Manuel Azaña: Érase una vez un Presidente

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80 años han tenido que pasar para que Manuel Azaña, antiguo presidente de la República española, recibiese un homenaje público en España. Pese a que algunos todavía, bajo la fría mirada de quien sigue resentido por haber perdido frente a la democracia y se niega a aceptar que se homenajee a un presidente electo; el gobierno actual por fin ha dignado a Azaña con el afecto que el estado español le debía. Hoy, desde la sección de Memoria Histórica hemos decidido escribir esta pieza sobre la vida, muerte, obra y presente de una de las víctimas políticas de la Guerra Civil y sus consecuencias.

Alcalá de Henares, de Azaña y Cervantes

Por Alejandro Hortal Jiménez

Él nunca lo supo, pero seguramente el joven Manuel, fan incansable de la obra de Cervantes, se habría alegrado de saber que nació en la misma calle y a escasos metros de donde lo hizo su ídolo. Una casa que, por desgracia para quien fue Presidente de la República, se transformó al poco de su exilio en una sede de Falange, donde las señoras de bien rezaban bajo una imagen del ideólogo del movimiento, José Antonio Primo de Rivera. Durante los siguientes 40 años nadie reconoció aquel lugar, hasta que en 1980, entrada la democracia, el ayuntamiento de Carlos Valenzuela conmemoró el lugar con una placa que señala aquella casa como lo que es: un recuerdo histórico de la memoria de Alcalá.

La relación de Azaña con su cuna fue, no obstante, ciertamente convulsa. Si bien nunca renegó de ella, en una de sus visitas a la ciudad, un mes antes de la proclamación de la República, Azaña admitía lo siguiente: “He comprobado una vez más que vuelvo siempre de Alcalá con los humores revueltos, sobre todo si me asomo a la casa triste”. La casa triste, como él la llamaba, no era otra que ese hogar donde creció, y que, por desgracia, prontamente se convirtió en el lugar que arrancaría a Azaña la felicidad con Alcalá. Para el futuro presidente, la casa sería el lugar donde perdió a padre en su décimo cumpleaños, pero también a su madre, abuelo y hermano.

Alcalá debe mucho a la tradición política en la familia Azaña. Su bisabuelo, Esteban, proclamaría la 1812 la Constitución en Alcalá, y tendría un papel político importante en el Ayuntamiento durante el Trienio Liberal (1820-1823). Su hijo, Gregorio, abuelo de Manuel, participaría en la Gloriosa; pero también sería uno de los fundadores de los estatutos de la Sociedad de Condueños de la Universidad de Alcalá, que él mismo redactaría. Esta organización sin ánimo de lucro se ocuparía de proteger el patrimonio artístico de la Universidad, una vez este iba a ser subastado: hoy en día es una de las razones por las que Alcalá siga luciendo tan bella como entonces. Por último, el padre de Manuel se convertiría desde muy joven en concejal del Ayuntamiento de Alcalá. Desde ahí, promovería una renovación de la ciudad, y sería el artífice de que la ciudad ganase su mayor símbolo: la estatua de Cervantes que preside el centro de la Alcalá. Quién les diría a estos ilustres hombres que, unos años más tarde, Alcalá de Henares se quedaría pequeña para un Azaña, que pasaría a convertirse en la figura más emblemática de la II República Española.

Escritor y periodista

Por Silvia Serrano

Manuel Azaña y Niceto Alcalá-Zamora visitando la primera edición de la Feria del Libro.

Además de un gran político y orador, Manuel Azaña fue también escritor y periodista. Formó parte del Ateneo de Madrid entre 1913 y 1920, del que sería presidente. Durante la Primera Guerra Mundial, trabajó como corresponsal de guerra en el frente aliado. Entre los años 1920 y 1924 fue director de las revistas La Pluma y España y colaboró en los diarios El Imparcial y El Sol.

En el ámbito literario, Azaña perteneció a la Generación del 14 (o Novecentismo), aquella en la que sus miembros solían elegir como vehículo principal de expresión y comunicación el ensayo y el artículo periodístico. A esta generación pertenecieron también Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala o Gregorio Marañón, entre otros.

Manuel Azaña destacó por su obra La velada en Benicarló, un resumen de su pensamiento político y una reflexión de la Guerra Civil Española. Otra de sus obras más importantes son los Diarios de Azaña, cuadernos privados que escribió a lo largo de casi 30 años (de 1911 a 1939). En ellos, se recoge información de primera mano sobre la política española en tiempos de Alfonso XIII, Primo de Rivera, Segunda República y Guerra Civil. Estos diarios son también conocidos como «cuadernos robados», ya que fueron entregados a Franco y permanecieron escondidos durante 60 años.

Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1926 por su obra Vida de Juan Valera. También publicó otras obras, como La invención del Quijote y otros ensayos (1934), Mi rebelión en Barcelona (1934) y unas Memorias políticas y de guerra que se publicaron de manera póstuma en 1978 en dos volúmenes. Fue autor de novelas como El jardín de los frailes (1927) y la inacabada obra Fresdeval, que inició en 1931, pero que se fue viendo interrumpida tanto por su presidencia del Gobierno, como por el estallido de la Guerra Civil y por su exilio a Francia. Además Azaña escribió alguna que otra obra de teatro, como La Corona (1930).

Exilio y muerte de Presidente y República

Por Álvaro Serrano Díaz

Mitin multitudinario de Manuel Azaña

De Azaña podemos destacar que era un gran intelectual y que su amplia formación le capacitaba para ser uno de los políticos más brillantes de la época. De hecho, en noviembre de 1935 dio uno de los mítines más multitudinarios de la historia de España, al que acudieron más de 150.000 personas. Cuenta Henry Buckley en su libro “Vida y Muerte de la República Española” que Azaña tenía un gran porvenir político, pero eso no le fue suficiente, tenía que vencerse a sí mismo, y a sus propios prejuicios para estar a la altura y convertirse en el líder que España necesitaba en ese momento. Él no quería arrastrar a una multitud para luego no tener nada nuevo que ofrecerles, y eso lastró toda su carrera política.

«Se me romperá el corazón y nadie sabrá nunca cuánto sufrí por la libertad de España».

Manuel Azaña Díaz. (1880-1940)

Centrándonos ya en su exilio, Manuel Azaña, presidente de la Segunda República Española, cruzó la frontera francesa en febrero de 1939. Tras la caída de Cataluña en manos de los sublevados, Azaña creía que alargar más la guerra no tenía sentido, por lo que decidió marcharse de España y, un mes más tarde, dimitir como presidente de la República. Se aisló de todo lo político y se centró en su labor como intelectual, escribía libros y colaboró para algunas revistas. Meses más tarde, y una vez asentada en España la dictadura del general Francisco Franco, el embajador de España en Francia, José Félix de Lequerica aplicó a Azaña la Ley de 9 de febrero de 1939 de Responsabilidades Políticas, por la que el bando sublevado ejercería una gran represión contra todos aquellos que, de un modo u otro, colaboraron con la república. Para Azaña esto suponía entre otras cosas el embargo de todos sus bienes. Ya en enero de 1940 se contagió de la gripe, y entre las diferentes pruebas a las que se sometió, los médicos le detectaron una congestión pulmonar que le acompañaría el resto de su vida.

Sus últimos meses de vida fueron de todo menos tranquilos. Mientras su estado de salud empeoraba, la GESTAPO y las policías española y francesa le buscaban, e incluso sufrió intentos de asesinato. Estos hechos llevaron a que México, en una firme defensa de la república, intentara por todos los medios proteger a Azaña, le ofrecieron asilo en un hotel de Montauban (ciudad al suroeste de Francia) bajo vigilancia mexicana las 24 horas del día. Azaña estuvo allí desde el 15 de septiembre de 1940 hasta su fallecimiento, por un infarto cerebral, el 3 de noviembre de ese mismo año. El entierro se produjo el 5 de noviembre, y con miedo de que este se convirtiera en un acto político, las autoridades francesas prohibieron que la bandera republicana cubriera su féretro; en su lugar fue la bandera de México la que lo cubrió.

80 años después de su fallecimiento, Azaña recibirá un homenaje público a través de una exposición que comenzará en la Biblioteca Nacional el día 18 de diciembre, y se alargará hasta abril de 2021. Esta exposición llevará el título de: “Azaña: Intelectual y estadista” y cuenta con más de 400 documentos y piezas audiovisuales que han marcado la historia más reciente de España.

Azaña, cuatro días de julio: El último Presidente de la República

Por Beatriz Mata Escaño

Jordi Dauder como Manuel Azaña. Fotograma del documental Azaña, cuatro días de julio.

Azaña, cuatro días de julio es un recorrido audiovisual por el final de la II República a través de los ojos de su último presidente, Manuel Azaña. Este film, dirigido por Santiago San Miguel, es una original propuesta que mezcla el cine y el documental y nos acerca a la figura de Azaña, un hombre muy nombrado, pero muy poco conocido.

La película se estructura en diversas partes que mezclan el inicio de las revueltas que desembocaron el la Guerra Civil, el exilio en Francia de Azaña y los primeros años de la República, cuando él fue Presidente del Gobierno y Ministro de Guerra. Durante todo el recorrido un narrador nos acompaña aportándonos información, presentándonos a personajes como Largo Caballero o Antoñito (fiel ayudante de Azaña) y compartiendo reflexiones con nosotros.

