Sobre la polarización política

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Las tertulias políticas llevan buena parte de la última década utilizando el término “polarización política”. Un término que ha reducido la población en dos grupos: Los «radicales” de derecha xenófobos y totalitarios, y los “radicales” de izquierda neocomunistas.

En un caldero sociopolítico en el que la idea de centro parece difuminarse cada día más, cabría preguntar qué está polarizado en realidad, si la población, o el sistema político. Sin ir más lejos, el frente norteamericano lleva más de 100 años dividido únicamente en demócratas contra republicanos, con una marginalidad del voto desviado a partidos menores y regionalistas. Sus votantes llevan generaciones con tan solo dos opciones “útiles” sobre la mesa (sin contar la abstención), y no por ello se dijo que la población estaba polarizada cuando Ronald Reagan arrasó en las elecciones presidenciales de 1984.

Esta nueva polarización política es más atribuible a los movimientos populistas que han aparecido durante los últimos años. Donald Trump, como referente, junto con Hillary Clinton, consiguió dividir a una población que llegaba exhausta a las elecciones de 2016 tras ocho años de crisis económica aun latente. Se presentaban dos candidatos que encarnaban valores completamente antagónicos, y con un discurso social y cultural particularmente vindicativo el uno con el otro.

En estas elecciones comenzó el etiquetado, propio de esta nueva “polarización”. Se prescindió de toda noción de diálogo y de análisis de los matices que envuelven a todo votante e individuo, calificando a la mayoría de la base votante contraria como fanática e intransigente. No había nada más que añadir.

Pocos días antes de las elecciones, se vaticinaba que Hillary Clinton saldría victoriosa, con notables apoyos de comunidades como la latina, la afroamericana, y el voto femenino. Se dio esta predicción, pero se advirtió un descenso “pronunciado” en comparación con los porcentajes cosechados por Obama. ¿Cómo pudo producirse este goteo de votantes? ¿Cómo pudieron estos individuos alejarse de su inherente inclinación de voto? ¿Se les podría tildar de traidores?

Los resultados obtenidos por Trump en los estados del “Rust Belt” nos pueden guiar hacia una respuesta. Estamos hablando de “blue collar states”, ganados por el partido demócrata en las últimas tres elecciones presidenciales, pero que Trump consiguió voltear, en su gran mayoría, en las elecciones de 2016.

Podríamos decir que estos núcleos de población cayeron presa de los eslóganes populistas, ideológicos y de odio que Trump promulgaba, pero lo cierto es que apenas le hizo falta sacarlos a relucir. La campaña en estos estados se centró en la economía, prometiendo el retorno del trabajo a las fábricas. Suficiente, puesto que hablamos de unas comunidades dependientes de la industria, que habían sido particularmente castigadas por la crisis de 2008, y seguían sin ver demasiada luz al final del túnel.

Esto ilustra cómo el uso extensivo del término “polarización política” está errado. Cierto que existe, y cada día aumenta a mayor ritmo. Cierto que hay segmentos de la población que enarbolan todos los extremos a los que se abrazan los movimientos populistas, pero hoy en día, como los propagandistas, nos hemos inclinado por la simplificación de todo lo que nos rodea. Ahora a los political shifts los llamamos polarización, sin pararnos a analizar la multifocalidad de las decisiones de los individuos.

Por ello, hay que entender que aquel residente blanco de Columbus, Ohio, que votó a Obama tanto en 2008 como en 2012, pero que perdió su empleo en 2014, y votó a Trump en 2016, no es necesariamente un racista xenófobo y fanático. Tampoco es un traidor aquel residente afroamericano de las afueras de Harrisburg que también votó a Trump con la esperanza de ver una mejora, aunque fuese mínima, en su calidad de vida, ni tampoco aquel residente californiano afiliado al partido demócrata que piensa que la actual política de fronteras estadounidense es una aberración, y votó a Bill Clinton en 1992 cuando él mismo abogaba por ese tipo de política de fronteras de corte duro.

Las políticas cambian. También lo hacen las personas, las ideas, las tendencias de voto, así como el espectro en el que podemos ejercerlas. El patrón actual que seguimos, tratando de simplificar y reducir toda explicación y análisis de un fenómeno al menor número de palabras posibles, en favor de una comprensión más sencilla y menos trabajada, no es el indicado si realmente queremos comprender qué ocurre en la actualidad y actuar en consonancia.

El término “polarización política” es tan solo un ejemplo de este proceso de simplificación.

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