Opinión Política

El “no-pacto” que nos llevó a la ruina

Bien entrada la noche del 28 de abril de 2019 se terminaba el escrutinio de las elecciones generales en nuestro país. Dos partidos políticos con una ideología común en el centro del panorama político sumaban mayoría absoluta y una gran cantidad de ciudadanos, el 49,7% según La Razón, clamaban por un pacto que no hiciera repetir los comicios. Sin embargo, el acuerdo jamás se consiguió, y las llaves de Gobierno quedaron en manos de los nacionalistas ante el ascenso de la extrema derecha.

Sánchez hablando y riendo con Rivera en el Congreso. Fuente: El Mundo Today

Los leitmotiv eran la juventud y el centrismo: lo que la sociedad demandaba era la creación de una coalición socioliberal o liberal progresista de centro que diera estabilidad al país durante al menos cuatro años y excluyerá del Gobierno al independentismo de Esquerra Repubicana además de a EH Bildu, la herencia democrática de la izquierda abertzale. Sin embargo, lo que sucedió fue la repetición de una palabra que, además de las dos características del principio, compartían ambos partidos: “No es no” y “Con Rivera no”.

Todos recordamos como Pedro Sánchez se reía con su característica media sonrisa en Ferraz mientras que los afiliados del PSOE allí presentes gritaban el ya histórico: “Con Rivera no”. El entonces secretario general del Partido Socialista, y actual Presidente del Gobierno, oía las peticiones de su público como un cantante de pop escucha pedir un bis de su principal éxito al final del concierto, pero a su vez omitía la demanda popular para afirmar que su partido no vetaría a nadie (tampoco a Rivera), ni pondría cordones sanitarios, solo respetaría la constitución y avanzaría con quién fuera con una agenda progresista para el país. Algo que más tarde los mismo que gritaban esa proclama en la calle verían con buenos ojos, porque en el total de la población un 19,8%, según La Razón, se situaba en la opción de un gobierno de coalición con C’s, por encima incluso de uno con Podemos (19,1%), y solo un 13% se decantó por la opción de un Gobierno en solitario del PSOE (practicamente inviable por la falta de los votos necesarios).

Albert Rivera, mientras tanto, se congratulaba en la sede de Ciudadanos de los buenos resultados cosechados y del casi sorpasso al PP, que les dejaba cómo el tercer partido más votado en las generales. Un éxito total para aquel pequeño grupo político que en 2006 se formó a nivel autonómico con raíces de izquierdas en Barcelona, y ahora afrontaba dos caminos en lo que supondría la decisión más importante de toda su historia: Formar un gobierno de coalición con el PSOE o intentar convertirse en el primer partido de la oposición en la repetición de las elecciones.

El discurso político por aquel entonces del partido de centroderechadel partido de centroderecha fue claro: No es no. La gente votó a Ciudadanos como un alternativa joven y renovadora de la derecha, con el único objetivo de adelantar por la izquierda a un Partido Popular que aún seguía en las traicioneras arenas movedizas de la corrupción, y no el de poner al PSOE en la Moncloa. En palabras de la propia Inés Arrimadas: “Nadie nos ha votado en este país para hacer presidente a Sánchez”. Ciudadanos se mantuvo fiel a sus promesas preelectorales (algo realmente poco habitual en estos días llenos de populismo), pero no supo cambiar su discurso acorde a los pensamientos de su electorado, que pedía un pacto que descongestionara el bloqueo político. Según una encuesta de La Razón, el 74% de los votantes de C’s quería que se permitiera un gobierno del PSOE . El partido no atendió a estas peticiones de sus votantes, en un fallo imperdonable que le dejó en la más absoluta ruina en noviembre. Ciudadanos quedó como un partido no dispuesto a dialogar para conseguir pactar por el gobierno que necesitaba España en aquellos momentos, debido a sus aspiraciones utópicas e incomprensibles de capitanear la oposición al Gobierno en la derecha superando al PP. El ataque mediático y las presiones fueron constantes, los “naranjitos” quedaron como los “malos” de la película (y con razón).

