La resurrección japonesa: las dos caras de la reconstrucción de un país en ruinas

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Japón, vapuleado por sus enemigos, consiguió salir adelante y convertirse en la tercera potencia mundial

Japón es uno de los países más populares del mundo, tanto para viajar como para investigar acerca de él. Se trata de un país milenario, con una cultura tan rica que se han escrito cientos de novelas y ensayos sobre ella. Su larga historia está llena de sucesos contradictorios, de ideologías, doctrinas y discursos que gobernaron el país para después ser derrotados y sustituidos por otros completamente distintos. Esta retahíla de conflictos ha desembocado en el país que hoy es Japón.

Esta nación es radicalmente diferente que antaño. En primer lugar, Japón dejó de participar en conflictos bélicos a partir de su derrota en la Segunda Guerra Mundial. Pasó de ser un país guerrero, nacionalista y orgulloso de lo propio a uno silencioso, trabajador y concienzudo. El nacionalismo no se ha borrado de la identidad japonesa, pero sí ha quedado suprimido el ardor guerrero que durante la mayor parte de su historia les caracterizó.

Japón es hoy en día un país trabajador, centrado en la industria y en el crecimiento económico, completamente enrolado en el sofisticado engranaje capitalista del siglo XXI. Los japoneses han sabido reinventarse y, en menos de 30 años, convertir su país, que yacía en ruinas después de los bombardeos estadounidenses, en una de las mayores potencias mundiales, y sin duda, un referente histórico de crecimiento económico.

Para llegar al lugar en el que se encuentra ahora, Japón hubo de pasar por una serie de procesos para llegar a reinventarse. Y como toda reinvención, tuvo un claro punto de partida, y además de un punto de partida, un eje en torno al cual todo el proceso giró. Ese eje fue el trabajo, o más bien, la ética del trabajo.

Los medios occidentales interesados por el modo de vida de los japoneses no dudan en declarar que las condiciones laborales en el país nipón son infames: omisión de vacaciones, jornadas interminables, condiciones jerárquicas casi de servidumbre en las empresas, y numerosos ejemplos de abusos y explotación que no dudan en remarcar.

Sin embargo, para comprobar la veracidad de dichas afirmaciones, es preciso poner en contraste las declaraciones occidentales y el verdadero modo de vida en Japón, cubriendo estas comparaciones con el velo del contexto histórico en el que se desarrollaron estas vitales transformaciones: la segunda mitad del siglo XX.

La caída y la resurrección de Japón

Tras la Segunda Guerra Mundial, Japón quedó completamente devastado. Se perdieron las colonias que se habían conquistado durante el período de entreguerras, destacando Manchuria, Taiwán y Corea, y la capacidad productiva del país quedó seriamente mermada. “La capacidad de producción eléctrica sufrió un descenso del 31 por cien, 60 por cien de refino del petróleo, 21 por cien de cobre, 24 por cien de aluminio, 29 por cien de vehículos, 27 por cien de cemento y 20 por cien de textil algodonero. En total, la producción industrial en 1945 no llegaba al 30 por cien de la media de 1935. La producción agraria, uno de los pilares de la economía japonesa, destacándose como un país altamente rural, cayó un 60 por cien” (Evolución Histórica de la Economía japonesa: del Siglo XIX a la Crisis Actual, s. f.).

Comparación del crecimiento económico de varios países a largo plazo. (PIB per cápita). Fuente: https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/.

En la década de los 40, el PIB per cápita japonés cayó 0,8 puntos, coincidiendo el punto más bajo del mismo con el año 1945, correspondiéndose con el fin de la guerra. El PIB per cápita de Japón en dicho año era de 1.346 dólares, un 11% del PIB estadounidense y un 47% del PIB japonés en el año 1940, justo antes de la Guerra del Pacífico.

En cuanto a las estadísticas previas, el crecimiento progresivo de Japón guarda relación con la Revolución Meiji, un proceso de transformación nacional comenzado en 1870 por el emperador Meiji, que consistió en la toma del poder por parte del emperador, que anteriormente pertenecía al Shogunato Tokugawa, con el fin de llevar al país a una industrialización y modernización progresiva.