Azaña se estructura en varios capítulos que se nos introducen gracias a un cartel que aparece en pantalla (“Fracaso”, “Caída”, “Ascenso”, “Despedida”…). Son de duración variable, algunos ocupan a penas unos minutos mientras que otros llegan al cuarto de hora, lo que da cierto dinamismo a la película. Si ya de por sí la estructura de Azaña es original, algo que le da un plus es que a lo largo del film se incluyen dos capítulos en los que algunos de los actores debaten sobre sus personajes, la actuación de Azaña, el final de la República, por qué triunfo Franco… Estas conversaciones se graban en unas cafeterías, en plano secuencia y de una forma muy natural. A parte de estos pequeños debates o tertulias, se incluyen algunos fragmentos a cámara del actor, Jordi Dauder, que interpreta a Manuel Azaña, que nos habla de su personaje y nos lee su testamento.

Este film no le tiene miedo al silencio, sino que lo usa como herramienta para que el espectador reflexiona e interiorice todo lo que se está viendo y así empatice con Azaña. De hecho, solo hay un capítulo que lleve música de fondo entero y es el de la “Despedida” en el que se nos muestra la tumba de Azaña y a Antoñito frente a ella. Esta escena se acompañan de una melodía sentimental y nostálgica. Mientras, el narrador nos dice que, aunque a lo mejor Azaña no estuvo a la altura de lo que historia esperaba de él, pues no era un hombre de guerra, sus palabras e ideales sí merecen ser recordados.

Si hubiese que señalar algún defecto de esta película diría que me falta una escena fundamental. No vemos el momento en el que Azaña, todavía siendo Presidente de la República decide abandonar su país para exiliarse en Francia. Si durante todo el film se nos cuenta que él era un hombre de ideass firmes, creo que sería muy interesante ver ese momento en el que ya definitivamente renuncia a la República y huye.

Azaña, cuatro días de julio es una película muy recomendable para todo aquel interesado en la historia. Es una forma novedosa de acercarnos a la persona de Manuel Azaña y mostrarnos que aunque sus palabras eran potentes y sus ideales firmes, sus actos desembocaron en el fin de la República y el comienzo de la Guerra Civil. De hecho, como el mismo dijo en 1931 “si la República Española se hunde, nuestra será la culpa”.

El presente del Presidente

Por Gema Vaquero

Pedro Sánchez rinde homenaje a Azaña en el cementerio de Montauban. ERIC CABANIS AFP

La muerte de Azaña es un momento clave en la historia de España. Tras el golpe militar en el 1936, Manuel Azaña es investido como el segundo y último presidente de la II República española. Después de 3 años y una larga lista de reformas sociales, en febrero de 1939, el presidente, exiliado en Francia, renuncia a su cargo por una enfermedad cardíaca llamada «corazón de vaca». Cuentan sus allegados que, cuando se enteró de su enfermedad, el médico dictaminó que “tenía el corazón roto” por los acontecimientos que estaban sucediendo en su país y la continua persecución que sufría desde el final de la Guerra Civil.

Después de que la situación se agravara, y, aun sabiendo que no le quedaba mucho tiempo de vida, trata de huir de los alemanes, de la Gestapo y de la policía franquista. Terminó trasladándose a Montauban hasta que, en noviembre de 1940, un coma provocaría su muerte en un hotel de esta ciudad francesa. Sus restos siguen en este cementerio; sin embargo, el bando franquista no permitió que los ciudadanos españoles conmemoraran todo lo que Azaña había hecho por ellos. Ningún político jamás visitó desde entonces su tumba. Esto cambia este año, cuando Pedro Sánchez decide hacerlo para honrarle como Jefe de Estado de la manera que durante la dictadura franquista no se pudo.

Además, el Gobierno ha decidido realizarle un homenaje público mediante una exposición en la Biblioteca Nacional de España  por el 80° aniversario de su fallecimiento. Todo esto se realizará como símbolo de la lucha por la libertad y para volver a traernos toda su historia a la memoria, y no acabarla con una mera tumba fuera del país y un busto con su rostro en medio de una rotonda. La recopilación que homenajea a Azaña se podrá visitar bajo el nombre de Azaña: intelectual y estadista desde el 17 de diciembre hasta abril de 2021 e incluye 400 piezas donde se encuentran documentos, cartas, fotos y vídeos que cuentan la historia de esta gran figura histórica. La historia que él no pudo contar. 

1 Comentario

  1. Azaña, ese gran desconocido. Bravo por la iniciativa y este artículo que nos abre las ganas de conocer más

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