Opinión

La regeneración degenerada

La idea de regeneración democrática ha sido un punto clave en los programas políticos de los partidos surgidos en el S.XXI. Primero con el nacimiento de UPyD en 2007 y, sobre todo, con la llegada de Unidas Podemos y Ciudadanos, la idea de renovar el sistema político español ha sido imprescindible en los eternos e ilegibles programas electorales de todos los partidos políticos.

Pero ¿qué entendemos por regenerar? Según la RAE, el verbo regenerar tiene varias acepciones. La primera definición es “dar nuevo ser a algo que degeneró, restablecerlo o mejorarlo”; después, podría definirse como “hacer que alguien abandone una conducta o unos hábitos reprobables para llevar una vida moral y físicamente ordenada” y, finalmente, también podría ser usada en los términos de “someter las materias desechadas a determinados tratamientos para su reutilización”.

Y es que era evidente que el paciente necesitaba un auxilio. Nadie podía discutir que era necesario romper con el bipartidismo que tantos años ha gobernado España, o siendo más técnicos, dar un nuevo aire a un Congreso de los Diputados anticuado y degenerado. La aparición de una nueva generación de políticos parecía ser la solución. Gente joven, con nuevas ideas, nuevas ilusiones y dando la posibilidad a los españoles de tener una baraja más grande para elegir a sus representantes. Todo parecía muy bonito, pero nada más lejos de la realidad.

Podríamos remontarnos más atrás, pero solamente los hechos sucedidos durante los últimos meses sirven para constatar lo que representa esta “nueva generación” de representantes políticos. Unos líderes más partidistas que sus simpatizantes, con más intereses electorales que sus propios diputados y con más egocentrismo personal que los famosos en los reality shows de la televisión.

¿Esta es la tan esperada y reclamada regeneración democrática? Porque hubo una época, no tan lejana como algunos se puedan imaginar, en la que un tal Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista de España durante toda la dictadura franquista, decidía, en contra de los intereses de su partido y en contra de los principios morales que había estado defendiendo hasta la extenuación en el exilio, renunciar a la bandera republicana para que en España pudiera nacer una democracia sin enfrentamientos ni violencia ¿Sería esto imaginable hoy en día? Realmente me lo pregunto.

Fuente: La Vanguardia

Este es tan solo un ejemplo de centenares de políticos que en su día lograron entender que había cosas más importantes que unos miles de votos más en unas elecciones generales. Hombres y mujeres que dejaban a un lado el populismo, la demagogia, los intereses partidistas y personales, para intentar que los ciudadanos pudieran vivir un poco mejor. En definitiva, personas de Estado. Este sí que es un concepto revolucionario.

Por eso, gran parte de esa generación de políticos vislumbran con una mezcla de asombro e indignación lo que sucede cada día en el Congreso de los Diputados. Lo que antes eran debates con argumentos políticos coherentes, con políticos comprometidos y de vocación, ahora se han convertido en espectáculos televisivos donde solo importan los zascas, los insultos, los titulares, las tendencias de twitter y salir en el telediario de las nueve de la noche.

¿Realmente hemos “dado un nuevo ser a algo que degeneró”? Qué lástima, pero como decía aquel: disfruten lo votado.

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