Fotoperiodismo

El Cabanyal: a vueltas con la gentrificación

El pasado mes de mayo, el ministro Alberto Garzón afirmó que el turismo, uno de los sectores con más peso en la economía española, es una actividad precaria y “de bajo valor añadido”. Pese a la polémica que suscitaron sus palabras, lo cierto es que, en gran parte, el turismo de sol y playa para los europeos del norte que ofrecemos en España funciona gracias a las largas jornadas de trabajo de los trabajadores asalariados, que en el sector de la hostelería perciben una retribución especialmente baja por sus servicios.

Sin embargo, al hablar de los problemas que acarrea una economía centrada en el turismo, no solo nos topamos con las condiciones de trabajo de los empleados del sector, sino también con otras cuestiones a tener en cuenta, como la excesiva dependencia de la llegada de turistas extranjeros de muchos negocios de la hostelería española. Sin embargo, si este problema genera crisis circunstanciales (como la que se está produciendo a raíz de la crisis del coronavirus), la alargada sombra de la gentrificación siempre está presente cuando hablamos del turismo.

La gentrificación es un fenómeno urbanístico, económico y social que tiene que ver con el reacondicionamiento de una zona urbana antigua en la que se comienzan a abrir numerosos negocios y a habilitar zonas verdes, paseos y parques. Estas mejoras en la zona provocan que las viviendas aumenten de valor y, por lo tanto, que muchas familias residentes en el barrio desde hace años no puedan permitirse pagar los alquileres y terminen por trasladarse a otras zonas: al final del proceso, la zona acaba siendo ocupada por una población de mayor poder económico. Aunque la gentrificación se puede dar en cualquier población, es más habitual que esta se produzca en grandes ciudades con un tejido económico y comercial importante o con un destacable potencial turístico. Tal y como ya está pasando en ciudades como Barcelona o Madrid, gran parte de las viviendas disponibles de las zonas “gentrificadas” son apartamentos vacacionales de precio bastante elevado pensados para acoger temporalmente a turistas y no para ser habitados de manera continua. Gracias a la gentrificación, conseguimos barrios repletos de visitantes, negocios, parques y comodidades, pero dejamos de lado la función principal que debe tener una ciudad: la de crear un espacio de vida en la que todos los estratos sociales tengan acceso a las mismas comodidades y servicios.

El problema de verdad surge cuando desde las propias instituciones se impulsa la turistificación y se sitúa por encima del bienestar de los ciudadanos. En 1997, el gabinete liderado por la exalcaldesa de Valencia Rita Barberá puso sobre la mesa el polémico “Plan Cabanyal“, un ambicioso proyecto urbanístico que tenía el objetivo de prolongar la Avenida Blasco Ibáñez (que comienza en una zona más o menos céntrica de la ciudad) para conectarla con la playa. Sin embargo, este plan implicaba la expropiación de una gran cantidad de terreno del barrio del Cabanyal y el derribo de más de 1600 viviendas, muchas de ellas con casi 100 años de antigüedad.

La zona del Cabanyal forma parte del distrito de Poblats Maritims, que aglutina una serie de poblados de pescadores independientes que se anexionaron a la ciudad de Valencia en 1897. Paseando por su calles, y especialmente cerca del mar, es imposible que no nos llamen la atención las coloridas casas que componen sus calles, muchas de ellas construidas por los propios pescadores hace décadas. El “Plan Cabanyal” (desestimado hasta en dos ocasiones por el Tribunal Supremo), hubiera arrasado con muchas de estas viviendas si no hubiera sido por la acción vecinal coordinada, en parte, por plataformas como Salvem el Cabanyal y la Associació de Veïns i Veïnes Cabanyal-Canyamelar, que han luchado las últimas dos décadas para proteger a los vecinos y salvaguardar el bienestar y la integridad del barrio.

