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Afganistán: una historia de sangre y arena

Padre e hijo en Afganistán | Fuente: Pixabay

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Espejos rotos y fantasmas en el desierto

El resurgimiento del Emirato Islámico dos décadas después ha dejado en evidencia a Estados Unidos. Tras la retirada prematura de las tropas y la ofensiva relámpago por parte de los insurgentes islamistas, la situación geopolítica del país da un giro radical. El poder ha quedado en manos de los talibanes, cuya gestión del Estado amenaza seriamente los derechos humanos. Las imágenes de la embajada estadounidense despiertan flashbacks de Saigón; el recuerdo de Vietnam ronda por las paredes de la Casa Blanca y la presidencia de Biden contempla, con el rostro de quien ha visto un fantasma, el renacer del terror en Afganistán.

Los desiertos afganos son áridos y especialmente calurosos en los meses de verano. Cuando una persona deambula a través de dunas, todas parecidas, durante muchas horas termina por recitar cuentos en alguna lengua desconocida sobre algún oasis perdido y espejismos imposibles. Sin embargo, en Afganistán hace décadas que no se habla de ningún lago mágico. Ahora son historias tristes y desgarradoras. De fuego y lágrimas. De sangre y arena.

Antecedentes

El problema es que llueve sobre mojado. Afganistán ya había sido escenario de combates que reflejaban intereses internacionales desde finales del siglo anterior. Entonces fue la extinta Unión Soviética quien, sin quererlo, firmó su epitafio en estas tierras. Eran los tiempos de la Guerra Fría. El desembolso económico y la inmensa cantidad de soldados abandonados a su suerte supusieron el principio del fin soviético, que endeudó su existencia por una guerra que no aportaba ningún beneficio. En 1992 se marcharon del país, dejando el gobierno en manos de los señores de la guerra. Los fundamentalistas talibanes, que habían sido apoyados por Estados Unidos en su cruzada anticomunista, terminaron imponiéndose al resto de facciones muyahidines. Así nacía el Emirato.

Osama Bin Laden (derecha) fue una figura clave en el inicio del conflicto | Fuente: Wikipedia

Lo que a día de hoy se entiende como Guerra de Afganistán comenzó en 2001. Fue bajo el nombre de Operación Libertad Duradera y se erigió como respuesta a los atentados del 11 de septiembre. Estados Unidos encabezó una lista de potencias que invadieron el país asiático y que terminaron por instaurar la República Islámica, eliminando así el antiguo Emirato. El país quedó dividido en zonas bajo control del gobierno y zonas de influencia talibán. La ocupación se extendió hasta principios de este mismo verano, cuando Biden, en una medida que ya había sido iniciada por Trump, retiró las tropas del país materializando una de sus promesas electorales más significativas.

Ocupación estadounidense

Hay un proverbio afgano que reza: “Ustedes tienen relojes, nosotros tenemos el tiempo”. Los talibanes, hasta hace no mucho disfrazados de guerrillas y ocultos en los montes que esconde el desierto, habían llevado el conflicto a un punto de desgaste bélico. Cuando se hizo efectiva la retirada internacional, salieron a la luz y rompieron con todas las previsiones posibles ante un ejército afgano totalmente superado. En poco más de una semana habían tomado todo el país y cercado una ciudad de Kabul reconvertida en campo de refugiados; el presidente Ghani huyó y, finalmente, entraron. El error de cálculo de la administración Biden había supuesto el retorno del Emirato Islámico 20 años después.

Soldado estadounidense patrullando en Afganistán | Fuente: Pixabay

En estas dos décadas, EEUU ha tratado, en vano, de impulsar un gobierno de corte occidental en Afganistán. El experimento estadounidense nació mermado por la corrupción y sentenciado por la crisis interna del país. El mayor avance se dio en 2011, cuando Obama compareció para anunciar la muerte de Bin Laden. Aparentemente, todo debía ir a mejor. Pero no fue así. Estados Unidos alcanzó un punto de no retorno; los enfrentamientos contra las facciones talibanes se volvieron un bastión imposible, y la guerra, un pozo de fango dentro de arenas movedizas.

Recuerdos de Vietnam

Mark Twain dijo en una ocasión que la historia no se repite, pero rima. La fotografía de la embajada estadounidense de Kabul siendo evacuada por helicópteros recuerda a la humillación de Saigón, en 1975. En aquel momento, Estados Unidos se retiraba de Vietnam de la misma forma: con una escalera de cuerda colgando de otro helicóptero en el tejado de una embajada. También tras 20 años; con cerca de 60.000 muertos a las espaldas y un movimiento antibelicista gritando por la paz dentro de sus propias fronteras. De nada sirvió la voz rasgada de Janis Joplin en Woodstock.

Evacuación en Saigón (Vietnam), 1975 | Fuente: Wikipedia

La similitud entre ambas escenas ha despertado las críticas y comparaciones. Desde el año 2001, el país norteamericano ha enviado cerca de 800.000 efectivos; 2.442 han muerto y más de 20.000 resultaron heridos. Además, la campaña ha supuesto un desembolso de 2,26 billones de dólares. El número de bajas civiles se eleva por encima de los 50.000, y los heridos derivan a una cifra incontable.

