Hemos tenido el gusto de hablar con Daniel Guebel, autor de El Rey y el filósofo, una novela epistolar publicada por Random House
El autor argentino nos convierte, durante un tiempo, en una especie de «Gran Hermano» versallesco. Cae en nuestras manos la correspondencia del rey Luis XIV, sus ministros, el filósofo Leibniz…entre otros muchos. Somos un peón más en sus juegos de intriga palaciega, destacando la misión del pensador alemán: convencer al monarca más poderoso de Europa de invadir a Egipto.
Desde la comodidad de nuestra casa viajamos a la Francia del siglo XVIII. Somos un observador omnisciente, pero desconocedores de lo que nos aguarda la siguiente página. Asi es como el autor, Daniel Guebel, consigue que estas se pasen solas. Esta inmersión en la historia se es gracias a su magistral narrativa. El periodista, escritor y guionista porteño ha sido descrito como un “Pynchon argentino” por Carlos Prado (Babelia) o un “Borges culto” por Juan José Becerra.

Sus palabras, su humor, construyen piedra a piedra el propio mundo que fue Versalles en el siglo, pero con un toque de fantasía que motivará sin duda la sonrisa de todo lector. Llena de ingenio, creatividad, un gran trabajo de investigación… El Rey y el filósofo no defraudará a los seguidores de Guebel y a sus nuevos lectores. ¿Quién se puede resistir al capricho de conocer los secretos de estos grandes personajes de la historia de la humanidad? A la intriga, el erotismo, traición…incluso conversaciones con personajes de la ultratumba.
En El Generacional hemos tenido el gusto de conversar con Guebel en un tête à tête leibniziano se podría decir: mundos paralelos, fantásticos, pero quizás no tan diferentes del que conocemos. Estos es lo que se esconde en este palacio disfrazado de libro; las paredes, columnas, jardines, etc. que hallamos entre lo que parecen páginas.
Escribir sin cadenas
Pregunta: ¡Hola Daniel! Lo primero, ¿qué tal? ¿Desde donde nos hablas?
Respuesta: Buenos Aires.
P: ¿Buenos Aires es tu lugar de nacimiento, no?
R: Si, si.
P: La trama de tus libros, sin embargo, suele desarrollarse en el extranjero, en otras ciudades… ¿esto es por alguna razón concreta?
R: No hay una razón deliberada, digamos que mi imaginación se suelta en la distancia. Hice algunas veces una especie de viaje, yo situo –no soy el primero ni el último que lo hará- sitúo algunas construcciones imaginarias en lugares distantes para que precisamente la distancia me permita mayor nivel y cantidad de operaciones. Es decir, suponte que esta novela narrase el encuentro entre un presidente argentino y un filósofo que viene a persuadirlo de organizar un congreso de filosofía; no faltaría quién me dijera “esta referencia no es cierta” o “esto no ocurrió”, o… ¿Cómo dices que Sarmiento tenía el pelo así? Mira… yo tengo un amigo especialista en leer mis libros, y en detectar errores.
P: Jajaja, ¿ah si?
R: ¡En la primera página me destruyó la novela! “Las pulgas son animales de sangre caliente, y no se posarían sobre pelucas”. Claro, entonces tuvimos una discusión completamente disparatada. Yo decía que el problema es que las pelucas de Versalles eran muy abrigas, se calentaban, y entonces las pulgas se equivocaban. O que por ejemplo, en Versalles no hay artesonados, que son construcciones de madera y en el palacio no había madera…por supuesto, yo no tenía ni la menor idea. Pero, el lujo de la palabra, el lujo palabrero, me lleva por lugares de dudosa demostración.
P: Claro, hay mayor libertad, menos cadenas.
