Opinión

“Festina lente”

Siempre he pensado que la naturaleza crea lugares fascinantes; espacios en los que las personas viven, y viven de verdad. No penséis en un gran bosque, no es necesario. Un par de árboles y un perímetro de hierba salpicada de flores y plantas silvestres es más que suficiente.

Los niños llegan entusiasmados, buscan a sus amigos, o cualquier persona con cara de querer ser astronauta, ¡qué maravillosa inocencia! Y ríen, saltan, juegan… Pero también lloran, se enfadan, gritan y están furiosos. Desde lejos sus familiares observan el pequeño ecosistema artificial que se forma y que, sin preguntar a nadie, se toma la libertad de ofender a la realidad, durante algunos minutos. Otros pasean, respiran, hacen deporte y piensan, serenos, qué importante es pensar.

Y es que la tranquilidad se ha vuelto un lujo en la vida cotidiana. Somos presos del ajetreo y la prisa por llegar los primeros, consumir antes que nadie, estar en mil sitios a la vez y cumplir todo en tiempo récord. Tiempo, tiempo, tiempo. La velocidad ha creado un bucle y, ahora, todo pasa por delante de nosotros en versión distorsionada.

Cerca de mi casa había un pequeño terreno destinado a la vegetación. Siempre que pasaba por ahí pensaba: “cada vez está peor cuidado”. Hasta que un día, hace poco, vi que lo estaban asfaltando y, actualmente, es un aparcamiento improvisado. La verdad es que no era gran cosa, pero creo que es un claro ejemplo de lo simples que somos. ¿Por qué nos rendimos tan rápido? Queremos solución a todo, vía fácil, y cuanto menos implicación suponga, mejor. La interacción con el mundo y con las personas se está congelando poco a poco y estamos en un punto en el que olvidamos algo tan sencillo como mirar al de enfrente y sentir.

Siempre nos han enseñado que hay que ponerse en el lugar del otro para ayudarlo y actuar de manera correcta, —quién determina esa corrección—. Ciertamente, la empatía conlleva mucho más, y es que debemos comprender e interiorizar lo que la otra persona siente, no lo que nosotros sentiríamos en su estado.

En las situaciones difíciles todos nos transformamos, nos volvemos más irrascibles; otros, habladores; algunos, callados; muchos otros, tristes, e ,incluso, enfadados. Por eso la inteligencia emocional es tan importante, aprende a conocer tus emociones y mejóralas. Pero también se empático, pero de los buenos, entiende que, realmente, no todo tiene explicación y hay que aprender a vivir con ello.

Al fin y al cabo, es obvio que últimamente todo y todos estamos cambiando, la situación no merece menos. Yo pienso, a veces, que el esfuerzo de los años se desvanece un poco más cada noche y que las personas estamos solas, que no somos más que gotas de lluvia que buscan ser únicas, pero que se funden inevitablemente en un charco los días de tormenta para no volver a aparecer. Pero luego salgo de mi habitación, de mi casa, me alejo del pueblo y ando, ando mucho hasta encontrar árboles y campos, desordenadamente perfectos, que me dicen que todo volverá al cauce correcto y que algunas cosas no cambian. Por eso, cuida lo que tienes y a los que tienes, siente más que nunca y haz lo que te llene, pero empatiza.

El Henar (Cuéllar) / Fuente: propia

Por cierto, ya que estás por la labor, cuando puedas, ve a dar un paseo por cualquier versión de la naturaleza que tengas cerca y fíjate en todas y cada una de las personas que te cruces. Simplemente, piensa y deja que te inspiren.

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