Cultura Política

Invitadas: El Museo del Prado se tiñe de violeta

Localizado en una de las arterias del recorrido de la manifestación feminista cada 8 de marzo, el Museo del Prado parece haber comenzado a teñirse, por fin, de violeta. La exposición Invitadas aborda, desde la revisión crítica y la perspectiva de género, el rol de la mujer y la producción artística femenina durante el siglo XIX

Denostadas, despreciadas y relegadas a un papel secundario. Esa era la posición que ocupaban las mujeres en el sistema artístico español del siglo XIX. Y es esa misma la situación en la que se encuentra el cuadro que abre la exposición Invitadas del Museo del Prado: Escena de Familia, de Concepción Mejía de Salvador*. Simboliza, así, el rol que jugaron las mujeres artistas decimonónicas y la actitud de la sociedad hacia ellas. El cuadro, completamente desgastado, se enfrenta a ciertas barreras que le impiden transmitirnos la historia que nos quiere contar. Del mismo modo, las mujeres artistas (y no) también se vieron constreñidas por los obstáculos que les imponía la sociedad patriarcal y, más específicamente, el Estado español del siglo XIX.

Escena de familia, Concepción Mejía de Salvador | Fuente: Museo del Prado

Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España, abierta al público madrileño desde el lunes 6 de octubre, podría ser calificada como una de las apuestas más arriesgadas y desafiantes del Museo del Prado en los últimos años. Ya no solo por su temática inspirada en la revisión crítica y la perspectiva de género, sino también por el momento en que se ha estrenado: prevista para finales de marzo, los dirigentes del museo se vieron obligados a aplazarla hasta la llegada de una nueva normalidad no exenta de estragos para la cultura española.

La exposición nos ofrece una perspectiva crítica de la consideración de la mujer en la época decimonónica española, y en particular dentro del sistema artístico nacional. Invitadas aborda, de esta forma, dos aspectos clave:  tanto los roles de género predominantes en obras adquiridas y premiadas por el Estado español como la producción artística femenina del siglo XIX. No consiste en una exposición exclusiva de mujeres pintoras, sino en el proceso de validación de una imagen específica de la mujer y las consecuencias que esta imagen tuvo en la obra de las artistas femeninas. La exposición cubre la pasividad y actividad de la mujer decimonónica: como musas y objetos de inspiración y, por otro lado, como pintoras y sujetos intervinientes en el sistema artístico.

Quizás esta exposición sea, en cierta medida, una reconciliación con las mujeres, apartadas durante mucho tiempo de la colección expuesta del museo y confinadas en sus almacenes. Hasta hoy, solo 10 de las más de 1.000 obras expuestas fueron pintadas por mujeres. Así, solo cuatro artistas femeninas han podido ver la luz en la segunda pinacoteca más grande de Europa: Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi, Clara Peeters y Rosa Bonheur.

El hecho de que Invitadas haya podido salir adelante en uno de los museos más tradicionales de España tiene un significado que no podemos pasar por alto: los museos ya no son un espacio pasivo, sino uno dinámico, capaz de reflejar los cambios en la mentalidad de la población. Poco a poco, al igual que lo ha estado haciendo el Paseo del Prado cada 8 de marzo, el museo también ha ido tiñéndose de violeta. “Podemos considerar [la exposición] como un viaje que hace el propio Museo del Prado al epicentro de la misoginia del siglo XIX de mano de las obras que guardaba en sus almacenes como testimonio”, afirma Carlos G. Navarro, comisario de Invitadas y técnico superior del área de Pintura del siglo XIX del museo.

Pero Invitadas no es el único intento del Prado por realizar una revisión crítica sobre su propia colección. Desde 2016, el museo ha intentado incorporar nuevas perspectivas con las que analizar sus obras: ese mismo año la artista Clara Peeters rompió el techo de cristal, convirtiéndose en la primera artista del Prado en protagonizar una exposición temporal. Otro ejemplo de ello es La mirada del otro, una exposición que examinaba la representación histórica de la homosexualidad y “las identidades sexuales no normativas” con motivo del World Pride Madrid 2017. Finalmente, en enero de este año se celebró una exposición dedicada a dos mujeres: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana.

Es después de este recorrido cuando surge la exposición que hoy pueden visitar los madrileños en las salas A y B del Museo del Prado. Según los manuales del buen comportamiento en la sociedad del s. XIX, un invitado debía saber cuál era su sitio: en qué momento exacto llegar y a qué hora era preciso marcharse. Este era el papel que desempeñaban las mujeres en la disciplina artística del momento.

