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Quien va de fuego en fuego, muere de frío

Exprimir el lenguaje al máximo. Hacerlo breve en vocablos, pero amplio en cavilaciones. Desollar la soledad átomo a átomo. Convertir las palabras en seres llenos de identidades abstractas que deambulan entre el amor y la muerte. El peso de la nostalgia, las toneladas de tiempo que sostenemos con el paso de los años y de los daños. Antonio Porchia no solamente se centraliza en el lenguaje, sino también en su preocupación. Cuándo y qué decir, pero, sobre todo, cómo decirlo porque…

“Cuando digo lo que digo es porque me ha vencido lo que digo”.

Escribir duele: ¿acaso no somos trozos de carne y hueso presas del dolor? Porchia conoce a la perfección las dimensiones de la tristeza. Somos vulnerables, pero la escritura hace de tirita cuando estamos cayendo en el abismo, si no preguntádselo a Cioran que con 22 años desglosó mejor que yo —y que vosotros—, Las cimas de la desesperación. Estamos hechos para el suplicio, para sufrir y que todos nuestros pensamientos nos destruyan por dentro sin que nadie nos salve. Estar en una aflicción es la mejor forma de sentirse vivo y saber que sientes. Que sientes y que adoleces de verdad porque…

“Sí, sufro siempre, pero solo en algunos momentos, porque solo en algunos momentos pienso que sufro siempre”.

Porchia sabe de mismidad, aunque eso no quiere decir que transmute en otros. Alejarse de su ser, metamorfosear en ti o en mí con sus palabras, es una forma de revelarse. Se vuelve invisible y adquiere un esquema formal de aforista reflexivo, moral. Nunca antes nadie nos había puesto la brevedad en los labios de una forma tan palpable como lo ha hecho este autor. Sin embargo, da igual. Da igual si no comprendes las Voces de Porchia. Si total…  

“Sabes tanto de mí y no me comprendes. Saber no es comprender. Podríamos saberlo todo y no comprender nada”.

Desaparecer del tiempo. Desconocer y desconocerse en una eclíptica sin espacio. Perder los puntos cardinales del ser, si es que los tiene. Convertir el lenguaje en una paradoja. Contradictorio como una pintura pesimista del Bosco, pero con colores alegres. Estar a la vez en todos los vértices del tempo. Nacer para vivir muriendo. Vivir para morir naciendo. Saber que estás, pero… ¿DÓNDE?

“Estoy en el ayer, en el hoy. ¿Y en el mañana? En el mañana estuve”.

El autor italo-argentino también brinda un culto al amor. Le da voz a la palabra “amor”, donde el eco de las Voces provoca resonancias de recuerdos pretéritos, vivencias despellejadas que nos hacen arder en el más postrero de los vacíos. Amar es encontrar la unicidad en otro ser. Dejar que esa unicidad sea libre, ya que la libertad se desvincularía de la mismísima unicidad si nos apropiamos de ella. Porchia, al igual que otros escritores de la historia, alza la bandera amorosa gracias al poder de sus pensamientos y aforiza…

*

“Te quiero como eres, pero no me digas cómo eres”.

*

“El amor nace de dos amores y muere en uno”.

*

“Estar en compañía no es estar con alguien, sino estar en alguien”.

Y si se trata de estar en alguien, este autor ha estado en boca de la crítica literaria desde que descubrimos sus Voces. Juarroz escribe: «No recuerdo otro ser a la vez tan sencillo y tan pulcro. La poesía de Porchia, como toda gran poesía, lejos de responder, nos instala en otra dimensión de ser». André Breton: «El pensamiento más dúctil de expresión española es, para mí, el de Antonio Porchia». Francisco José Cruz, el prologuista de la edición de esta obra, señala que podríamos situar a Porchia en una corriente esencial de pensamiento en la que el aforismo se confunde con el poema. Por otra parte, destaca el vínculo de este vate con Heráclito y su contradicción, Nietzsche o Canetti, este último por su realidad flexible e inquietante. En definitiva, José Cruz apoyándose en el gran Octavio Paz, cierra su inefable prólogo afirmando que Porchia es «una figura capital de la literatura hispanoamericana. Capital por su marginalidad».

“He sido para mí, discípulo y maestro.

Y he sido un buen discípulo, pero un mal maestro”.

Desde mi punto de vista, considero que es necesario que alcemos nuestras Voces interiores. La poesía, el aforismo, la concisión de lo profundo son mecanismos muy presentes a lo largo de la obra de Antonio Porchia. Metaforizar las emociones de las personas, poseer la capacidad de hacer sentir es un don que solo unos cuantos poseen. El amor no es más que un trozo de poesía entre los billones de temas que han reventado la literatura universal. Todos tenemos Voces. Somos Voces. Somos un trozo de voz esperando a ser oído. Un trozo de voz que se va difuminando lábilmente con el transcurso de la vida. Hay Voces más apagadas que otras, pero incluso lo más lúgubre posee partículas de luminosidad. Y si tú aún no has encontrado tus Voces: lee a Porchia. Escucha las de él y luego persigue las tuyas. Hay Voces tan profundas que precisan ser buscadas. Hay dolores tan recónditos que solo puede subsanar la brevedad de la palabra.

Amigo mío, lee a Porchia.

SOBRE EL AUTOR

De origen italo-argentino Antonio Porchia nació el 13 de noviembre de 1885 en un pueblo llamado Conflenti (Catanzaro), en la Calabria italiana. Falleció el 9 de noviembre de 1968. Emigró a Argentina en 1906 y trabajaría en distintos oficios manuales durante un largo tiempo. Las primeras Voces aparecen allá por 1939, en un periódico de izquierda llamado La Fragua. En un principio no tenía pensado publicarlas en libros. No obstante, miembros de la Asociación de Arte y Letras instan al poeta a publicarlas en un libro. La primera edición de Voces aparece en 1943, seguida por un ejemplar más completo en 1948. La difusión es lenta, pero terminará consiguiendo un gran reconocimiento internacional. Voces será laureada por autores como Henry Miller, Jorge Luis Borges, Pizarnik, Fernando Savater, entre otros.

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