Cultura

Heridas de nuestros antepasados

¿Es la resolución violenta de los conflictos algo que todos llevamos dentro desde los tiempos del primer Homo? ¿O son los distintos contextos a lo largo de la historia los que nos han llevado a ello?

Hace 2,5 millones de años empezó lo que se conoce como Edad de Piedra, el momento en el que aparecieron nuestros primeros antepasados, el Homo Habilis y el Homo Ergaster. Estos empezaron a desarrollar por medio de la creatividad (como apunta A. Fuentes en su libro La chispa creativa, cómo la imaginación nos hizo humanos, 2018 ), útiles y comportamientos que derivaron en lo que hoy somos. Como por ejemplo las famosas herramientas de sílex, raspadores o bifaces para cortar tejidos, carne, y demás funciones. Sería interesante hablar hoy, en mi primer artículo, de cómo hemos llegado al IPhone desde unas simples lascas de piedra. Pero no es de menor interés ver cómo el Homo evolucionó a lo largo de los milenios, qué similitudes tenemos con ellos, y cuáles hemos transformado en herencias. Concretamente, el arte de la guerra.

Cráneo de Cioclovina. Fuente: PLOS

En esta imagen podemos ver el cráneo de Cioclovina, uno de los pocos restos arqueológicos que muestran indicios de una agresión interpersonal. Se ha demostrado que a este pobre sujeto le dieron muy fuerte en la cabeza con un objeto contundente, ¿pero era esto habitual por entonces? Más adelante veremos que no es así. Los primeros indicios de guerra o conflicto en tiempos de nuestros ancestros, que nos han llegado a través de la arqueología, son restos de ciudades amuralladas y fortificadas (p. ej. Jericó 7500 a. C.). Se protegían de algo, o de alguien.

Marvin Harris en su obra Caníbales y Reyes (1977) expone cuatro interpretaciones sobre la guerra: la guerra como juego, la guerra como solidaridad, la guerra como política y la guerra como naturaleza humana. Estas últimas han sido las más aceptadas a lo largo de los años, y a día de hoy, seguimos dudando de si un bombardeo en una pequeña localidad al sur de Pakistán es una cuestión geopolítica o surge, en parte, de unos impulsos primitivos. Creo que es de interés actual buscar el porqué de las guerras activas en el mundo. Yemen, Irak, Siria y Somalia por mencionar algunas de las zonas con conflictos bélicos en activo.

¿Todos nosotros tenemos un “instinto criminal” grabado en nuestro código genético? Por supuesto que no. Las teorías más brillantes han demostrado en las últimas décadas cómo el arte de la guerra tiene más raíces en las distintas culturas del planeta, que en nuestra genética. Así pues, son los intereses de ambas partes los que ponen sobre la mesa la opción de la confrontación, y parece ser que nos hemos acostumbrado a que esta sea la única. Nuestros antepasados se pensaban dos veces si matar a un individuo de otro grupo, y muchas más veces si se trataba de un compañero. Climas cambiantes, animales amenazando entre la maleza y demás peligros atentaban contra la integridad del grupo, por lo que cada par de manos era necesario para salir adelante.

Si algo debiéramos aprender de nuestros antepasados es que, lo que les permitió sobrevivir y convertirse en nosotros, es el trabajo en equipo. Tras la ya obsoleta idea de que las mujeres solo se dedicaban a cuidar de los niños (como se pueden ver aún representadas en los dioramas de algunos museos), se ha demostrado que también tenían otras tareas, como trabajar el sílex, recolectar alimentos o pintar en las paredes de las cuevas. Y cómo los hombres, representados siempre como cazadores valientes y fuertes en estas interpretaciones, cuidaban en las largas travesías de los más pequeños del grupo para liberar a las mujeres de esa carga. La cooperación reinaba frecuentemente entre los miembros de un grupo, pero en ciertas ocasiones, ocurría entre dos grupos distintos. Así pues, la caza de animales más grandes o peligrosos resultaba más sencilla cuando dos grupos se juntaban con un objetivo en común. De hecho, es gracias a este contacto entre grupos por lo que después de miles de años nació el primero de nosotros, el primer Homo sapiens sapiens. Tal vez sin esa socialización y trabajo en equipo nunca hubiésemos existido.

A lo largo de la historia, nuestra capacidad de colaboración y solidaridad no se ha perdido, pero sí se han encontrado formas más directas para atajar un problema. El arte de la guerra es nuestra creación, no es una herencia con miles de años de antigüedad, por ello debemos dar un salto de fe y descubrir nuevos caminos en el futuro. Margaret Mead dijo que la primera señal de civilización la encontramos con el descubrimiento de un fémur roto y cicatrizado. En aquellos tiempos si no recibías ayuda, una pierna rota significaba la muerte y el abandono de tu grupo. Esto nos debería hacer pensar si es más beneficioso para el ser humano la cooperación y la negociación, o bien, la resolución de conflictos por métodos violentos.

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