Portar tus ideales como bandera, como estandarte de una ideología férrea, es buena estrategia para conseguir adeptos en política. Eso nadie se lo va a negar a los catalanes. Pero no se puede ir criticando a los socialistas por querer el diálogo con Cataluña y por preferir pactar con los nacionalistas y Podemos antes que con ellos, cuando un acuerdo de Rivera con Sánchez hubiera acabado con todo eso. Con Ciudadanos en el Gobierno seguramente habría pasado lo mismo que pasa ahora con Podemos. Los de Pablo Iglesias presionan ahora al PSOE para pactar con Bildu y los de Rivera podrían haber hecho, primero, no necesitar esos votos a Sánchez, y segundo, lograr que sus aliados de Gobierno cumplieran con sus intereses particulares en Cataluña. Después de todo, tampoco es tan independentista el PSOE.

Pedro Sánchez durante un mitin. Fuente: Diario Sur/EFE

Aparte de todo este alegato el que dejamos a la formación de Rivera a la altura del betún, cabe aclarar que todo lo que se dice en público no es la verdad absoluta. Lo que se fraguó en las oficinas y sedes fue la realidad de lo que pasó. Y eso solo lo saben los miembros de cada partido. Sánchez fue dando la imagen de estar abierto a pactar y llegar a un acuerdo (una estrategia que resultó realmente efectiva), y eso fue lo que quedó en la retina de los ciudadanos y medios de comunicación. El brazo mediático cayó sobre C’s, incluso como si el PSOE prefiriese en coalición que en solitario. Lo único que separó a ambos fue el cordón sanitario de Ciudadanos, un cordón que tampoco aceptó el PSOE de ninguna de las maneras. Algo de culpa tendrá que recaer sobre esta formación también por ello. El problema es que una vez más la opinión pública cayó sobre Ciudadanos, porque tiempo después quedó en ridículo retirando ese cordon sanitario en las comunidades autónomas a Vox y PP y no al PSOE.

El hecho de quitarle el cordón sanitario a los partidos de derecha para desbloquear la situación política en varias comunidades está bien, obviamente, pues siempre es mejor que haya un gobierno elegido que uno en funciones. Pero esto no se hizo a nivel nacional: se vio de que “pata” cojeaban Rivera y los suyos a niveles bíblicos. Y aunque Sánchez probablemente tampoco estuviera muy por la labor de pactar y para no ir a otras elecciones, pues prefirió intentar conseguir él solo la mayoría, el gran perdedor fue Rivera, que dimitió y perdió 47 escaños. Muchos de ellos fueron a parar a PP y VOX.

Un partido que se fundó en la izquierda, se estableció en el centro (aguantando reproches continuos por pactar a izquierdas y derechas, que es en lo que consiste el centro) y que acabó en la derecha seguramente por estas criticas, es el principal culpable, que no el único, de que ahora mismo el país y el gobierno esté en manos de ERC y Bildu, a los que necesita la coalición PSOE-Podemos para poder mantener a Sánchez en la Moncloa y sacar cada una de las leyes que se proponen en el Congreso adelante. Calificarlo de ruina entra en la subjetividad, pero la llave del desbloqueo político de todo nuestro país la tienen dos partidos cuyo motivo político principal es la independencia y no el bien de los españoles, sino solo el de su gente. Esas llaves hace poco las tuvo Rivera, con el “no-pacto” que, en mi opinión, nos llevó a la ruina.

Pedro Sánchez y Albert Rivera durante la firma del acuerdo entre sus partidos. Fuente: El Plural. EFE/Chema Moya

Estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la URJC. Redactor interino y Community Manager en El Señor del Balón. Colaborador ocasional sobre política y deporte en El Generacional.

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