Actualidad Política

Análisis de las elecciones de EEUU a menos de una semana

Los diferentes perfiles de los candidatos junto a la esperada alta participación y polarización marcan los comicios presidenciales y la renovación de una parte de los órganos legislativos

La campaña electoral en Estados Unidos está llegando a su fin. El 3 de noviembre, en menos de una semana, se celebran unas elecciones atípicas. Se elige indirectamente- por medio del sistema de Colegio Electoral- al presidente y al vicepresidente, además de a 34 de los 100 representantes del Senado (cámara alta del Congreso de los EE. UU.) y a la totalidad de la Cámara de Representantes (cámara baja). No es baladí: se escoge, entre otros aspectos, la presidencia del país más poderoso de la tierra, con unas atribuciones notables respecto a otras formas de gobierno. Los dos principales candidatos son Donald Trump por el Partido Republicano, el actual presidente, y Joe Biden por el Partido Demócrata, quien fue vicepresidente con Obama

Varios factores van a ser novedosos con respecto a las anteriores. Por un lado, es el proceso electoral en el que más dinero se ha invertido en la historia del país: 11.000 millones de dólares, un 40% más que en 2016. Por otro lado, se celebrarán en el contexto de la gran debacle sanitaria que vive el gigante americano por la pandemia del coronavirus, sumado al polémico nombramiento de la ultraconservadora Amy Coney Barret como magistrada del Tribunal Supremo.

Trump vs. Biden

Donald Trump es el paradigma de político populista. Según la Revista Española de Ciencia Política, “focaliza el poder en su persona y debilita las instituciones representativas”. Uno de sus objetivos es dividir y polarizar el país, buscando enemigos reales o ficticios. Su oposición frente a la apertura tanto de fronteras sociales como culturales también lo demuestra. Sus líneas maestras, “en sí suponen una reacción a la globalización, aunque formalmente asume una determinada ideología clásicaen la práctica se enmarca en una nueva dicotomía en la que el eje ideológico ya no es el de derecha e izquierda”, concluye el estudio politológico.

Los ejes sobre los que ha pivotado su campaña electoral son la seguridad ciudadana, la corrupción y el llamadoSleepy Joe, el apodo despectivo con el que Trump designa a Joe Biden. Esto último hace referencia a que el candidato demócrata, con 77 años, no goza de agilidad mental ni física y, por tanto, no está preparado para un cargo tan exigente. Esa crítica tiene su contrapartida en la edad del magnate, quien solo tiene 3 años menos. Esa estrategia mordaz bordea los límites del juego limpio en la competición electoral.

En su haber, por un lado, Trump ha cosechado algún éxito inesperado respecto a su política exterior, siempre agresiva y proteccionista. Sobre todo, en lo que respecta a sus relaciones con Corea del Norte, las cuales han calmado el tablero político con Kim Jong-un.  Por otro lado, ha tensionado la “guerra económica” con China al encabezar numerosas acciones y declaraciones, de tal forma que se ha llegado a un impasse con su principal adversario internacional. Su mayor fracaso es el trato vejatorio continuado a los aliados históricos de Estados Unidos y a varias instituciones internacionales.

Biden representa un perfil de político más al uso. En lo referente a su campaña, este ha apostado por centrarse en temas más sociales y una estrategia clásica en comparación con su rival. Uno de ellos es el movimiento “Black Lives Matter” (BLM), que defiende la igualdad en términos de raza y trato hacia el sector afroamericano. Ello ha suscitado un profundo debate en el seno de la sociedad americana, cuya chispa fue el asesinato de George Floyd por parte de la policía de Minneapolis. El abuso policial y el racismo en esta nación llevan ocurriendo muchos años y ha puesto de manifiesto la desigualdad de la comunidad negra frente a los cuerpos de seguridad. Ello ha sido motivo de disputa entre sus partidarios y los detractores en las multitudinarias manifestaciones del BLM.

Asimismo, el demócrata ha incidido en el impacto de la COVID-19. La gestión de la crisis sanitaria por parte de la Administración Trump ha sido mala y ha causado hasta ahora 227.000 fallecidos y casi 9 millones de casos. Al principio el presidente mostró una postura negacionista centrándose en culpar a China por “fabricar” el virus, lo que sigue haciendo. En cambio, Biden ha aprovechado la ocasión para criticar la gestión, en un momento en que los indicadores económicos y sanitarios son muy negativos. El efecto desgaste que puede provocar en Trump es notorio y las encuestas lo están reflejando. Además, otra columna del contenido programático de Joe – así lo apodan – es el cambio climático, un elemento que cada vez más va calando en las sociedades occidentales por la importancia de frenar el deterioro del medio ambiente, al contrario que el empresario republicano .