Sin embargo, 1945 fue un punto de inflexión para la economía japonesa. El PIB per cápita del país no dejó de crecer hasta el año 2000. Ya en el año 1970, tan solo 25 años después de la guerra, Japón habría logrado situarse a la par que Reino Unido, vencedor de la guerra e histórica potencia mundial. Este proceso es conocido como “el milagro japonés”, la brutal transformación económica experimentada por el país nipón.

Según Fumio Hayashi, profesor de la Universidad de Tokio, y Edward C. Prescott, profesor de la Universidad de Minnesota y miembro del Departamento Federal de Investigación del Banco de Minnesota, el factor principal que impulsó el vertiginoso crecimiento económico japonés fue la completa transformación de su economía. Esta pasó de estar basada en la agricultura, con una productividad e ingresos per cápita relativamente bajos, a centrarse en los sectores no agrícolas, con la importancia de la movilidad de la mano de obra. Gracias a la abolición del Código Civil de preguerra, quedó suprimido el sistema familiar paternalista que frenaba a los herederos agrícolas de la migración. Gracias a las reformas de posguerra, se promovió ampliamente la migración de mano de obra agrícola a la ciudad, produciéndose de este modo un éxodo rural. Estos autores lograron llegar a cuantificar la velocidad de movilización de recursos entre sectores económicos.

Este crecimiento económico vertiginoso prosiguió sin pausa hasta la década de 1990. Para Japón, los dos motores que permitieron dicha resurrección fueron el abismo tecnológico que les separaba del mundo occidental, rápidamente superado gracias a la revolución tecnológica acaecida en el país, y la existencia de un sector agrícola de baja productividad, que fue convertido en un sector industrial, y produciéndose un éxodo rural, aumentó la productividad. Ambos recursos se acabaron en 1990: Japón llegó con creces al nivel tecnológico que se les exigía a los países desarrollados, y el sector agrícola bajó su importancia en la economía un 30% desde 1955.

El sentimiento de grupo en Japón. La verdadera resurrección

Tras la guerra, la economía japonesa quedó devastada. Se sucedió la década de los 40, fatal para el país, que había quedado en ruinas y prácticamente no disponía de recursos. La moral de los ciudadanos japoneses, que habían presenciado cómo sus casas eran destruidas por los masivos bombardeos perpetrados por Estados Unidos, sucediéndose cientos de muertos en el proceso, se encontraba al borde del colapso.

Sin embargo, en 1956 surgió una obra llamada El Libro Blanco sobre la Economía (経済に関するホワイトペーパー), que promulgó un mantra que aún no había sido descubierto por los japoneses: “Ya no estamos en la posguerra”. Esta frase, tan simple como pueda parecer, supuso un tono de alarma para la sociedad japonesa, que siente un profundo arraigo al grupo frente a la individualidad, debido a diversos factores geográficos e históricos. La economía japonesa se había ocupado de su resurrección, pero dicha frase avivó la motivación del pueblo: “Ahora nos enfrentamos a una situación distinta. Se acabó el crecimiento basado en la reconstrucción. En adelante el crecimiento se impulsará mediante la modernización”.

Estas declaraciones despertaron el espíritu de grupo de los japoneses, que había quedado gravemente herido después de la guerra, pero también despertaron el espíritu del trabajo. Los ciudadanos japoneses se aventuraron a trabajar como nunca antes lo habían hecho, teniendo en mente que era tarea suya reconstruir un país que se encontraba en ruinas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el primer ministro de Japón, Kantarō Suzuki, declaró que una de las principales causas que provocaron la derrota japonesa en el conflicto fue la deficiencia de la tecnología y ciencia japonesas durante el conflicto. El líder japonés llamó entonces a la creación de un nuevo modelo de nación, un nuevo Japón basado en dos pilares fundamentales: la ciencia y la tecnología. Una de las mayores transiciones tecnológicas llevadas a cabo en el país, tras el abandono del modelo rural y agrario por el modelo industrial, fue la reconversión de la estructura industrial pesada a industrias más técnicas, es decir, que requiriesen un mayor grado de conocimiento y especialización.

