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Un día de invierno

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Mi corazón estaba lleno de escarcha y el clima de la ciudad parecía ir al ritmo de mis latidos. Caía una nieve espesa y atenuante que cubría los tejados y los coches. Yo, desolado por los fantasmas que invadían mi habitación, lo único que podía hacer era contemplar aquel misterioso paisaje que tan familiar me resultaba. Una pareja que vivía en el piso de abajo discutía acalorada y arduamente, así que decidí poner música de piano para seguir observando ese cuadro atemporal sin interrupciones. Hoy, desde luego, no podría seguir escribiendo la novela en la que llevaba meses enfrascado.  —Hoy no era el día— me dije a mí mismo. Y seguí y seguí pasando las horas mirando el desolador paisaje blanquecino que tanto se asemeja a mi habitáculo interior. Pensé en mi infancia, en conflictos del pasado, en fracasos y victorias; acordándome más de los primeros que de los segundos. También me acordé de antiguos amigos que ya no formaban parte de mi solitaria vida. Muchas de esas pérdidas fueron por discusiones, enfados, celos, traiciones, envidias; pero, por alguna extraña razón solamente podía recordar los buenos momentos que pasé junto a ellos. Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro, pero no me percaté de ello y seguí ensimismado en mis pensamientos y en la forma en la que el viento agitaba y revoloteaba la nieve. Las horas seguían pasando y el sol no asomaba; si hubiera mirado las noticias me habría enterado de que la borrasca seguiría un par de días más. Daba igual, todo eso daba igual, yo estaba ahí y punto, ahí debía esperar como un buen francotirador paciente y calmado. El atardecer me pilló por sorpresa cuando miré el reloj y vi todo el tiempo que llevaba pegado a la ventana. El cielo pasó de un tono grisáceo a un color ocre púrpura y el viento se volvía más y más violento. Con las primeras farolas encendidas vinieron a mi memoria las primeras aventuras que me introdujeron en eso que llaman amor. Desde el primero hasta el último. De ese primer amor que empieza dulce y acaramelado y acaba en furia y depresión; hasta ese que comienza de casualidad: un encuentro fortuito en una librería; un café en la universidad; una llamada equivocada; una amistad inesperada. Reviví esos momentos con una precisión y una lucidez que no recordaba propias y, cuando me quise dar cuenta, una lágrima me resbaló por la mejilla. Y así fueron viniendo una tras otra hasta que rompí en llanto; un llanto colérico, lleno de promesas rotas y de caricias que no volverían. Ya ninguna luz atravesaba el cristal del escritorio, sumido en la penumbra me enjugué las lágrimas con la manga de la camisa y encendí la lámpara de la mesilla. El cielo nocturno no presentaba ni luna ni estrellas y la tristeza me embargó por segunda vez. Otro día más, pensé. A fin de cuentas, la vida era como aquella ventisca, millones de granos de nieve simulaban la vida humana, y la corriente que los movía se asemejaba a los sentimientos; a veces tan arriba y otras tan abajo. En ocasiones nos encontramos sepultados bajo una gran capa de nieve en la que nos cuesta respirar y amar y ser amados; pero, cuando nos inunda una alegría y una curiosidad que creíamos perdida, es decir, cuando el gran astro solar derrite la nieve que nos mantiene presos; la sensación que libera nuestra alma de ese yugo es indescriptible, inefable. Al fin y al cabo, nos guste o no, la vida ahí sigue, como ese enemigo incansable al que nunca podremos derrotar y, esperanzados, en que nunca nos derrote él a nosotros, seguimos viviendo. Vivimos con la esperanza de que el frío pase, de que vengan tiempos mejores que nos liberen las ataduras y las cadenas del corazón. Profundizando en este revoltijo de ideas, metido en la cama, me llegó el sueño. Soñé con un paisaje helado en la montaña, los niños jugaban con la nieve y las parejas jóvenes iban cogidas de la mano buscando un sitio seguro dónde consumar su amor. Y yo… yo era feliz, embriagado en ese paisaje idílico y acogedor que muestran los sueños, hasta que por fin me perdí entre las sonrisas y las miradas de la gente; y pude decir, que después de tanto tiempo, me sentía querido y amado; amado de verdad. Y en la soledad de mi cama, hablando en sueños, pronuncié unas palabras que creía que habían perdido su significado y el sentimiento que las acompaña—: Te quiero…

Por: Diego Álvarez Valero

 

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