Piedad Bonnett: “No hay cicatriz, por brutal que parezca, que no encierre belleza”

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Explicaciones no pedidas, Piedad Bonnett Edit. Visor | Fuente: Propia

Explicaciones no pedidas, ese poemario al que acudir para hilar las costuras de la memoria

A veces, leer un poema es recibir una puñalada. Releerlo es hacerse daño. Un detrimento adictivo, tóxico, penetrante. No habéis sentido nunca un poema si, en el instante que lo leíais, no percibisteis vuestra vulnerabilidad en carne propia. En ocasiones, la poesía nos transforma en seres endebles.

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Precisamente, es lo que hace Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1951) en su libro Explicaciones no pedidas. Desde mi punto de vista, la voz más representativa de la poesía colombiana actualmente. Explicaciones no pedidas fue merecedor del XI Premio Casa de América de Poesía Americana, allá por 2011. Un poemario plagado de sutileza, amor, desamor, ironía y dotado de un gran manejo del registro poético. Bonnet, se acerca de una forma inesperada al lector. Lo sacude, lo conmueve, lo llama, lo destroza. Una poeta que posee la capacidad de introducirse en nuestra memoria. Se adentra en la insatisfacción que rodea a nuestros sentimientos más carnales. La capacidad que tiene Piedad Bonnett para condensar sentimientos en pocos versos es inconmensurable. En el plano poético, descubriremos dos partes: la divina indiferencia y cuatro historias minúsculas. Esta última, compuesta por “La inocencia del sueño” y “Explicaciones no pedidas”; que le da título al poemario.

La divina indiferencia

Es un disparo en el pecho a quemarropa. El símil más bello que he leído para personificar las cicatrices que quedan tras el desamor. Bonnett se cobija en la brevedad y concisión del verso. Se refugia en él, pero también forma remolinos en la oscuridad. Es decir, no se queda solamente clavada en el desamor. Al contrario, con cierto talante irónico, provoca una sensación grisácea en esta primera parte. Una perspectiva degradativa que parte de Las Cicatrices y termina en Rabia.

Las cicatrices  

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.

 

Rabia

[…]

Para que sea la rabia esta locura
que a la luna regala su ladrido,
nació la erre con sus duras garras,
su pasión de tormenta, su bravura,
y el rencoroso apogeo a lo perdido.

Cuatro historias minúsculas

Cuatro poemas son suficientes para mostrarnos la realidad envuelta en polvo de costumbrismo. Se titulan: El mundo ancho y ajeno, Telón, Ofelia y Devórame. En este caso, la poeta colombiana entona una melódica poesía narrativa, realista. Hechos que sitúan al receptor en el centro de la cotidianeidad. Demuestra que sabe moverse en la entraña de lo ignoto, pero también se desliza por situaciones tradicionales cercanas a cualquiera de nosotros. No obstante, lo que caracteriza a Bonnett, es que también es capaz de mantener el hilo conductor del amor. Incluso introduce referencias a grandes autoras consumadas como Emily Dickinson. Sin embargo, el tinte descriptivo, sobresale por encima de los demás. Incluso, ya el propio título de esta segunda parte, sirve de prefacio a los poemas posteriores.

Telón

 Era feliz.

Así opinaban todos:

la madre

(porque las madres

cuando envejecen

descansan sobre un nicho de mentiras piadosas);

[…]

Por último, el punto álgido del poemario se alcanza en los apartados finales. Piedad fusila al ansioso lector de poesía con versos estremecedores. Se introduce plenamente en lo genuino sin escabullirse. Le da voz al verso, pero a su vez, se la quita. Se la quita para ponérsela en la boca al lector. Bonnett nos besa los labios con sus poemas. Nos endulza el alma. Su agilidad poética para trastocar al receptor, la convierten en uno de los rostros más grandes de la poesía latinoamericana. Y, mejor aún, de la poesía colombiana. Es de esas autoras que te dan la respuesta antes de haber preguntado. Cuando en tu mente el poema se va formando, juega contigo. Se atrinchera en el perfecto manejo de la metáfora ambidextra. Simplemente, Piedad Bonnett es poesía, certidumbre, recuerdo, dolor y lágrima. Acercaros a ella, pues os pondrá la poesía en la punta del ánima. Se deslizará sobre vosotros. Os hará rememorar aquello que nunca fue. Al acabar el poemario, vociferareis un sinnúmero de Explicaciones no pedidas.

Ya no el dolor sino la certidumbre

Ahora,
apenas si el recuerdo,
no del amor,
sino de aquella forma en que te amaba.

Ahora,
ya no el dolor sino la certidumbre
de la dolida forma en que dolías,

del vacío iracundo y de la pena
de la rama cortada.

Ahora
la sed, no de tu lengua
sino de aquel deseo de tu lengua,

la sed, no del oasis de tus ojos
sino de aquellas lágrimas caídas

sobre el desierto gris que me esperaba.

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