R: Al mismo tiempo, la realidad es tan disparatada, en una novela como esta donde necesitaba ciertos niveles de investigación, la propia realidad me ofrecía soluciones maravillosas. Es decir, cuando yo me senté a escribir El Rey y el filósofo, no tenía, ni hay, mayor información sobre el encuentro (entre Leibniz y Luis XIV). Encontré, tras meses de búsqueda, cuando ya tenía medio libro escrito, el proyecto presentado por Leibniz a Luis XIV. Pero antes, yo ni sabía por qué había ido a ofrecérselo. Entonces empecé a leer y conjeturar; y todas las relaciones geopolíticas entre turcos, alemanes, franceses…me las fui dando yo solo. Si es cierto o no, no encontré a ningún historiador que me presente mayor información.
P: Entiendo. Esto me lleva a la siguiente pregunta ¿Qué te llevó a escoger a estos personajes y esta historia? Mientras leía, me dispuse a buscar información, saltaron chispas de interés, ¡y no encontraba nada sobre ello!
R: Mira, en realidad es una serie de azares conducentes, podríamos decir. Hace unos años publiqué una novela llamada El absoluto. De alguna manera podría pensarse que El rey y el filósofo es una precuela o ampliación, como se dice ahora. En El absoluto cuento tanto de manera realista como inventada la invasión de Napoleón a Egipto, en un capítulo de unas 50 páginas; el libro tiene unas 500. Prácticamente cuando termino ese capitulo, veo una referencia, no sé ni donde, al plan de Leibniz presentado a Luis XIV. Escribí aquel libro durante siete años, y tardé diez en publicarlo – lo dejé en remojo. Cuando encontré la referencia, pensé: “que lastima encontrar esto con el capitulo ya acabado”. Publiqué unos cuantos libros, y, de golpe, tenía ganas de escribir una novela sobre Alejandro Magno. En verdad, llevo pensando en ello desde los 18 años. Y al mismo tiempo, nunca lo hago por un sencillo motivo: no hay nadie sobre quien se ha escrito tanto, excepto Jesucristo. Entonces, quise escribir una historia que me ocupase el resto de mi vida, y pensé en la historia universal de los conquistadores. Como todos los conquistadores, desde Gengis Khan en adelante, invaden bajo una sola idea rectora: el conquistador termina siendo conquistado por lo que conquista. Es una cosa que me fascina de Alejandro Magno. A lo largo del tiempo, desde Macedonia hasta Babilonia, que es donde muere, se va convirtiendo lentamente en lo que conquista. Se va convirtiendo en un hombre oriental. Bien, eso es algo que ya trabajé en El absoluto. Es algo que ocurre cuando Napoleón llega a Egipto diciendo “yo soy un enviado de Mahoma”. Pero Alejandro lo hizo de verdad, terminó fascinado por la política local. Entonces esa es mi teoría: el conquistador se vuelve lo que conquista. Y cuando me siento a pensar como escribir esta novela, de repente vuelvo a Luis XIV y Leibniz. Sabía cero, pero me pongo a leer, encuentro algo en Wikipedia, y me encanta lo que leo. Son todas… jajaja, cosas de la corte francesa completamente graciosas y ridículas. Por ejemplo, ¿sabes que Luis XIV es la primera persona que le operan de una fístula anal en la historia de la humanidad?
P: (entre carcajadas) ¡No tenía ni idea!
R: Inventaron el cuchillo para operar el interior del organismo humano para operarlo a el. Esto me sirvió para tomar entusiasmo. Es más, la corte era tan luisesca que un montón de cortesanos quisieron operarse el culo para estar a la moda de Luis XIV. Y los que no se operaron se ataron almohadones al culo para fingir que estaban a la moda de Versalles. Ahora, no se si viste que al principio la historia la cuenta el secretario.
P: Sí, el asistente de Leibniz.
R: Bien. Esto tuvo dos motivos. Primero, diferir el momento del gran encuentro, porque yo estaba buscando información sobre Egipto y el proyecto, entonces tenía que tardar mientras investigaba. Por otra parte, yo tenía que estudiar un poco Leibniz, del que solo conocía entonces una frase: “Vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Pensaba todo el tiempo en Kafka, y ponía lo kafkiano en la demora. Convertía Versalles en un mundo kafkiano que me permitía investigar al monarca por un lado y al filósofo por otro. Así fui formando la novela. Cuando aparece Luis XIV cambia todo.
