Cultura

El humor de Shane Black

Desde hace más de un año la mitad del país imita, en público o en privado, a un sujeto surrealista y genuino a partes iguales, llamado Ignatius Farray.

La otra mitad del país no entiende nada.En sus manos un chiste de dos frases puede durar lo mismo que una dictadura en España encabezada por un hobbit de voz aflautada.

La verdad es que, su repertorio, no es ni el más original, ni el más jocoso de los posibles. De hecho, lo cierto es que el mencionado cómico habría obtenido parecido éxito recitando poesía en un teatro o comentando el tiempo en un telediario. La explicación está en un detalle, la diferencia está en él.

Otros cuentan mejores chistes,pero ¿quién coño quiere oírlos?

En el mismo “detalle”, el “cómo”, se basa la gloria de las pinturas de Picasso, las canciones de David Bowie o las tortillas de mi madre. Si hay una actividad en la que para mí se cumple especialmente esta máxima (que no lo es) es el arte, y con especial alevosía en el cine. En una profesión en la que las ideas se repiten una y otra vez, los personajes se calcan unos a otros sin remedio y las situaciones se reiteran, lo que verdaderamente importa es el punto de vista. Respecto a quién lo posee, admiro a quien lo sabe expresar.

El cineasta Shane Black es un tipo admirable. Él, al igual que otros compañeros de generación en la industria norteamericana, decidió desde el primer momento contar las cosas a su manera, sin miedo a los prejuicios arrastrados por otros (que miran el cómic o la televisión por encima del hombro), con la única regla de “que sea divertido”.

Viendo una película de Shane Black uno saca en claro que, quizás, él pertenece a esa clase de individuos proclives a sufrir ataques de risa incontenida en las situaciones menos apropiadas, bautizos, bodas y, en general, eventos revestidos de obligada solemnidad. Lo exagerado, lo grotesco, el delirio, la imaginación al servicio de lo gamberro. 

El apabullante control de los medios, para contar, amenizar, narrar, transgredir. Él no es, Hollywood lo sabe, un cineasta de masas: el humor negro, (el único capaz de reírse de los demás y de uno mismo) no es tan popular ni vende tanto como la hipertrofia de Dwayne Johnson. Una buena razón para seguir la pista de Black, con sus altos y sus bajos. Todos podemos imaginar sueños. Él, además, sabe cómo crearlos. 

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