficción”: empezamos el año adentrándonos en la antesala de un más que posible conflicto entre Irán y Estados Unidos, y después vino el dichoso bichito y estuvimos encerrados 3 meses. Ahora, paseamos con mascarillas con adornos florales y dibujitos y Pedro Sánchez y Miley Cyrus se hablan en Twitter, Dua Lipa hace apología del proyecto de la “Gran Albania” y Kanye West ha comenzado su campaña electoral con el objetivo de cosechar apoyos para su candidatura en las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos. Está siendo un año curioso, o como se diría en Twitter, este 2020 “la simulación está comenzando a fallar”. Pero no es para tanto: llegados a este punto, estamos tan condicionados con la bromita (cada día estoy más convencido que el homo internetis es un ser memético) que alzamos los brazos y nos sorprendemos ante cualquier suceso al que, si no fuera por el extraño marco en el que se están desarrollando nuestras vidas, no daríamos mucha más importancia en el transcurso de nuestra aburrida rutina. Como ya dijo Billy Joel en uno de sus temas más míticos, nosotros no encendimos el fuego, pues desde que nos bajamos de los árboles y aprendimos a ser personas, la civilización humana se ha enfrentado a los acontecimientos más terribles y trascendentales, y también a los más absurdos e inverosímiles.

El problema llega cuando, más allá de la bromita, alguien comienza a buscar conexiones entre todos los acontecimientos insólitos que nos azotan para elaborar una especie de Teoría del Todo que nos ayude a explicar una serie de hechos complejos. Por lo general, tiendo a rechazar totalmente cualquier clase de teoría unificadora universal, pues habitualmente estas se construyen sobre falacias y ofrecen una versión edulcolorada y simplificada de la realidad: un relato con inicio, desarrollo y final abierto más fácilmente digerible que las condiciones materiales o los factores sociales en las que, por citar un par de ejemplos, se suelen apoyar los expertos a la hora de arrojar luz sobre fenómenos sociales de difícil explicación. El mes pasado, con el supuesto retorno de Anonymous y con la publicación de la también supuesta agenda de contactos de Jeffrey Epstein, una serie de teorías de este tipo, en concreto las que giran en torno al relato de la macabra Isla de los Famosos Pedófilos, cogieron gran fuerza en redes sociales, y llevaron a mucha gente a relacionar las muertes de de Lady Di, el suicidio de Kurt Cobain, el accidente que acabó Paul Walker y prácticamente todos los desastres en los que cualquier personaje célebre se haya visto implicado en los últimos 30 años.

Gracias a las filtraciones de Anonymous, desapareció de un plumazo todo enigma, toda inexactitud y toda intervención del azar que pudiera haber contribuido a la sucesión de estas desgracias: con un par de tuits, pasamos de tener que enfrentarnos como sociedad a la incertidumbre que nos genera el azar y al problema del suicidio y, en su lugar, un conjunto de celebridades perversas y miembros de la élite económica mundial  (a los que podemos desenmascarar heroicamente en las redes sociales) pasaron a encarnar el papel de villanos de la película. Y es lógico, pues enfrentarse a seres de carne y hueso es mucho más fácil que afrontar las grandes preocupaciones existenciales que nos quitan el sueño y los problemas colectivos que nos hacen vivir en una sociedad fallida.

Y como este comportamiento es lógico, no me extraña que mucha gente opte por creer en estas teorías: la “psicología del sombrerito de papel de aluminio” ofrece muchas ventajas, sobre todo si no te importa tener una relación flexible con la verdad. Mientras que la ciencia, que genera más preguntas que respuestas, no ofrece ningún consuelo, las teorías de la conspiración ponen a tu disposición explicaciones para todo. Si antes decía que las religiones y el horóscopo solo te aportan respuestas que tú ya estabas predispuesto a recibir, en el caso de las teorías de la conspiración sucede más o menos lo mismo: los fanáticos de extrema derecha siempre pueden echar mano del Contubernio Judeo-Masónico a la hora de defender sus posturas, al igual que la izquierda más radical  siempre puede referirse a la propaganda occidental para negar los crímenes perpetrados por ciertos regímenes comunistas.

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Supuesta filtración de la agenda de contactos del empresario Jeffrey Epstein.

Si estas teorías tienen tanto éxito en el siglo XXI, se debe principalmente a que hacen uso de una dialéctica pseudocientífica y populista que lleva a individuos de cualquier nivel cultural a abrazarlas sin complejos. Los valores de la Ciencia y de la Mayoría, que se relaciona con la democracia solo mediante una sinécdoque mayoritariamente aceptada, consiguen que las teorías de la conspiración, en mayor o menor medida, cuenten con un respaldo social del que no goza el esoterismo, por poner un ejemplo. Al creernos seres racionales, nos tienta el vocabulario cientificista de los terraplanistas y de los antivacunas, y, por no profundizar, hacemos científico lo anticientífico y promulgamos una realidad que se ajusta a una teoría concreta, y no al revés.