P: ¡El rey se convierte en todo!
R: Exactamente. Además hay otro asunto. No es una película de Hitchcock, en verdad no hay intriga. Todo el mundo sabe que no invadió Egipto. Entonces el sistema constructivo en esta novela fue solidario con el proceso de investigación.
P: Justo quería preguntar, ¿mientras escribías, conocías el final? ¿estaba ya planeado?
R: Partí del cero absoluto, no tenía ni idea. Tampoco sabía cómo iba a ser el proceso narrativo. Cuando yo me siento a escribirlo, empiezo a narrar en tercera persona, pero no funcionaba. Paso entonces a una primera, que yo no sabia quien era. Entonces, buscando por Wikipedia…mi fuente de investigación primera – por cierto,es maravillosa, nadie sabe quién escribe en Wikipedia, no es la enciclopedia británica, encuentras auténticos disparates, y eso es mucho mejor para mi- leyendo sobre los discípulos de Leibniz, encontré uno que resultó ser completamente idiota. En su idiotez, perjudicó la causa de la filosofía de su maestro. Inventé otro nombre, y se convirtió en el protagonista de la primera parte. Tener un idiota como el secretario de Leibniz me permitía introducir cuestiones de su pensamiento, pero sin ser lo suficientemente serios y sólidos. Me permitía cierta libertad, porque mi formación en filosofía es idéntica a mi formación histórica: cercana al cero.

El susurro de una carta bajo la puerta
P: Es verdad, es siempre a través de otras voces como se explica en la novela la filosofía de Leibniz. A través de la estructura de novela epistolar, además, que en mi opinión nos sumerge mucho más en la historia… ¿Cómo vino la idea de usar este recurso?
R: Por admiración prolongada y devota de Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos, una novela de siglo XVIII. Hay mucha gente que no conoce la novela, pero ha visto la película. Te la recomiendo.
P: No la he visto.
R: Eres muy jovencita. Tienes que verla.
P: Ahora mismo lo apunto.
R: La novela es de estructura epistolar, y tiene una arquitectura prodigiosa. Te enteras de los acontecimientos por cartas que se envían amantes, infieles, adulteras, etc. Leibniz hoy es el filósofo más citado por los astrofísicos, porque anticipa la teoría de que hay múltiples universos posibles, y esta es una teoría religiosa. Este es el mundo más perfecto para este momento, creado por Dios, pero hay infinitos muchos con infinitos Adanes y Evas que son apenas distintos. Y, lo epistolar, en mi novela, me permitía escribir una novela leibniziana, donde todo lo que se afirma se complementa pero es un poquito distinto. Es una novela de universos múltiples.
P: Eso es justo lo que se consigue a través de las cartas. A lo largo del libro, a veces me sentía una mosca sobre las columnas de mármol de palacio. Me sentía parte del juego sucio de los ministros, los secretos, el espionaje…Es un sentimiento magnífico. Me interesa saber, ¿tu mismo escribes cartas?
R: Yo escribía cartas cuando era joven y me enamoraba de uno u otra chica. Pero, ahora la carta ya no existe. Y eso es algo que no conoces, la deliciosa demora, la espera. Uno esta enamorado de una mujer que no está en la misma ciudad, por ejemplo, o que está casada con otro hombre. Entonces no puedes hablar por teléfono, y mandas cartas. El susurro de la carta pasando por debajo de la puerta entrando era una cosa deliciosa. Eso no existe ahora, pero en el siglo XVIII era una forma de comunicación como cualquier otra.
Humor y reflexión se ponen sobre la balanza
P: Exacto. Y creo que es eso lo que mantiene al lector al borde de su asiento, la espera que llegue la siguiente carta. Otra cosa que debemos mencionar, además, es el humor. Mi insulto favorito el de María Teresa de Austria a su marido, que le grita sobre su “cara de boniato hervido”, jajaja. El humor para ti… ¿es esencial en la literatura?