Perdonar nos manda Dios, Luis García Sampedro | Fuente: Museo del Prado

La primera parte de la exposición, que nos muestra la misoginia más militante del pensamiento burgués, cubre temas que van desde la invisibilización de las reinas españolas hasta el desnudo femenino, pasando por el adoctrinamiento, la prostitución y el juicio sobre la maternidad. ¿Qué hace esa mujer descuidando a sus hijos y sus tareas domésticas?

La toilette, Federico Godoy Castro | Fuente: Museo del Prado

Algunos de los cuadros expuestos nos muestran situaciones especialmente duras: mujeres que sollozan al verse obligadas a posar desnudas por necesidad económica, niñas completamente sexualizadas, el trauma ocasionado por la prostitución… “La exposición recorre argumentos que no tuvieron polémica [alguna] en el siglo XIX pero que para nosotros son obras que nos son casi imposibles de mirar fijamente”, explica Carlos G. Navarro.

Desnudo de mujer, José Jiménez Aranda | Fuente: Museo del Prado

Nos muestran, por un lado, la importancia que se le otorgaba a la pureza y virginidad de la mujer y, por otro, cómo se premiaba a aquellos que las representaban como un mero objeto sexual. Al comprar y premiar el estado este tipo de obras, se aceptaba un discurso en el que tenían más relevancia los logros formales antes que el mensaje ideológico que ofrecían sobre el cuerpo de la mujer. Otros cuadros reflejan cómo las mujeres recibían una educación distinta, estrechamente relacionada con las tareas domésticas.

Castigo, Tomás Muñoz Lucena | Fuente: Museo del Prado.

Encontramos, también, artistas masculinos que se opusieron a estos cánones, representando la misoginia de la sociedad y defendiendo la independencia de la mujer. No estuvieron exentos de castigo: algunos de ellos, como Antonio Fillol, pintaron obras que nunca les fueron pagadas debido a las polémicas que generaron.

La rebelde, Antonio Fillol Granel | Fuente: Museo del Prado.

Una vez Invitadas nos sitúa en el contexto histórico y lo que éste implicaba para las mujeres, nos dirige hacia la segunda parte del recorrido: ¿qué pudieron hacer las mujeres pintoras en esta situación? Debido en gran medida a la visión femenina que el Estado legitimaba, las artistas se vieron obligadas a dedicarse a disciplinas como la copia: lo que era el mero comienzo de la carrera de los grandes maestros era la máxima aspiración para las mujeres de esta misma profesión. Otro ámbito en el que las pintoras destacaron fueron los bodegones, los autorretratos y la fotografía (en sus inicios, cuando este campo artístico se consideraba como uno de importancia menor, se permitió una mayor participación femenina).

Copia de La Rendición de Breda, Alejandrina Gessler Shaw (conocida como Madame Anselma) | Fuente: Academia Colecciones

Casi antes de finalizar la exposición, nos encontramos con una de las obras quizás más  representativas de las artistas que se salían del rol de invitadas. Uno de los primeros desnudos pintados por una mujer, de Aurelia Navarro. Pese a la impunidad de la que gozaron los hombres al representar el desnudo femenino, Navarro recibió tal grado de presión y culpabilidad por su obra que acabó optando por terminar sus días en un convento. Nunca más volvió a pintar.

Desnudo de mujer, Aurelia Navarro | Fuente: Diputación de Granada

Invitadas consigue, así, visibilizar a las pintoras de la manera más justa posible para el papel que desempeñaron en esta época. No podríamos analizar con claridad la importancia de los bodegones de Clara Peeters sin entender antes que el Estado relegaba a las mujeres a un rol subsidiario, aceptando un discurso que tachaba a las artistas de incapaces y las postergaba a ese tipo de obras dejándolas en un segundo plano. Tras años sin ver la luz, el Prado ha decidido, por fin, desconfinarlas por unos meses.

Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre, Clara Peeters | Fuente: Museo del Prado. La autora escondió un autorretrato en este cuadro.

*Tras las evidencias presentadas por Concha Díaz Pascual, licenciada en Historia del Arte, el Museo del Prado decidió retirar este cuadro de la exposición: no se trataba de un cuadro de la artista Concepción Mejía de Salvador, sino de La marcha del soldado, cuyo verdadero autor fue Adolfo Sánchez Megías.

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