Kantaro Suzuki, Primer Ministro japonés en 1945. Fuente: Wikipedia.

La modernización llegó a Japón a pasos agigantados: primero llegaron las facilidades más comunes en las naciones occidentales, tales como la televisión, la lavadora o la aspiradora, generalizándose el empleo de electrodomésticos. Años después, les siguieron la inteligencia artificial, los videojuegos, los robots y el tren bala o shinkansen (新幹線). Todos fueron avances que se introdujeron a pasos agigantados en los hogares japoneses.

La forma de vida de las familias mutó radicalmente. Surgieron figuras como el célebre saarariman, el oficinista típico que camina por las calles de Tokio, Osaka, Kobe o Sapporo o atesta los trenes en hora punta durante los largos trayectos camino al trabajo. El salaryman, tal y como lo conocemos en occidente, es uno de los reflejos más claros de la sociedad japonesa actual, en especial sobre el panorama laboral que domina el país. Ha inspirado numerosas caricaturas, series y películas japonesas, debido a la fidelidad con la que retrata el día a día de muchos adultos japoneses.

Uno de los fenómenos ligados a la figura del salaryman es el karōshi. Así se conoce al fallecimiento de una persona que ha visto deteriorada su salud a causa del agotamiento y estrés producidos por el exceso de trabajo. Su origen primitivo se produjo un siglo atrás, cuando se dieron casos de karōshi en las empleadas de una planta de hilaturas, las cuales escaparon de las duras condiciones del trabajo saltando a las aguas de un lago. La limitación de la jornada laboral a ocho horas llegó con la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia de la constitución promulgada por el ejército estadounidense. Sin embargo, las largas jornadas laborales, colmadas de horas extra, se convirtieron en una práctica cada vez más usual en Japón, con el establecimiento del sistema empresarial que dio lugar al milagro.

En algunos lugares de Japón, no es raro hacer más de 100 horas extras al mes. Ciertas empresas deciden seguir la legalidad y pagarlas, mientras que otras optan por considerarlas como horas en las que el empleado decide seguir trabajando por su propia voluntad, por lo que no merecen remuneración.

A pesar del vertiginoso crecimiento económico que experimentó el país hasta los años 80, la otra cara de la moneda se hizo visible cuando comenzaron a proliferar cada vez más casos de karōshi, provocados principalmente por dolencias cardíacas y cardiovasculares. Tanto proliferaron los casos que, en 1988, cuando una organización puso en marcha una línea telefónica para prevenir el exceso de trabajo y dar la oportunidad a los trabajadores de expresarse, esta quedó colapsada en cuestión de horas.

Trabajador japonés inconsciente en el suelo. Fuente: ABC.

En los años 90, cuando la burbuja económica explotó, la idea de “crecer” presente en los empresarios y trabajadores japoneses quedó sustituida por la idea de “sobrevivir”. Se realizaron ajustes de plantilla de carácter drástico, y debido al miedo que supondría ser despedidos, los trabajadores japoneses comenzaron a realizar jornadas de trabajo más largas, proliferando así en mayor número los casos de karōshi.

En 2014, el Gobierno aprobó la Ley para la Promoción de Medidas contra el Karōshi”. En 2016, fue publicado el Libro Blanco del Karōshi, elaborado también por el ejecutivo. Tras décadas padeciendo este problema, el Gobierno japonés decidió tomar las riendas de la situación, indicando que Japón debía tomar el ejemplo de los países europeos, promoviendo jornadas laborales más cortas. De este modo, numerosas asociaciones contra el karōshi han surgido en Japón, poniendo de manifiesto este problema que muestra, en muchas ocasiones, la brutalidad de la política laboral japonesa.

Más allá de los mitos: la historia de una española en Japón

A pesar de las numerosas fuentes existentes, en forma de informes, libros, gráficos y estadísticas, de las que se goza hoy en día para explicar el crecimiento económico de Japón en torno al trabajo, es preciso también contar con las experiencias de aquellos que llevaron a cabo el trabajo pesado en la mutación que vivió el país. La persona que con la que he decidido contactar se llama Marta, tiene 27 años y llegó a Japón en 2018. A pesar de que cuando llegó al país, Japón ya era la tercera economía a nivel mundial, sus experiencias son una fuente indispensable para comprender cómo ha evolucionado la ética del trabajo japonesa en la actualidad.