Los debates efectuados tampoco han dilucidado un vencedor real. El segundo y último debate presidencial fue un espectáculo mucho sosegado que el primero, el cual resultó en una suerte de “batalla campal televisiva”. El actual presidente y candidato republicano tuvo en el segundo un comportamiento más moderado, a lo que se añade una moderación mucho más efectiva por parte del periodista Kristen Welker, hizo que el diálogo entre ambos candidatos fuera menos agitado.

La participación anticipada podría favorecer a Biden

Un elemento que puede influir es que casi 70 millones de estadounidenses han votado de forma anticipada, la mitad de los que participaron en las elecciones de 2016, según los datos recopilados por U. S. Elections Project. Esa gran participación previa a los comicios se ha visto acuciada por la convulsión existente en la nación del Tío Sam, en parte por el miedo. De esos 70 millones, más de 46 han sido por correo. Al respecto se ha instalado en la opinión pública una sensación de que el sufragio por correo puede dar lugar al fraude, aunque expertos coinciden en que las posibilidades de falsearlo tanto presencialmente como por correo son mínimas.

“La principal manera de restringir el voto es hacer que sea difícil depositarlo”, sentencia Matthew Record, profesor de Ciencia Política de la Universidad Estatal de San José, California. Tradicionalmente, las votaciones son los martes – un día laborable – lo cual hace más complicado que gran cantidad de gente acuda a las urnas o pueda esperar su turno. Máxime cuando en algunos estados hay que registrarse previamente y hay menos centros de votación. Los perjudicados suelen ser la clase trabajadora, la comunidad afroamericana e hispanoamericana, más tendentes a votar demócrata que republicano por su contenido político más social e integrador. Algo de lo que Biden puede sacar rédito, puesto que habitualmente la movilización electoral suele ser baja y no supera el 60% desde los tiempos en que el republicano Richard Nixon alcanzó la Casa Blanca, allá por 1968.

A una escasa semana para los comicios, el exvicepresidente Biden supera al presidente Donald Trump por 8 puntos en la intención de voto a nivel nacional, el sondeo de Real Clear Politics. La ventaja del demócrata se mantiene constante a pesar de la enérgica vuelta de Trump a la vida pública después de recuperarse de la COVID-19. Aunque las encuestas no dejan de ser falibles demuestra una tendencia mucho más holgada que en las anteriores elecciones de 2016.

Un particular sistema electoral y el ‘gerrymandering’

Con anterioridad a que se celebren las elecciones entra en juego el gerrymandering, que no es más que la manipulación de varios distritos electorales a través de su unificación o división con el fin de obtener la victoria. Supone quebrar la imparcialidad en el sistema electoral. Surgió en 1811 y su etimología deriva de la asociación del apellido del entonces gobernador de Massachusetts, Elbridge Gerry, y de la última parte de la palabra “salamander”.  Gerry modificó el mapa electoral al unir varios distritos en uno y este quedó con una forma parecida a la de una salamandra.

Por otra parte, los comicios en EE. UU. son vía sufragio indirecto. El electorado no vota directamente por el candidato a la presidencia, sino que escoge a unos compromisarios que representan a los ciudadanos por cada estado. Estos electores son los que verdaderamente emiten los votos a favor de un candidato en nombre de los votantes. El Colegio Electoral está compuesto por 538 compromisarios, una cifra equivalente al número de representantes de la Cámara de Representantes (435), el Senado (100) y los tres delegados de Washington D. C.  

El ganador del proceso electoral es quien obtiene la mayoría absoluta del Colegio electoral (270 votos). No hay una correlación necesaria entre voto popular y el voto de los electores, tal y como sucedió en las pasadas elecciones donde Trump obtuvo menor voto de los ciudadanos – un 2% menos – que Hillary Clinton, pero por el contrario ganó los comicios por medio de la mayoría de los electores – 306 votos de los electores frente a 232.


Evolución del voto popular. | Fuente: El Periódico de Catalunya

Cada estado fija las normas que rigen el voto de los compromisarios. En 48 de los 50 estados se utiliza la lógica winner-take-all, que se basa en un sistema mayoritario en el que ganador se lo lleva todo. O lo que es lo mismo, la mayoría resultante en general se traduce exclusivamente en electores demócratas o republicanos. A excepción de Maine y Nebraska donde esto no sucede y el sistema es algo más proporcional.