R: No es que lo piense en términos de recurso, pero voy al humor naturalmente, y es lo que me hace feliz. Yo escribía riéndome, y eso me encantaba. Mi amigo, el que señala todos los defectos, me señaló algo que no todo el mundo nota. Y es que, Luis XIV se convierte cada vez más en un personaje argentino. Quizás en España no se note, pero cita a Perón, a Evita…y mi amigo, el Objetor de Errores, me escribe un día y me dice “parece un cómico cordobés”. Y en Argentina los cordobeses (de Córdoba, Argentina) son conocidos por su humor, que es a veces grosero, inventivo. De alguna manera esta novela es un viaje por cierta zona de la lengua argentina.
P: Ese es un matiz que ayuda a entender otra capa del libro.
R: ¡Exacto!
P: La mujer del monarca, desde la ultratumba, le reprocha a este su “estéril juego solitario que fue toda tu existencia” […] “¿Amaste alguna vez, siquiera por un instante? No. Estabas demasiado ocupado creando tu reino de merengues, empalagándonos con tus cupulas doradas de crema coronadas en la cima por tu propia imagen en glase de muñeco de torta…” En un mundo donde la imagen lo es todo, los likes, el público…el espectáculo. Quizás Luis XIV hubiera sido un genio de las redes sociales. ¿A la hora de escribir, encontrabas paralelismos entre tus personajes, históricos, y personajes del mundo actual?
R: Me dijiste ese paralelismo y me acordé de un personaje argentino llamado Ricardo Fort. Era un gay de la noche porteña, hijo de los dueños de una fábrica de chocolates que se llamaba Felfort. Era un chico de mucha plata, flaco, rubio…y se convirtió en una especie de culturista. Se puso cosas por todos lados, se inyectó, se puso mandíbula, etc. Ingresó en la televisión, tuvo su propio programa, y luego murió, creo, por la cantidad de cosas que se puso. Y es una especie de Luis XIV. Este tipo de personajes son una tradición en si misma. Yo no pensé en nadie en particular, y el presente me parece lo suficientemente horrible como para imaginar mundos alternativos. Pero no sé si mi novela dice algo del presente; pero ciertas teorías que se esbozan tienen que ver con el ahora.
P: Esa es una de mis cosas favoritas de la literatura, que cada lector dota a la historia de su interpretación, y su visión. Yo veía a Luis XIV como un precursor del influencer, para él es todo imagen.
R: Si, si.
Fuentes de inspiración de los jardines versallescos
P: ¿Qué obras, ya sean libros, música…formaron parte del proceso de creación de El Rey y el filósofo?
R: Música…escuché algo de Lully.
P: Me imaginaba.
R: Y vi la serie de Versalles, ¡es divina! En primer lugar, fue una fuente de información histórica verdadera, porque me hizo ver a personajes que yo no conocía, como la amante del rey. Me enamoré de María Teresa de Austria viendo la serie; y también decidí con ello borrar a Felipe de Orleans para no reescribir una seria ya hecha. Descubrí, también, al jefe de policía. Y tomé la intriga de los venenos, que, en mi historia, se convirtió en parte de la lucha entre Luis XIV, su primo y emperador del Imperio Romano Germánico, Leopoldo I, y los turcos.
P: Es verdad que a María Teresa de Austria le das un monólogo increíble, que incluso me hizo desear una novela sobre su perspectiva.
R: Además, leí algunos libros biográficos del rey, pero no me sirvieron de mucho porque yo a tenia centrado el asunto sobre la invasión de Egipto. Tuvo una vida mucho más larga. Por ello, ponerme a estudiar la geopolítica de todo su reinado hubiera tardado veinticinco años, y sería absurdo.
P: Al final has formado un Luis XIV moldeado a la época.
R: ¡Ah, hay dos películas más que vi! La muerte de Luis XIV de Albert Serra, tu compatriota. Es fantástica. Búscala, es fantástica. Y La toma del poder por Luis XIV de 1966. Es una película más política, de la que tome una frase que se incluye en la última carta de Luis XIV a Leibniz.
