‘Élite’ y la temporada de la obscena extravagancia

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Élite | Fuente: Wikipedia

La repetición hace la perfección, ¿verdad?

Netflix estrenaba el pasado 18 de junio la cuarta temporada de Élite. Una nueva tanda de ocho capítulos donde se recuperan tramas y estructura argumental, con el característico incidente festivo, a la vez que se presentan nuevos personajes.

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Cristel Antonia Russell y Sidney Levy, investigadores de EE.UU, dieron explicación a la razón por la que la mayoría de la gente ve una o varias películas una y otra vez. Los elementos ya conocidos y el saber qué va a pasar transmiten una sensación acogedora que hace que el individuo se sienta a gusto en un ambiente familiar, lo que lo hace cómodo y seguro. Pues así, los creadores de Élite, Carlos Montero (Física o química, El desorden que dejas) y Darío Madrona (Gente que viene y bah, Los protegidos), han querido extrapolar esa idea a la realización de una serie y así han nacido cuatro temporadas de Élite.

Las Encinas se despidió el curso pasado de algunos de sus personajes principales que conformaban el grupo de amigos privilegiados que, por cuestiones del destino, se mezclaban con el pueblo llano hasta tal punto de estar unidos por la sangre derramada. Así, con un gran secreto y un acuerdo tácito de silencio y protección, Lu (Danna Paola), Carla (Ester Expósito), Nadia (Mina El Hammani), Valerio (Jorge López) y Polo (Álvaro Rico), este último por razones obvias, decían adiós y saludaban a un mundo real, con menos crímenes y asesinatos que en el pueblo que dejaban atrás.

La no-novedad

Pero nuevos tiempos traen consigo nuevas oportunidades. Menos en el mundo de Élite, al parecer. Lo que si trae es una nueva familia para tomar el relevo de aquellos que se han ido y disfrutar de un ambiente dónde la traición y los homicidios están a la orden del día, junto con las matemáticas a primera hora los viernes.

Si bien es cierto que una vez ya en la cuarta temporada de una serie el espectador puede saber en qué terreno se va a mover, siempre suele haber alguna novedad más allá de una o dos subtramas que, juntas, duren o se desarrollen más de una hora en la temporada. No es el caso de Élite. No obstante, tampoco llega a ser algo negativo en lo que pretende ser la serie.

Desde el principio Élite estableció sus bases y se consolidó como lo que era: una producción de Netflix fácil de ver que enganchaba y que por mucho que se criticase ahí seguía siendo líder de audiencia. Un churro de oro en la fábrica de series que es Netflix. Lo tiene todo y no tiene nada, o eso es lo que intenta parecer. Una grotesca representación de los dignos sucesores de gossip girl, unos adolescentes que lo tienen todo sin haber hecho nada, cuyo mundo se ve manchado de sangre al colisionar con el mundo real que hay por debajo de ellos.

Las semillas de la fama

Es eso lo que engancha y lo que ha hecho que Élite sea un éxito temporada tras temporada. Esos elementos donde la lujuria, lo inverosímil, lo inmoral, lo lúbrico y lo escabroso se ve representado en un sinfín de tramas que supuestamente abogaban por la diversidad sexual y racial, pero que al poco tiempo se vio disuelto en un cuadro donde la normatividad y la toxicidad pasaron a ser personajes principales a los que ignorar si se quería disfrutar bien del pecado que nos estaban ofreciendo en ocho capítulos. Y así, con la cuarta se riza el rizo, mezclando ese cóctel con unos nuevos personajes que detonan la explosión, casi descontrolada, que es la nueva temporada.

La actriz Marina Cariddi quien interpreta a Mencía | Fuente: Sensacine

Sin entrar en profundidad para no hacer spoiler a aquellas personas que no se hayan hecho el maratón que Élite necesita, hay que hablar de lo (poco) nuevo que la cuarta temporada ofrece. Una familia marcada por la tragedia con Benjamín (Diego Martín), un progenitor severo y protector, pero que quizás esconda algo debajo de ese caparazón; Mencía (Martina Caraddi), una hija rebelde e inconformista; Ari (Carla Díaz) y Patrick (Manu Ríos), unos mellizos en los que la bordería y la altanería se reparten a partes iguales. A este clan se les une Phillipe (Pol Granch), un príncipe francés necesitado de la buena educación privada española, y Armando (Andrés Velencoso), un hombre de negocios cuya película favorita seguro que es una mezcla de El lobo de Wall Street y 50 sombras de Grey.

Así pues, esta nueva tanda de personajes llegan para recorrer los mismos pasos, o  parecidos, que aquellos que llegaron y se fueron antes que ellos. Antiguas rivalidades nuevamente forjadas, el mismo cuento de hadas pero con un final feliz moderno y con mensaje, la misma historia de desamor ya contada… Todo, sin perder la esencia que define a una de las series estrella de Netflix.

La esencia se viste de seda

Aunque es cierto que los aspectos negativos pesen demasiado en una temporada casi parodia de lo que fue, con una representación LGTBI+ estereotipada y de mal gusto, añadiendo al saco una de las más invisibilizadas muestras de bisexualidad nunca llamada por su nombre, junto con relaciones preocupantes y dañinas, la cuarta temporada sigue una estela lineal que hace que el hilo argumental base sea sorprendentemente satisfactorio.

El actor Manu Ríos que interpreta a Patrick | Fuente: historia-biografía

Desde la segunda temporada se confirmó que todas tendrían la misma estructura. Toda la temporada se desarrollaría en torno a un misterio que normalmente tendría lugar en una fiesta o celebración. Gracias a esto tenemos las imágenes tan icónicas y clásicas donde los personajes muestran cara de espanto o sospecha con sus vestidos de gala y los secretos y acciones que los han llevado hasta allí. Idea que se desarrolla en el análisis que se puede encontrar aquí.

De esta forma, la cuarta temporada funciona exactamente de la misma manera, y tal como se había hecho en las tres temporadas anteriores. Cada misterio, cada crimen y cada asesinato está conectado, ya sea de forma física o poética, con el crimen original: el asesinato de Marina.

La justificación del placer

Exceptuando la salvación de esa esencia que envuelve la temporada por su final, esta tanda de capítulos está lejos de ser recomendada. La trama no es más que sexo, sexo y sexo, salvo en aquellos pocos minutos dónde se plantean los acontecimientos que llevan al clímax y las subtramas que quieren ir un poco más allá. Pero, que no sea recomendada, no significa que no se pueda disfrutar.

Si has llegado hasta aquí, hasta la cuarta temporada después de 24 episodios, vas a querer quedarte. Ya sea para quejarte, para criticarla, para exponer las razones por las que está mal, para reafirmarte que ya no hay por donde cogerla, para añadirla a tu lista de placeres culpables. Hay un sinfín de razones por las que le vas a dar al play, y ellos lo saben, pues parafraseando a una de sus predecesoras «no eres nada, si no hablan de ti».

Así, la nueva temporada de Élite no es más que una repetición de elementos a los que se les han unido nuevas caras en un paquete de glamour y fastuosidad sin ocultar lo que pretende: ser un entretenimiento rápido para verte de una sentada en un paréntesis de tu realidad.

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