También hay que tener en cuenta los estados bisagra o ‘swing states’, los cuales son determinantes para el resultado final de las elecciones. Estos no son de tradición demócrata ni republicana, sino que van variando según los comicios y se fijan como blanco para hacer campaña. Los componen Pensilvania, Iowa, Georgia, Ohio, Wisconsin, Michigan, Arizona, Carolina del Norte y Florida. Este último en especial cobra importancia por los 29 electores que aporta al total. Desde 1994, todos los candidatos que han ganado en la Florida han llegado al Despacho Oval.

Encuestas por estados en EE. UU. | Fuente: El Periódico de Catalunya

Una sociedad divida por la polarización

Al mismo compás que sucede en el mundo, en Estados Unidos existe bastante polarización. Este fenómeno lleva estando presente desde los años ochenta. Según un estudio del PEW Research Center, hay que partir de la premisa de la consistencia ideológica: cuán de “izquierdas” o de “derechas” se es aproximándose al modelo de socioliberal – la izquierda de este país, representada por los demócratas – o conservador – la derecha, representada en los republicanos – más puro. Es decir, cuando el votante “compra” todas las medidas de un paquete ideológico. Esa consistencia dogmática se ha ido instalando de forma generalizada en el electorado estadounidense, de modo que desemboca en el odio al bloque contrario.

Todo ello no significa que esos dos grandes partidos hayan extremado sus posiciones, sino que es la ciudadanía la que se encuentra crispada y las formaciones políticas han canalizado esa polarización, mayormente con objetivos electorales. Aun así, en el proceso político los políticos cada vez reflejan más la polarización. Biden y, sobre todo, Trump han incentivado el discurso político descalificador y agresivo para conseguir mayor apoyo electoral. Sus estrategias políticas no versan tanto sobre políticas concretas sino más acerca de la identidad y la propia ideología.

Asimismo, los medios de comunicación cada vez están más ideologizados y se ha demostrado que el modelo comunicativo tendencioso y sensacionalista crea mayores audiencias. Esos telespectadores ven a su vez reforzada su posición con la información que los mass media introducen en la agenda política. Esto genera lo que se denomina “efecto de las cámaras de eco”, que no necesariamente radicaliza más, pero crea mayor consistencia ideológica: las opiniones de un ciudadano terminarán siendo en definitiva puramente de “izquierdas” o de “derechas”.

En una democracia donde se favorece el bipartidismo, el legislador quiso que ambos partidos, Republicano y Demócrata, se pusieran de acuerdo y llegaran a consensos. Esa dinámica se ha dado hasta los último 15 o 20 años y es precisamente lo que no ha sucedido en los últimos tiempos. De hecho, como muestra de ello en el año 2010, bajo el mandato de Obam, el Senado aprobó la Ley de Cuidado de Salud a Bajo precio Accesible – popularmente conocida como el ‘ObamaCare’, a – con un 51% de los votos de la Cámara, de los cuales 219 eran senadores demócratas y ninguno era republicano. Lo que exclusivamente llena de contenido demócrata la política sin darle otro color ideológico que represente a la otra parte de la sociedad.

Otro ejemplo sería el conocido como “apagón de Gobierno” (‘shutdown) o, más formalmente, “cierre de la Administración”, se ocasiona cuando las cámaras legislativas no se ponen de acuerdo para aprobar los presupuestos. Durante ese periodo el Gobierno no tiene capacidad para prestar los servicios complementarios (no esenciales) y dichos servicios públicos cesan, a excepción de los que se ubican en los servicios públicos “esenciales”. En consecuencia, se produce la baja de un gran número de empleados públicos. El ‘shutdown’ más largo se ha producido bajo el Gobierno de Trump durante 35 días, aunque también en 2013 con Barack Obama se alcanzó otro que duró de 16 días.

Es evidente que quien gane la carrera hacia la Casa Blanca obtendrá una cuota de poder inmensa que le permitirá marcar el ritmo que desee en la geopolítica americana e internacional. La moderación o el extremismo, esa es la cuestión.

Estudiante de Ciencia Política + Periodismo en la URJC. Política, Opinión y Actualidad

2 comments on “Análisis de las elecciones de EEUU a menos de una semana

  1. Escoly Criado

    Miguel, Hasta hoy no he podido abrirlo Muy bueno se nota que lo trabajas mucho, Me gusta !
    Un abrazo

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  2. Escoly Criado

    Miguel,no pude abrirlo hasta hoy
    Me ha gustado,está muy bien,lo tienes muy trabajado y también las fuentes que has consultado
    Un abrazo
    Escoly
    👍👍👍

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