Situación actual

Cuando los insurgentes entraron en el Palacio Presidencial no encontraron oposición. El presidente ni estaba, ni se le esperaba, y el jefe de seguridad estrechó la mano a uno de los mandatarios islamistas. No dispararon un solo tiro. Entonces, la cúpula talibán se reunió en torno a una mesa, en una extraña representación de La última cena, de Da Vinci, con metralletas y turbantes, y, para el horror estadounidense, resonaron las palabras que, acaso, han movido el mundo durante toda la historia: “La guerra ha terminado, hemos ganado”.

Según AFP, el nuevo orden político y militar estará dirigido por tres personalidades ocultas: Haibatulá Akunzada -líder espiritual-, el mulá Baradar -cofundador del movimiento talibán- y Sirajudini Haqani, jefe de la potente red Haqani e hijo de un antiguo y prestigioso comandante de la yihad que combatió en la guerra antisoviética de los años ochenta.

Líderes talibanes en el Palacio Presidencial | Fuente: Al Jazeera

Esta nueva dirección nacional aposenta su visión de la realidad en un cóctel de moralejas coránicas de procedencia suní wahabí, con un fuerte arraigo en la tradición pastún. Todo este fundamentalismo religioso tiene su representación “legal” en la Sharía, la ley islámica, que es la que recoge, entre otros, los atentados contra los derechos de la mujer: acompañamiento de un mahram, uso obligatorio de burka, etc.

Pérdida de los derechos y libertades

Los derechos y libertades fundamentales se encuentran en grave peligro tras la irrupción islámica en el poder. Las democracias actuales descansan en unos derechos y supuestos que, en Afganistán, están por romperse definitivamente. Desaparecen los derechos a la libertad de expresión y de información, el derecho a reunión y asociación queda limitado a los intereses del Estado y, con el mismo argumento, se inutiliza el derecho a voto.

En esta línea aciaga de pérdida de libertades, el cambio más significativo afectará de lleno a las mujeres, que reducen su papel en la sociedad a un nivel denigrante, subordinadas a la palabra del hombre musulmán para, prácticamente, cualquier acción diaria. Se legalizan castigos como lapidaciones públicas por desobediencia a la ley y, en el terreno jurídico, son casi inexistentes. Esta destrucción de las libertades logradas en los últimos años significa el regreso de una época nefasta para la mujer.

Una mujer afgana con indumentaria negra rodeada de otras que portan burkas | Fuente: Pixabay

La situación está lejos de cambiar. El nuevo poder no tiene intención de alejar la Sharía del marco legal; y ya comienza a preocupar la influencia que tiene sobre la población. En una entrevista con el diario ABC, el escritor y periodista Ahmed Rashid afirmaba que los jóvenes talibanes son más radicales y antioccidentales todavía. Como telón de fondo, también chirría a nivel internacional la financiación de esta última campaña talibán, mantenida por el comercio del opio y los impuestos a campesinos. El movimiento integrista ha creado esta ofensiva gracias, en gran parte, al mercado de la heroína, beneficiándose de sus zonas de influencia estratégicas y la cercanía con Pakistán.

Historia de sangre y arena

El aeropuerto estaba colapsado. Un niño agarraba la mano de su padre cuando escuchó aquella bala perdida; un tiro al viento buscando el silencio. Se tapaba los oídos. Tenía miedo y no entendía por qué la gente se volvía loca por subirse a un avión; por qué una persona caía del cielo y a otra la recogían con una manta encima. Durante un instante sólo escuchó su respiración. A lo lejos, más allá de la pista de aterrizaje, en un edificio grande volvía a hondear la bandera blanca del Emirato. Todo ocurría muy rápido. Cuando giró la cabeza, un hombre trajeado, que no parecía de Kabul, sino de muy lejos, le miraba con aspecto triste desde la ventana de un avión verde oscuro.

El hombre desconocido terminó de doblar una bandera llena de barras y estrellas y la colocó debajo de su asiento. Cuando estaba a punto de despegar, volvió a fijar la mirada en el niño. Así se mantuvieron cinco largos segundos, hasta que la masa descontrolada ahogó al pequeño en un mar de personas. Soltó, por accidente, la mano de su padre. Volvió a llorar. El hombre trajeado apartó en un resoplo la mirada de aquel infierno y apoyó la cabeza en la silla. Cuando el avión alcanzó el vuelo no pudo evitar mirar atrás; y entre todo el polvo observó aquel mar de individuos chocándose y pisándose. Escuchó chillidos y sollozos, y supo que el niño no iba a salir del aeropuerto. Apretó la mandíbula y, entre pestañeo y pestañeo, se coló Vietnam en el aeropuerto de Kabul.

Minutos después, cuando sólo veía valles rocosos y naranjas a través de la ventana, le pareció aquella una historia triste y desgarradora. De fuego y lágrimas. De sangre y arena. Una de esas que, de un tiempo a esta parte, sobrevuelan los desiertos de Afganistán.

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