Por otro lado, somos tan demócratas que nos oponemos a la desigualdad y a los privilegios de las élites, pero sin comprometernos demasiado. Nos asusta el activismo y la confrontación política, y por ello grupos como Anonymous prescinden de cualquier connotación o etiqueta ideológica, y promueven con su discurso valores tan ambiguos y vagos como la Libertad o el Pueblo, sin ningún desarrollo más allá del tibio mensaje que películas como Joker (2019) de Todd Phillips promueven: somos la mayoría, y estamos hartos de los de arriba. Esta tendencia hacia la despolitización del movimiento de emancipación está presente hasta en el propio símbolo de Anonymous: la máscara de Guy Fawkes que portan sus miembros la diseñó el dibujante David Lloyd para la célebre novela gráfica de Alan Moore V de Vendetta: en el cómic, esta máscara representa los valores anarquistas y libertarios que guían al protagonista de la obra. Sin embargo, en la vida real representa a un grupo de internautas apolíticos descontentos con la realidad social que, pese a sus buenas intenciones, realmente hacen poco por cambiar las cosas.¿Por qué te vas a afiliar a un partido o a un sindicato? ¿Por qué vas a leer y a formarte políticamente si desde tu propia casa puedes combatir a la élite globalista exponiendo sus fechorías en Internet? 

Putos viejos
En estas imagen, somos testigos de la apabullante complejidad que presentan los discursos de Anonymous. 

El problema real viene cuando nuestros representantes políticos promueven también estas teorías, más por conveniencia que por convencimiento (si no es así, estamos jodidos del todo). Donald Trump cree que el calentamiento global y la OMS son herramientas para destruir la civilización occidental, y en España los representantes de cierto partido de extrema derecha dan continuidad, para sorpresa de nadie, al franquismo ideológico y llaman “ritual masónico encubierto” al funeral de estado laico por las víctimas del coronavirus. Si el cada vez más delirante discurso de la derecha española me preocupa pero no me sorprende, sí que me impacta la obsesión de Podemos por las cloacas del estado y por el supuesto complot que los medios de comunicación han preparado especialmente para ellos. Aunque es cierto que la formación política ha sufrido el acoso de “policías patrióticas” y que hay grupos de presión bastante interesados en la debilitación del partido, es demasiado sencillo escurrir el bulto y culpar de todos tus errores a un diabólico pacto mediático que pretende destruirte. ¿Verdad, Pablo Echenique?

Aunque soy un gran fan de la teoría derechista del funeral de estado satánico masónico-satánico (me río por no llorar), me parece que la intervención del diputado de Vox Manuel Mariscal Zabala en la Comisión Mixta de Control Parlamentario de la Corporación RTVE y sus Sociedades del pasado 29 de mayo representa mejor como el pensamiento del “sombrero del papel de aluminio” no es más que una falacia bastante elaborada.  En su turno de palabra durante la comisión, el diputado se refirió al logotipo en forma de corazón que RTVE había escogido para rendir homenaje a las víctimas del COVID-19, y lo comparó con el logotipo de Unidas Podemos, también con forma de corazón. Mariscal, totalmente convencido, afirmó que el Gobierno había buscado ese parecido a propósito, con el fin de mostrar en la televisión una imagen en apariencia inocente para el público, de manera subliminal, pensara en Unidas Podemos al verla. ¿Qué sentido tendría que un Gobierno quisiera que se le asociase con un luto nacional y con un suceso tan terrible como está siendo la actual pandemia mundial? Creo que ni Mariscal lo tenía muy claro, pero aún así terminó su intervención con una frase lapidaria: “A los diputados y a los periodistas no se nos permite creer en las casualidades, y esto no es una casualidad”. Mariscal dio fin su discurso conspiranoico, como no puede ser de otra manera, con una afirmación retóricamente eficaz pero profundamente falaz.

Rosa maria mateo
Rosa María Mateo, administradora única de RTVE, responde a Mariscal y muestra a la Comisión una serie de logos con corazones. Por lo visto, el Gobierno se lo ha currado bastante a la hora de introducir mensajes subliminales hasta en los lugares más insospechados. 

Siempre está bien tratar de buscar explicación a los sucesos que nos rodean e indagar más allá de lo que nos cuentan, pero de poco sirve “no creer en las casualidades” si vas a ofrecer una explicación interesada y retorcida que solo sirva para reforzar tu discurso, y no para arrojar un poco de luz sobre una cuestión. No creerse nada es tan malo como creérselo todo, y mucho más sencillo que buscar explicaciones razonables, pues estas últimas, como la vida misma, están repletas de matices, de blancos y de grises, de verdad y de mentira.  Pero no contienen enrevesados planes diseñados por el Club Bildelberg, vacunas con nanobots o rayos de control mental disparados por alienígenas. De eso estoy seguro.

Después de todo, creo que Ockham y Quevedo tenían razón. El primero, por afirmar que la explicación más simple de un suceso suele ser la más acertada; y el segundo, por dejar entrever la fuerza que realmente mueve el mundo, más poderosa que los Canteros de los Simpson, los Illuminati y que Bill Gates juntos: “poderoso caballero es Don Dinero…” 

 

 

 

 

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