Opinión

Coronavirus o la oportunidad perdida de Europa

A mediados de noviembre de 2020, nos retrotraemos a principios de año. Acaba de hacerse pública la presencia de un virus en China. Nadie sabe su procedencia ni puede imaginarse cuan letal puede ser. Al menos no en ese momento.

Mientras tanto, se empezaron a ver los efectos del virus en una China que empezaba a acumular muertos y a confinar a sus ciudadanos. En Europa, esta situación se vio al principio con un poco de confusión y, más adelante, incluso con algo de regocijo. Parecía que este al fin era el justo castigo para el gobierno chino, ya sea por su ocupación de Hong Kong; por su represión de las minorías musulmanas; por sus agresivas políticas económicas, o por constituir una de las dictaduras que aun dominan este siglo XXI. Todo aquello que el mundo occidental conoce, pero no condena a día de hoy. Sea lo que fuere, desde la distancia observamos estos acontecimientos con cierto relajo. Debió de olvidársenos que, en esta era globalizada, miles de casos pueden exportarse en menos de 24 horas. Pero eso sería un problema para otro día.

Finalmente, el coronavirus llegó a Italia, y Europa se encontró con un problema. No sabía cómo de rápido se podía propagar ni que medidas específicas tomar. De modo que en cuestión de semanas prácticamente todo el continente entró en una cuarentena que duró tres meses.

92 días durante los cuales no se adoptaron medidas eficaces a nivel comunitario. No se hicieron comunicados conjuntos, avalados por expertos de todos los países que explicaran que se debía hacer y cómo. No se unificaron medidas o criterios de contención, administración, seguimiento o localización. Ningún miembro se alzó como líder en la peor crisis que ha azotado el mundo desde 2008. Cada país fue dejado a su suerte para hacer lo que considerase oportuno y encomendarse a su Dios. No se mostró Unión.

Lo que si se hizo fue crear un zafarrancho de pretensiones y recriminaciones una vez los Estados se pusieron de acuerdo para crear un fondo de recuperación que permitiera recomponer unas economías que se habían hundido. Unos países pedían limosna, y otros les culpaban de ser un lastre para la Comunidad Europea. Aun cuando se acercaba el otoño, con el miedo a un segundo brote planeando sobre nuestras cabezas, los países continuaban zancadilleándose unos a otros, ya fuera emitiendo informes de peligrosidad o recomendando a la ciudadanía no visitar ciertos lugares. Europa resemblaba un mapa rasgado en el que en ciertos lugares imperaba la precaución y la austeridad, y en otros la calma y la displicencia hacia el vecino. Se había producido una división entre “nosotros y ellos”.

Todo esto ya se había desplegado como una alfombra vieja, llenando la sala de un polvo de suspicacia y resentimiento, cuando el Reino Unido decidió en junio que el 31 de diciembre de 2020 sería la fecha clave que decidiría el fin de la negociación con la Unión Europea sobre su definitiva salida de esta.

Esta fue la oportunidad perdida de Europa. Ya perdió una cuando hace cuatro años falló a la hora de hacer ver al pueblo británico que la Unión era su más firme aliada y bastión de refugio, en lugar de un vampiro chupasangre que drenaba su independencia política y económica. Pero esta vez, ha perdido una oportunidad de hacérselo ver tanto al Reino Unido, como al mundo.

Cuando Europa pasa por su peor crisis institucional, en la que un miembro clave decide marcharse, tachando a la Unión de inútil e intervencionista, denigrando sus instituciones, y su propia razón de ser, mientras que la extrema derecha aumenta en votos país por país, y su credibilidad en el paradigma internacional, junto a la de la OTAN y los Estados Unidos, comienza a desmoronarse, en ese momento, Europa debió mostrar fortaleza.

Europa debió demostrar que la idea de que los europeos pueden convivir en paz y trabajar juntos sigue estando igual de viva que en 1951, cuando se creó la CECA. Europa debió demostrar que es capaz de organizarse, de juntar a sus poblaciones y gobiernos y de actuar como una masa uniforme, que ya no diferenciaba entre fronteras o PIB. Que ya no se sumaba a los prejuicios de que los sureños son vagos y los norteños huraños. Europa debió demostrarse a sí misma y al mundo que su razón de ser sigue intacta. Que no es tan solo una Unión económica y aduanera, sino una unión social e ideológica cuyo deber es el de promover las ideas de libertad y fraternidad entre europeos, y entre todas las personas, al más puro estilo francés. Europa debió demostrar al mundo que su credibilidad y capacidad de actuación como un solo ente sigue intacta. Europa debió demostrar a Reino Unido que su decisión de marcharse fue de todo menos acertada. Y por encima de todo, Europa debió demostrarse a sí misma que su causa no está perdida y que, por mucho que unos puedan aludir a su claro desvirtúo, no está dispuesta a volver al statu quo de los años 30.

En una era en la que el populismo marcha rampante por los gobiernos más poderosos del mundo. En la que las poblaciones están confundidas, consumiendo un torrente de información incesante y ambiguo que no despeja sus dudas ni calma sus nervios. En la que las libertades públicas y civiles son atacadas con progresiva frecuencia. En la que los déspotas ven su poder reforzado con cada acción intolerable que llevan a cabo. En una época en la que los valores democráticos se ven puestos cada vez más en entredicho, la Unión Europea debió demostrar que aún sigue siendo un faro de libertad, progreso y unión, al que otros países, y más importante, las generaciones futuras, pueden mirar con esperanza y admiración.

Europa debió hacer tantísimas cosas y, sin embargo, poco o nada hizo. En lugar de posicionarse como una referencia mundial en la lucha contra el coronavirus. En lugar de llegar a un consenso que le permitiera actuar con agilidad y decisión para afrontar lo que se venía. En lugar de dejar de lado riñas entre Estados y favorecer la cooperación. En lugar de hacer todo eso, Europa se acurrucó en una esquina, temblando, esperando a que amainara la tormenta, mientras otros sí que decidieron dar señales de fuerza y convicción de que esta era y es una crisis que se puede superar con sacrificios y determinación. Marzo ya no parece tan distante, la segunda ola ya ha llegado con una Unión Europea confusa, cuyos países ya han adoptado medidas de contención y confinamiento a trompicones, con las tasas de muertos subiendo día a día y sin demasiada idea de si la situación evolucionará de forma favorable de cara a las Navidades, las cuales ya se ha dicho que son indispensables para evitar el colapso económico en muchas zonas. Estamos de vuelta en nuestras rodillas, rezando para que un milagro nos salve (¿Será Pfizer ese milagro?). Y a falta de milagros, siempre podemos debatir eternamente en los congresos sobre la disyuntiva de sí es mejor qué nuestras poblaciones, ahora anestesiadas con ERTES e ingresos mínimos vitales, mueran o de hambre o de coronavirus.

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