Marta estudió Traducción e Interpretación, y durante su Erasmus comenzó a introducirse en el japonés, enamorándose del idioma. Cuando llegó al país, su intención era permanecer un año allí para trabajar y aprender el idioma, pero ya lleva dos años y no tiene planes de volver a España. En Japón, su objetivo es dedicarse algún día a su profesión: la traducción. Sin embargo, Marta cuenta que ha experimentado ciertas dificultades para integrarse en el clima laboral japonés.

Su primer empleo en el país fue de profesora de inglés y español en una academia privada. Sin embargo, buscó otro trabajo, encontrando empleo en el hotel en el que se encuentra actualmente. Entre estos dos trabajos, solía realizar traducciones del japonés y el inglés en el Toei Kyoto Studio Park, estudio de televisión donde se graban series muy populares.

Al preguntarle sobre los mayores choques culturales que ha experimentado trabajando en Japón, Marta me habla sobre la sumisión. La sociedad japonesa se define como horizontal, teniendo que situarte siempre por debajo de la persona con la que estás tratando (adultos/jóvenes, jefes/empleados). Es una práctica común cambiar el registro del habla, realizar reverencias constantemente y cumplir estrictamente las normas. Según ella, lo ideal para que el trabajo se desarrolle con normalidad es seguir la corriente del ambiente, no destacar y no mostrar tus verdaderas emociones en caso de que puedan perturbar el ambiente.

La siguiente cuestión era sobre el posible descontento de los japoneses acerca de las condiciones laborales, el sistema empresarial y demás aspectos. Marta responde que está segura de su descontento, pero por su carácter innato, no son capaces de demostrarlo. Más bien prefieren decir que no puede hacerse nada para remediarlo, puesto que los japoneses son poco dados a protestar contra el statu quo. Reconoce que ella también ha asimilado dichas excusas, para poder sobrellevar mejor la situación.

Marta también analiza si el crecimiento económico justifica las duras políticas laborales actuales. Opina que Japón prosperó mucho tras la guerra gracias al esfuerzo colectivo de la población, pero también apunta, literalmente, que no por trabajar muchas horas el trabajo es más eficaz. Sugiere que en la actualidad hay formas de trabajar y pensar que hacen que el país se haya estancado en una política laboral tóxica. Este aspecto también forma parte del carácter japonés, la resistencia al cambio.

La siguiente pregunta apunta directamente hacia la posible explotación laboral sufrida por los trabajadores debido a las extremas políticas laborales. Marta comenta que, recientemente, hay un tema que está dando que hablar entre los jóvenes japoneses: la limitación de horas de trabajo para los estudiantes extranjeros en Japón. Para poder residir en Japón, es necesario obtener un visado. La acreditación por la que optan la mayoría de jóvenes permite trabajar un total de 28 horas a la semana. Los trabajos de media jornada, o baito, no sirven a los estudiantes para pagar los gastos que supone la vida en Japón sin apoyo externo. Por tanto, algunos jóvenes extranjeros recurren a trabajar en negro, en pésimas condiciones, para poder costear su vida allí.

A su vez, es preciso señalar los tópicos creados por la prensa occidental sobre el nivel de carga de trabajo que soportan los trabajadores, la supremacía de las empresas, etc. Según su opinión, la empresa es la que manda para cualquier trabajador japonés. Según sus palabras, “si en la empresa no caes bien, van a asegurarse de que tu trabajo sea un infierno, hasta que te vayas y así no tengan que pagarte una indemnización. Aunque intentes luchar, nada va a cambiar”.

También habla acerca de su pareja, que es nativa. Marta suele comentarle los sucesos que le ocurren en el trabajo al final del día, pero él tiende a responder que el trabajo es así. Para los japoneses, dice, el trabajo es más bien un sufrimiento por el que es necesario pasar cada día para ganar más dinero, por lo que enfadarse carece de sentido. Se siente en el polo opuesto a la opinión de su marido acerca del trabajo.

 

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