Esta Real no se rinde

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En Anoeta se vivió un partido que fue una batalla entre el corazón de una Real Sociedad entregada y el músculo y la profesionalidad de un Mónaco que supo contrarrestar la magia de los jugadores donostiarras. Un empate a uno que deja más contento a los visitantes, pero un partido que deja más orgulloso a los locales. Los de Alguacil se aferran a la pelea por pasar de fase en un grupo de Europa League complicadísimo.

La Real cogió el partido por la solapa desde el principio al compás de un Mikel Merino cuya batuta eran los pases en profundidad y las recuperaciones en el centro del campo. Los donostiarras presionaban arriba a un Mónaco que desde un primer momento asumió el rol que le tocaba: dificultar el juego, mostrarse rocoso en defensa, físico en el centro del campo y rápido al contragolpe. Así pues, con las ausencias arriba de los de Imanol Alguacil y con el buen trabajo defensivo de los monegascos, tuvimos un primer cuarto de hora que tampoco fue un chorreo de ocasiones, pero todas fueron de la Real.

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Lo fueron hasta el gol. El Mónaco generó peligro de la única forma que pudo con las armas que tenía sobre el campo, y el balón parado era una de ellas. Sofiane Diop puso un centro desde el banderín derecho al segundo palo donde se alzó la cabeza de Disasi para enviar el balón al palo con la mala fortuna de que este rebotó en la espalda de Remiro. Tocaba remar.

La Real Sociedad trató de recomponerse rápido con Merino que hizo de Portu una flecha que rompía las líneas defensivas con la velocidad que caracteriza al murciano. Balón al área, el 7 solo ante Nübel y la picadita se va fuera por muy poco. Este tipo de ramalazos eran la excepción en una primera parte en la que el Mónaco le ganó la partida a los donostiarras. Un tiro franco que tenía Oyarzabal a pase de Portu que acabó golpeando con la suela, un remate de cabeza a bocajarro que Elustondo picó en exceso como únicas grietas en una muralla construida a base de músculo.

La última jugada de los primeros 45 minutos fue una metáfora casi perfecta del empuje sin acierto de la Real. Hasta tres intentos de remates desbaratados en el área para firmar la entrada de los jugadores al vestuario.

La segunda parte comenzó siguiendo el mismo guión que la primera. Empuje y más empuje. Un pase en largo medidísimo para un Portu que se empezaba a coronar como el mejor del partido. Su remate fuerza el córner y el gol de la Real llegó como lo hizo el del Mónaco. Cabezazo de Mikel Merino desde más o menos su casa para empatar el partido. Premio más que merecido.

Pero los de Alguacil querían más y siguieron con la presión alta, con corazón, con arrojo. Las ocasiones se sucedían después del gol. La calidad de Januzaj salió a relucir en una jugada en la que consiguió driblar de espaldas en el centro del campo y filtrar un pase raso para Portu. Este controló a lo Zidane para después sacarse un zapatazo duro, pero algo centrado que sacó Nübel a duras penas.

El Mónaco quiso reaccionar dando entrada a Volland y a Golovin y también se blindó atrás para cortar la sangría. Lo consiguieron cambiando a defensa de tres y ralentizando el partido todo lo que pudieron. A los blanquiazules ya les pesaban las piernas después de 75 minutos y no tuvieron banquillo para mejorar lo que había en el césped. Y así fue muriendo el partido poco a poco. Al final una tangana después de una patada fea de Volland que pudo haber sido de roja, como nueva metáfora del duelo que se acababa de vivir en Anoeta. Esta Real no se rinde.

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