Quiero que se me recuerde como un hombre que LUCHÓ incansablemente por su patria y por su pueblo, un hombre que tratÓ de llevar la luz de la CIVILIZACIÓN a los sectores MÁS RECÓNDITOS; un soldado del orden y de la ley y de la belleza, pues la belleza es verdad y la verdad es bella
Una historia de amor
R: Hubo un momento en el que quise tirar el libro a la mierda. Pensé “es pura espuma y pompa de jabón”. Pero no, no es así, todas estas vueltas y estas peripecias sobre Egipto son el trasfondo de un vínculo de amistad. Luis XIV es un hombre completamente solo. Solo tiene a gente a quien mandar, y está desesperado de soledad. Pero encuentra un interlocutor, y le hace todas las monerías como una perro se las hace al amo. Por eso le retiene, le hace burla…es una historia de amor entre hombres. Pero Leibniz no se da cuenta. Lo sabe todo pero no se da cuenta de nada. Solo el rey sabe de qué se trata verdaderamente.
P: Los lectores también lo vemos todo, y volvemos a esa sensación de una especie de “Gran hermano”. Somos observadores que ven todo Versalles, los secretos, las sutilezas…
R: Me acordé ahora de golpe, son como los Pimpinela, ¿no? “me engañaste, me mentiste!”. Van y vienen. Acá, vemos a dos altos personajes de la historia de la humanidad metidos en una rejilla de la que nunca se habla, salvo al final. Y no tiene que ver con el ejercicio de la sexualidad, es un amor de las ideas y la inteligencia.
P: La conexión es el hilo conductor de nos guía. Y es este, junto con todos los recursos que has utilizado, que construyen un mundo que realmente nos atrapa; el mundo de Versalles se convierte en mucho más que el palacio y sus jardines.
R: Exacto, quise que fuera una condensación de la filosofía de Leibniz. Y bueno, te presento a un personaje muy importante que me he acordado ahora…esta es Cleo.
En este momento Daniel me presentó a su gata, una espectadora secreta de la entrevista ¡En este universo particular, es ella la mosca observadora sobre la pared!
P: ¡Hola Cleo!
Palabras para el lector y el aspirante a escritor
P: Comenzamos hablando de tu tierra natal, Argentina. Desde que se escribió esta obra, el panorama del país a cambiado notablemente. El futuro de las artes y el periodismo son una cuestión en boca de muchos estos días, ¿hay algo que les dirías a jóvenes escritores y lectores argentinos?
R: Para decirlo ligeramente…sí, ha cambiado. Pues, que lean El Rey y el filósofo para que vean lo que es alguien que pretende ser un monarca absoluto. Milei es parte de una especie de circuito de presidentes desaforados y anhelosos del poder absoluto.
P: Al final, parece que la historia es cíclica.
R: No hay por qué ilusionarse con el progreso, para nada. Están los agoreros de que la historia se acaba con la Inteligencia Artificial, el Papa Francisco -que no parece de los sujetos más insensatos- dice que ha llegado la Tercera Guerra Mundial, la crisis climática crece… ¡y hay tantos presidentes que no hacen caso! La catástrofe esta a la vuelta de la esquina, y no se que va a pasar.
P: Por estas cosas es tan importante leer, novelas del tipo de sea, siempre hay mucho que aprender y reflexionar.
R: Después de escribir esta novela, le di vueltas a la idea de darle una continuación en el que fuera Leibniz a China. Al estilo Milei, el emperador le diría, «qué me importa Francia, aquel país chico, nosotros somos un imperio de verdad». Traté de escribirlo, pero no puedo. No soy programático. Estoy perdido en el salón de espejos de Versalles.
Hay insultos que son solo para la boca de Luis XIV
P: A todo lector sin duda le has sacado una carcajada con esta novela.
R: Eso espero.
P: Quería darte la enhorabuena, encontrar este libro ha sido maravilloso. Para acabar solo tengo que preguntar, ¿ha llamado a alguien boniato hervido alguna vez?
R: ¡No! Hay que moderarse. No soy particularmente enojoso o agresivo, pero a Luis XIV le permitimos todo. Y quizás me faltaron algunas ristras de insultos más largos para su personaje.


