‘Señor del espacio y el tiempo’, el antecedente literario de Rick y Morty

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Rudy Rucker nos presenta un viaje casi psicodélico con toques gamberros y ciencia disparatada

Rick y Morty fue, en su día, una de las series de animación para adultos más aplaudidas de la historia de la televisión. Un fenómeno de culto que terminó por generar ingentes cantidades de merchandising. Seas fan o no de la serie, hay que admitir que la alocada combinación de fantasía, sólida ciencia ficción y gamberrismo que caracteriza a la serie fue un soplo de aire fresco en un panorama animado repleto de clones de Padre de familia. Precisamente por ser tan única la fórmula de esta serie creada por Justin Hailand y Dan Harmon me sorprendió tanto, cuando llegó a mis manos, la breve novela de Rudy Rucker Señor del tiempo y el espacio, que la editorial Gigamesh me ha facilitado para desarrollar esta reseña.

En sus poco más de 300 páginas, Señor del tiempo y el espacio nos cuenta una epopeya difícil de resumir (realmente difícil de resumir) repleta de la frescura paródica sci-fi de Rick y Morty que contiene, en su alocada y colorida propuesta, una de las reflexiones existenciales más convincentes que he leído jamás. ¿Qué harías si pudieses controlar el tiempo y el espacio, y como un dios pudieras cumplir cualquier deseo manipulando la realidad a tu antojo?

El matemático Rudy Rucker jugó con esta premisa (y se lo pasó muy bien) cuando escribió esta novela publicada en 1984 y, adoptando el rol de un Philip K. Dick desbocado, reinterpretó la clásica historia de los tres deseos haciéndola realmente humana. Si en las fábulas, los personajes convierten el acto de pedir deseos en un ritual sublime y sagrado que siempre culmina con deseos trascendentes que expresan la voluntad humana en mayor o menor medida, en Señor del tiempo y el espacio la omnipotencia termina resultando, por ilógico que parezca, hasta un engorro para los protagonistas.

La distopía suave

Si he mencionado en las líneas anteriores a Dick es porque esta novela recurre a una ambientación que siempre me llamó la atención dentro de las obras del creador de Sueñan los androides con ovejas eléctricas: me gusta llamar distopía suave al mundo en pleno trastorno que se nos presenta en novelas como Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974), El hombre en el castillo (1962) o este Señor del espacio y el tiempo. Todos estos relatos se sitúan en un futuro indeterminado y poco deseable en el que, sin embargo, los personajes viven su día a día sin demasiado dramatismo.

Frente a las ansias de confrontación con el opresivo mundo de los héroes de las distopías clásicas, los protagonistas de las distopías suaves simplemente avanzan hacia delante en su día a día, obviando, por ejemplo, que el mundo pertenece realmente a 5 grandes corporaciones, que la mayoría de los productos que consumen proceden de la esclavitud y que los jóvenes leen más a Jordan Peterson que a Aristóteles (¿vivimos nosotros en una distopía suave?).

Señor del espacio y el tiempo se localiza en un mundo de estas características, en un futuro trasnochado en el que puedes comprar armas nucleares en unos grandes almacenes pero en el que todo el mundo parece estar demasiado cansado para mandar la civilización al carajo.

Una lucha por recuperar la ilusión

En los Estados Unidos de la novela, la sutil desesperanza de las distopías suaves (y del día a día) es el principal enemigo a batir por Fletcher y Harry, dos científicos que han dejado sus mejores días atrás y que desarrollarán un ambicioso proyecto para convertirse en señores del Espacio y Tiempo. Esta epopeya se nos relata desde el punto de vista de Fletcher, un padre de familia que, pese a añorar los dorados años de la juventud sin preocupaciones, está dispuesto a cualquier cosa para mejorar la vida de su familia. Para ello, se une a su antiguo compañero de faenas Harry, un genio borracho y hedonista que funcionará como motor de la acción y que implicará a la pareja en enfrentamientos con reptiles gigantes, viajes interdimensionales e invasiones extraterrestres.

Estas peripecias marcarán el desarrollo personal de Fletcher, que enfrentará en su interior a su faceta práctica y realista con el lado dionisíaco e irracional que se terminará imponiendo a lo largo de la novela.

Y es que la obra, con su estilo punki y gamberro, no hace más que conformar una receta para superar la nada, el absurdo que tanto preocupaba a filósofos como Camus o Sartre. Está claro que es difícil encontrarle el gusto a una vida en la que no tenemos nada, pero, ¿qué sentido puede tener una vida en la que lo tenemos todo?

Escribir y leer para pasarlo bien

Al final, el valor de Señor del espacio y el tiempo reside en la coherencia entre su mensaje y su forma. Nos encontramos ante una obra que hace gala de un despliegue creativo ecléctico y divertido que, a su vez, cuenta un estilo literario más bien pobre.

Sin embargo, esta condición hace que resulte consecuente la reivindicación que la novela realiza en todo momento a favor del carpe diem como fórmula para superar de manera puntual las dificultades de la vida. Pensándolo bien, en estos tiempos de semiencierro e incertidumbre, en el que el tejido de la realidad se tambalea y se hace más evidente la distopía en la que vivíamos incluso antes de que el covid-19 irrumpiera en nuestras vidas, quizá necesitemos menos Dostoievski y más Rudy Rucker.

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