Cultura Opinión

No me leas a mí, lee a Sabines

Hace una semana, al cruzar el paso de cebra de la calle General Ricardos, dos jóvenes que se encontraban en la vía contraria, discutían. La chica lloró repentinamente, tanto que su sollozo provocó que su alicaído cuerpo se doblegase haciéndola caer inmediatamente al suelo. No observé su rostro del todo, pero imagino que los adjetivos calificativos que más se aproximarían a una descripción exacta serían: descorazonado, triste, apesadumbrado. Vaya panorama, pensé. Posteriormente, aparté la mirada y no le di importancia a la situación abstrayéndome, como siempre, en mi mundo irreal y sintiendo cada una de las rimas que sulfura y provocan sajaduras internas de la canción Veneno de uno de mis raperos preferidos, Delaossa.

No obstante, unas horas después volviendo a lo sucedido y desatendiendo mi universo irreal. Me di cuenta de la ínfima atención que le había dedicado a dicha situación o, peor aún, de la poca importancia que le di a las palabras del chico hacia la joven: “No quiero continuar la relación, se acabó. Lo dejo”. Tumbado en mi cama y observando el techo de mi habitación me vino a la cabeza aquel poema de Karmelo Iribarren titulado “Cuando te dejan”:

Imagina

que te arrancan

un brazo de cuajo,

imagínate

el dolor,

           y luego

toda esa gente

alrededor,

mirando

cómo te desangras.

Volver sobre lo sucedido o, mejor dicho, cavilar sobre ello me hizo ver que acababan de arrancarle un brazo de cuajo a la chica y que yo presencié en directo cómo se desangraba. Puede decirse que el poema engendrado por las manos de Karmelo se reencarnó en la vida real, pero que no me di cuenta hasta horas después. O, quizás no me di cuenta porque vivo en mi mundo irreal. Ese mundo irreal al que hace referencia Vila – Matas en diversidad de ocasiones. ¿Qué será de la chica hoy en día? ¿Aún seguirán sus lágrimas reflejadas en el pavimento sobre el que cayeron? Esa noche fue muy extraña, volvía y volvía constantemente a lo sucedido como si me hubiese pasado a mí. Por otra parte, siguiendo mi ritual de drogodependiente literario, recordé que por la mañana había adquirido una Antología Poética de Sabines titulada: Uno es el poeta. Una edición de Carmen Alemany, que seguramente no me defraudaría.

Puede decirse que fue esa misma madrugada que constaté que la chica a la que su novio había dejado y Sabines tenían cierto vínculo poético. Sin embargo, me amparo en el propio Sabines y en sus palabras “No quiero convencer a nadie de nada”. Sabines nació en Chiapas, en el sureste de México en 1926. Su arsenal poético es uno de los más laureados del mundo, tanto que hasta el propio José Emilio Pacheco lo alabó. Perteneció a la Generación de los años 50 y su obra poética es amplia. Destacan: Horal (1950), La Señal (1951), Adán y Eva (1952), Tarumba (1956), Diario semanario y poética en prosa (1961), Yuria (1967), entre otros. Rescatando la opinión de la propia Carmen Alemany,  Sabines es un poeta del amor y la muerte, el cuerpo de la mujer convertido en una tabla de salvación.  

Salvación, precisamente lo que necesitaba aquella joven cuando su exnovio pronunció las palabras que toda persona enamorada no quiere oír nunca. Salvarse del desamor que cual rabión arrasó con todo lo vivido, salvarse del llanto que inundaba su desplomada carne, salvarse simplemente de alguien que le sujetó la mano, pero que ahora no tiene la suficiente valentía para seguir sujetándosela, salvarse de la tristeza fruto del amor refugiándose en la lágrima que no protege a un corazón roto. Ya nos lo dijo Vicente Aleixandre:

“La soledad tiene ojos de muchacha esbeltísima”.

“¿Por qué, por qué llorar? Acabó el amor”.

Aquella noche era presa del insomnio. Así que me entretuve leyendo la antología de Sabines hasta que el sueño tocase mi conciencia y adormeciera mis ojos. Ojos que presenciaron versos que ojalá hubiese escrito yo en algún momento de mi veintena. Sabines es el amor personificado, el desamor hecho palabra. La lágrima cristalizada de aquella chica que lloró la pérdida de uno de sus amores adolescentes. Han pasado unas dos semanas y me quedo pensando que lo que tienen en común Sabines y esa muchacha, es precisamente lo que ella busca tras el amor: salvarse. Es más si leyese este artículo le diría que no me lea a mí, que lea a Sabines. Que lo lea porque vi la salvación de su dolor en un poema titulado ESPERO CURARME DE TI:

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama […]

Al día siguiente, me di cuenta de que había convertido mi insomnio en un artículo periodístico fecundando dentro de mi mundo irreal, pero hablando de una situación producida en el mundo real. En fin, aquella madrugada transmuté de la canción Veneno de Delaossa a la poesía de Sabines. Al parecer, sí. Os lo puedo confirmar, Carmen Alemany tiene razón; Uno es el poeta. Aunque, no me leas a mí, lee a Sabines.

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