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Viviendas situadas al final de la Avenida del Mediterráneo, a pocos metros de la Playa del Cabanyal

 

La historia reciente del Cabanyal es una historia de lucha y resistencia frente a las presiones políticas y a las presiones económicas. Y aunque todo indique que el Cabanyal “se ha salvado” (tal y como afirmaban, con alegres cánticos, los miembros de Salvem el Cabanyal en el vídeo en el que anunciaban la disolución de su plataforma), la lucha no ha conseguido eliminar algunas cicatrices en la reputación del barrio: El Cabanyal figura, en muchos portales inmobiliarios, como uno de los peores barrios de Valencia para adquirir una vivienda. En estas páginas se hace alusión, sobre todo, a la existencia de edificios abandonados y en ruinas y, sobre todo, a la presencia de algunos okupas que las asociaciones han denunciado a la administración en alguna ocasión.

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Sede del Ateneo Llibertari Cabanyal, que ofrece asesoramiento y apoyo a los vecinos expulsados de sus casas

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Algunas de las numerosas pintadas reivindicativas de la zona

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Vista de los edificios en los cuales las asociaciones de vecinos denuncian la presencia de okupas, a escasos metros de la playa del Cabanyal
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Un hombre pasea en uno de los callejones del Cabanyal, cerca de la playa
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Una pintada que representa una flor, bastante recurrente en el barrio. Foto tomada desde un monumento decorativo oxidado y descuidado. 

Con este percal, me resultó sorprendente leer que en febrero el periódico The Guardian situó al Cabanyal entre los 10 barrios más cool de Europa. ¿Por qué me llamó la atención este hecho, si he pasado unos días en el Cabanyal y no solo no me he sentido inseguro, si no que me he visto lo suficientemente cautivado por la zona como para escribir este artículo? Quizá se deba a que estoy acostumbrado, como todos, al ambiente turístico masificado de ciudades como Benidorm o Torrevieja, complejos profundamente artificiales prefrabricados para cumplir únicamente las necesidades de los turistas, y me parezca extraño el veraneo en una zona donde hay vida más allá de julio de agosto. En el Cabanyal hay negocios para turistas, claro. Pero al pasear por sus calles notas algo diferente: ves niños jugando con sus vecinos de toda la vida, señores mayores haciendo recados y, al mismo tiempo, turistas extranjeros pidiendo indicaciones para ir a la playa. Si en una calle encontramos un moderno restaurante de sushi, justo en la esquina tenemos el clásico bar de barrio con sus parroquianos habituales.

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Una de las calles del interior del Cabanyal
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Al frente, una escuela de biking. A la derecha, un edificio abandonado y en ruinas. A la izquierda, el hotel de 5 estrellas Las Arenas 

El Cabanyal es un barrio de contrastes, y representa la tensión que sufren la mayoría de ciudades hoy en día: el turismo, el negocio, el “progreso” y lo chic contra la tradición, el barrio, los negocios familiares y, en definitiva, la vida que vivimos entre agosto y junio.

¿Representa el Cabanyal el equilibrio perfecto entre vida y turismo? ¿Es acaso este equilibrio posible? ¿Será que simplemente este barrio se encuentra en la fase más temprana de un desagradable proceso de gentrificación? Habrá que esperar a ver qué rumbo toma nuestra economía una vez superada la crisis de la covid-19 para comenzar a dilucidar siquiera el futuro de estas zonas a caballo entre dos mundos.

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Pequeñas notas de color en las fachadas de dos casas del barrio del Cabanyal

Mientras tanto, espero que muchos turistas puedan seguir disfrutando de las pintorescas estampas del Cabanyal, de sus playas y de su ambiente combativo. Sin embargo, espero aún más que los vecinos, que tantos años han luchado, puedan vivir tranquilos en sus hogares. Creo que se lo han ganado.

 

Texto: Ángel Gómez-Lobo 

Fotografías: Ángel Gómez-Lobo y Elena Gallego Fraile 

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