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Necesitamos un plan B

Abrir las ventanas para sustituir la COVID-19 por una neumonía no es una solución. Necesitamos un plan B. Habrá quien simplemente no podrá sobrevivir, quien se quede por el camino, quien ya estaba sobreviviendo y ahora solo le quede malvivir en un acto de supervivencia.

La gripe está a la vuelta de la esquina, el invierno se vislumbra más oscuro que de costumbre y, ante estas certezas fruto de la incertidumbre, solo quedan dos preguntas: ¿Quién asumirá el coste de confinar a la población? ¿Cuándo ocurrirá? A muchas y muchos estudiantes universitarios les/nos (si me permiten usar la primera persona) rondan estas cuestiones en la cabeza desde hace tiempo, en parte egoístamente, para saber qué ocurrirá con nuestra vida académica y personal, si es que podemos hacer distinción entre ambas.

Aulas vacías. Fuente: Onda Cero

Allá por marzo, cuando nos asolaba la gran pandemia, las universidades tuvieron que hacer un esfuerzo intelectual inmenso para poder modificar su sistema de enseñanza y evaluación. Léase con ironía. De nada había servido años antes implorar cambios en el proceso de evaluación que permitiesen al estudiante compaginar ya no solo vida y estudios (o vida, estudios y trabajo en algunos casos), sino estudios y más estudios. Se necesitó una catástrofe sanitaria para poder enmendar algunos errores y satisfacer las viejas demandas estudiantiles de eliminar algunas pruebas finales que contaban un gran porcentaje de la nota y que podían echar por tierra el trabajo de todo un cuatrimestre. Algunas universidades tardaron meses en definir un escenario alternativo que acabó siendo una amalgama de clases online y exámenes sin llegar a serlo, pero lo suficiente para que, quienes no saben evaluar de otro modo, mantuviesen la cordura. Eso sí, siempre con la seguridad de un sistema anti-copia. Lo que no han aprendido es que un examen/prueba/proyecto en el que es posible copiar no es la forma idónea de examinar. Dicho esto, no nos confundamos: los equipos docentes también han sufrido la pandemia. Profesoras y profesores sin acceso a un Internet de calidad, sin conocimiento suficiente de programas de videoconferencia y desamparados por universidades más ausentes que su ministro han sido la causa de una adaptación tardía, regular y a rastras.

Cinco meses después, las medidas para la vuelta han sido casi una exclusiva que se conoció poco a poco en distintas universidades con la misma lentitud que los cambios adoptados el curso pasado, antes de verano. Modalidad semipresencial, grupos reducidos, obligatoriedad de mascarilla, cierre de espacios comunes y un aumento de limpieza son parte de la nueva (a)normalidad. Medidas que podrían anunciarse, perfectamente, con mucha mayor antelación y que en algunas universidades ni se han anunciado oficialmente. La espera lleva desesperando desde abril.

Lo que no espera y corre más prisa es la necesidad de alquilar un piso para vivir en un mercado esperpéntico y feroz. Precios desorbitados en una situación de emergencia social que obligan a alquilar una vivienda antes de conocer los posibles escenarios que podrían darse a lo largo del curso. Pisos-zulo en grandes ciudades como única alternativa asequible y contratos con la abusiva ‘Cláusula Coronavirus’, por la cual debes pagar tu mensualidad, aunque el mundo se caiga (aún más) a pedazos. Muchas y muchos somos los estudiantes que, con un contrato de piso, tememos un nuevo confinamiento y que la cara semipresencialidad llegue a su fin. Para carreras que así podían desarrollarse, la opción de modalidad 100% online se puso encima de la mesa para evitar este futurible. En algunos casos se adoptó, aunque tarde. Tanto que había quienes ya habían firmado un contrato de alquiler. En otros casos, algunos inexplicables, esta opción no se ha querido implantar. Sumando dos y dos, ante el escenario de un posible confinamiento en comunidades o zonas muy afectadas por la COVID-19, las universidades cerrarán sus puertas y solamente quedarán las clases por videollamada, la lógicamente demandada modalidad 100% online se implantará a la fuerza ante la falta de otras salidas.

Por otro lado, y para no dejar a nadie por el camino, Ciencias, Artes y otras disciplinas que requieren mayor grado de tangibilidad, desconocen qué serán de sus prácticas de laboratorio, talleres, prácticas hospitalarias, etc., lo que los sitúa en posiciones igual de delicadas. Sin embargo, todo apunta a que es probable que disminuyan las horas de práctica, las horas de formación de mayor calidad o las horas presenciales. Cómo no, todo al mismo precio. ¿Vale lo mismo una hora en tu casa, con tu ordenador, tu internet, tu electricidad, sin espacio de trabajo, viendo como un profesor imparte una clase, sin mirar a su alumnado, que una clase en un aula magistral, escuchando cara a cara a un profesor y con todos los recursos que una universidad tiene a su alcance? Sencillamente, no. Aunque nuestras matrículas no digan lo mismo, aunque hayamos pagado los ECTS exactamente al mismo precio (con el plus de incertidumbre) y aunque nos digan que las clases son iguales y la situación es excepcional. Un mantra repetido y las carteras igual de vaciadas. Inexplicable e inaceptable.

Castells, Ministro de Universidades. Fuente: Cope

Entramos a un curso peculiar, y con la convicción de no saber lo que nos deparará el año. Concretamente, en Madrid los datos de incidencia acumulada son tan alarmantes que la transmisión solamente podría detenerse con una reducción de la movilidad, ya que la detección precoz está fallando. La situación será insostenible si no se toman medidas de inmediato.

Una pandemia que no haremos andancio, junto a la soberbia y la ineficiencia política y universitaria, resultarán en un año complejo para todas y todos. Haremos nuevamente de nuestra habitación, como buenamente podamos, nuestro lugar de trabajo y estudio. Gestionaremos de nuevo la salud mental y emocional en un intrincado y desafiante escenario más solos que nunca. Con un ministro más lento que los gobiernos autonómicos o que los propios rectores… Y ya lo ha dicho Castells: no hay plan B. No habrá sido por tiempo para idearlo mientras no comparecía. Pero lo más grave no es que nos digan que no hay plan B, sino que este consista en “sobrevivir en las condiciones en que podamos”. Abrir las ventanas para sustituir la COVID-19 por una neumonía no es una solución. Necesitamos un plan B. Habrá quien simplemente no podrá sobrevivir, quien se quede por el camino o quien ya estaba sobreviviendo y ahora solo le quede malvivir en un acto de supervivencia.

Castells, Ministro de Universidades. Fuente: La Voz de Galicia

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