Actualidad Opinión

La isla, las villas y el amor (romántico)

Hace ya casi una semana desde que fue el reencuentro entre los concursantes de la isla; solos, o con las nuevas parejas. Solo una de las cinco parejas duró hasta salir fuera de la isla, y la única en prolongarse en el tiempo fue la de Patricia y Alessandro Livi. Creo no ser la única que, pese a llevar renegando de este tipo de reality desde una edad bastante temprana, se enganchó en sus dinámicas a raíz de una edición tan movida como fue esta. Las redes sociales y su constante mención nos acabó enganchando una a una, hasta el punto que me encontraba los miércoles y domingos deseando que llegasen las 22:00 para ver qué pasaría con las parejas que tenía en el punto de mira.

Pese a este enganche, tenía a Pepito Grillo detrás de la oreja de una manera casi constante: era perfectamente consciente de que estaba consumiendo un material que no me hacía feliz, que no alimentaba las concepciones de amor y relaciones por las que yo he ido luchando conforme he ido creciendo y, en cambio, reforzaba otros muchos comportamientos que he querido erradicar a lo largo de mi vida.

Creo que, a una semana del fin del programa, es un buen momento de mirarlo desde fuera y volver a establecer el punto de vista crítico que deberíamos tener hacia él. Por una parte, nos encontramos ante un programa que refuerza unos cánones estéticos bastante llamativos por regla general (y que, como siempre, se cumple con mayor fuerza en las mujeres). Por otra parte, nos encontramos ante una totalidad de parejas heterosexuales (no podía ser de otra manera: nos movemos en los términos de lo hegemónico, la pareja monógama heterosexual que aspira, a largo plazo, al compromiso y al modelo familiar tradicional). La promiscuidad o la tentación solo pueden ser aceptables desde el recato de lo normativo, jamás desde cualquier otro punto: pasaría de ser morboso a ser completamente obsceno y fuera de lugar.

La Isla de las Tentaciones también da una imagen cuanto menos curiosa de la comunicación y gestión emocional dentro de la pareja: huelga decir que todas hemos tenido una relación problemática, en la que los celos, de un lado o de otro, se manifiestan de tal manera que la pareja parece volverse imposible. En esos momentos, la clave es la comunicación, y si eso no funciona, creo que lo mejor es saltar del barco antes de que se acabe hundiendo, llevándose a las dos partes por delante.

Aquí, parece, nos muestran una tercera opción: tira de la relación todo lo posible, aunque te cueste sudor y lágrimas; vende tu intimidad, a ver si hay algo que merezca la pena salvar (o guionizar y vender, como cada uno quiera verlo); porque el amor todo lo puede y porque dejar una relación de 9 años (la lleves bien o no) es, objetivamente (no), lo peor que le puede pasar a cualquier persona.

Lo veíamos por ejemplo en Marta y Lester: 11 años de relación, con sus más y sus menos. 11 años de relación en los que parecía que lo único que tenían el uno hacia el otro era un rencor constante, pullas, dolor acumulado… y que Marta dijo no poderse creer haber roto poniéndole los cuernos a Lester con otro chico.

Si eres una persona que no se vio el programa y aun así ha acabado en este artículo, te haré un breve resumen: de manera bilateral, se veía que la relación de estos dos estaba rota casi desde el primer momento. De hecho, ella entra diciendo que sabe que se quieren mucho, pero que se quieren mal. Y a mí solo se me viene a la mente un graffiti que colgaba Brigitte Vasallo en su cuenta de Instagram hace unos días: no es tener algo serio, es tener algo sano. Por muchos años que lleves en una relación, la cantidad de tiempo no debería ser jamás lo suficientemente fuerte como para que pese sobre la calidad y sanidad que hay en ella.

Graffiti que menciono arriba │ Fuente: Brigitte Vasallo (@La_Vasallo en Instagram)

Sin embargo, no es de las cosas que me extrañó más del programa. Vemos mil casos en los que ambos lados de la pareja viven en un constante echar pestes de la otra persona frente a los posibles ligues, frente a las amigas y, no lo olvidemos, frente a toda España, y a mí solo me rondaba una pregunta por la cabeza: ¿en qué momento se estableció que romper el pacto de fidelidad, de exclusividad sexual, es peor que poner a la persona (de la que supuestamente estás enamorada) verde delante de toda España? No hablo de decir que es un poco tonta, o un poco celosa, que puede ser un comentario normal sobre tu pareja: hablo de decir explícitamente que tu intención es la ruptura con esa persona porque sabes que la relación no va a más y, aun así, decirlo antes de manera pública que a la otra parte de la relación. ¿Establecemos relaciones con gente o con imágenes e ideas que tenemos de esa persona y que, cuando no se corresponden con lo que queremos, decidimos ignorar?

Se vio en varias circunstancias cómo, ante el “mal” comportamiento de una pareja (considerar que se acercaba demasiado a uno de los solteros, por ejemplo), la otra persona reaccionaba por tres: así, podíamos ver que cuando Mayka le espetaba a Pablo sus comentarios hacia otras chicas que ella vio y le incomodaban, él respondía con un “es que fue después de que yo te viese con Óscar”. Es decir, yo tenía respeto por nuestra relación por un compromiso, si creo que ese compromiso se deteriora, me da igual, lo ignoro. Convierten el amor en un “sálvese quien pueda (o quiera)”, en un “si tú me haces esto, yo te lo voy a devolver peor y no voy a pensar en ti”. Si tú consumes, yo voy a consumir más. Consumo atención, consumo gente, porque tú también la has consumido y porque no voy a ser yo la tonta que se queda sin hacerlo, claro. Porque si tú no eres mi media naranja, no entiendo por qué debería perder en ti, cuando podría estar buscando a esa persona™.

Nos habla Brigitte Vasallo en Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (2018), de las complicadas fases que podemos encontrar dentro de las relaciones hegemónicas: esa primera fase de deseo que tanto se muestra en esta clase de programas con el enfoque a cuerpos semidesnudos, ese primer tonteo… Un deseo que tiene, muchas veces, una base social detrás: nos sentimos atraídos hacia una persona cuando esa persona ha mostrado sentirse atraída por nosotras. Un deseo que posteriormente se transforma en conquista, que llega a la pareja media hegemónica: una pareja entre un hombre y una mujer, alentado por el romanticismo, por la exageración y la hipérbole de los sentimientos (“¡queremos tener un hijo juntos!”, decían Ángel e Inma para, meses después, dejarlo. Melyssa se fue a vivir con Tom cuando llevaban escasos meses juntos —lo dejaron cuando llevaban ocho meses, para que os hagáis una idea). Y esta relación, suele acabar en ruptura: la pérdida irremediable de tu media naranja: la desaparición de la identidad que habías construido alrededor y con esa persona desaparece, dando lugar a un terreno de conflicto constante.

Se ha teorizado bastante sobre la posible guionización que hay en La Isla de las Tentaciones. Yo no lo sé, y no es algo que me coma por dentro: si eso fuera cierto, simplemente pasaría de ser un reality a una mera serie de amor romántico trágico más. Creo, sin embargo, que es bastante más desalentador para nuestras formas de concebir el amor y las relaciones pensar en la compra-venta de los procesos relacionales afectivos y sexuales tal y como se exponen en lo que se convirtió, en las últimas semanas, en el programa líder de audiencia.

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