Opinión

Los pueblos en pandemia

Tras horas en coche, llegas a tu pueblo. Por fin vacaciones, una sonrisa te aparece en la cara al pisar otra vez esas calles. Entre esas carreteras con coches apartados en doble fila y las casas de piedra, hay un aura especial. Es tu sitio, tu pueblo, tu gente.

Pero algo ha cambiado, el bar de enfrente de tu casa aparece cerrado. ¿Qué raro? Siempre está abierto. En ese momento tu subconsciente quiere pensar que es una casualidad, que estará cerrado únicamente por descanso de la plantilla, pero los peores presagios aparecen en tu cabeza como si fuera un mal sueño.

Entras a casa, dejas las maletas y te vas a dar una vuelta. Te pones la mascarilla y comienzas a caminar. Paso a paso te vas dando cuenta, es un ambiente triste, diferente. Realmente no sabes cómo explicarlo. No parece el mismo sitio, el coronavirus parece haber dejado al pueblo  en estado crítico.

Poca gente mayor en la calle, el lugar de reunión de siempre está más vacío que nunca. Aquel banco de piedra viejo al lado de la plaza donde nuestros abuelos se reúnen a conversar, pide a gritos que alguien le acompañe a pasar la tarde. Las partidas de cartas han quedado suspendidas hasta nuevo aviso y ahora la mesa y la taza de café han sido sustituidas por una verja o una ventana a través de la cual poder saludarse sin riesgo.

La tarde va cayendo, el sol poco a poco desaparece y las calles comienzan a vaciarse. El miedo al COVID se ha adentrado de manera tan profunda entre la gente, que a las siete de la tarde solo cabe destacar la terraza de ese bar de la esquina a la que la gente acude en búsqueda de un poco de compañía y una buena tapa que degustar.

La gente joven, cuyas relaciones sociales han quedado muy limitadas, han sido testigos de cómo sus tardes se han visto reducidas a disfrutar de una piscina portátil construida en el jardín de su casa a modo de emergencia o a juntarse con los tres amigos de toda la vida para tener conversaciones tan absurdas como qué talla de zapato usa cada uno o tan divertidas como recordar aquellos momentos únicos en tu época de instituto.

Otros, en cambio, cansados de caminar en círculos y de dar vueltas sin rumbo, encuentran en el fútbol una vía de escape, una forma para desahogarse y soltar adrenalina. De repente, encontrar una televisión para ver el partido del año, se convierte en una actividad tan prioritaria e imprescindible como un día de playa en un verano caluroso.

No nos hemos dado cuenta y de la noche a la mañana, tu pueblo de toda la vida parece otro. Ni rastro de las fiestas locales, que tantas escenas y ratos dejan en tu memoria, las atracciones que llevan cincuenta años instalándose en el pueblo ni siquiera se han pasado a saludar, la música en plaza los fines de la semana no ha tenido altavoces en los que sonar y los espectáculos se quedan muy fríos con tan poca gente dispuesta a asistir… cosas que un año cualquiera  parecen insignificantes, incluso algunas aburridas y monótonas, pero cuando no están las extrañas tanto como un turrón en navidad.

Las diez de la noche, un día cualquiera de agosto, el pueblo ya descansa esperando que las campanas vuelvan a sonar el día siguiente. Qué triste, quien lo iba a imaginar un año atrás cuando te volvías de vuelta a la ciudad.

Los pueblos en pandemia, un golpe de realidad.

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