El Heredero

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La palabra “heredero” proviene del latín hereditarius y significa “el que recibe los bienes del que se muere”.

Todos y cada uno de nosotros somos o hemos sido víctimas de nuestros propios prejuicios en algún momento de la vida. Nos pesan si miramos atrás y nos damos cuenta de que nos habíamos equivocado. Nos avergonzamos de una racha extraña, o de una noche que no podemos recordar. Es humano, verídico e individual en las carnes de cada uno. Con un juicio de valor lo más limpio posible a la hora de escribir sobre cosas que realmente me llenan, puedo decir, intentando no sonar demasiado arrogante, que yo nunca me equivoqué con Harry Styles. Lo supe. Simplemente lo supe desde el principio.

Cuando hablo del principio me refiero al Factor X, a Simon Cowell con incontables camisetas blancas y un bolígrafo de tinta azul en la boca, juzgando bajo una mirada prácticamente imperialista a un grupo de, ahora puedo decirlo, niños de apenas 16 y 17 años. Ha pasado ya una década de aquella escena tan grotesca y ese formato de reality nos hace apartar los ojos de la pantalla a muchos de los que, en ese entonces, sentíamos pasión por lo que se nos enseñaba día a día. 

A pesar de sus muchos errores, Cowell era especialmente bueno en una cosa: disipar el talento y fabricar el éxito. Quizá tuvo proyectos de distintas magnitudes, con destinos muy dispares entre sí, pese a sus pasados en común, pero tenía los medios para llevar todo aquello a cabo y eso era lo que le hacía tan deseable entre los wannabe’s de esos años. Por lo tanto, cuando a nivel global estalló el fenómeno One Direction, al que menos le sorprendió fue a él.

Firmados con Sony para cinco álbumes, aquellos cuatro cachorros ingleses y el irlandés que paró con ellos, tardaron relativamente poco en llegar dónde otros tardan toda su vida en llegar. Con toda una caballería detrás que calculaba todos y cada uno de los pasos que daban, una bendición en algunas ocasiones, una completa pesadilla en otras, consiguieron todo lo que se propusieron en un intenso y casi etéreo periodo de cinco años. Todo menos lo que Cowell más siempre quiso, que fueran todos, precisamente, en una dirección.

Styles durante la última gira con su boyband | @onedirection

Debido a esa forma de descubrir y manejar un talento innegable, se ganaron millones de fans y de dólares, y se perdió lo que, a las personas racionalmente lógicas pasionarias de la música, como lo era Styles, realmente les importaba: la esencia, la verdadera pasión.

Cuando el fenómeno boyband más vesánico que había visto el mundo desde los Beatles se desvaneció, quedaron cuatro chicos, ya que se había perdido un eslabón de la cadena por el camino, con todo el mundo observando cuál sería el primero en dar el siguiente paso, expectantes de si aquello era otro final fugaz de lo que pudo ser un outro medianamente bueno o una patada en la boca a todos esos que se regocijaban en el “¿y ahora qué?”.

Styles nació en un pueblo pequeño de Cheshire, a una hora en coche de Manchester. Sabe lo que es la magnitud de las cosas, tanto buenas como malas, porque vivía al lado de un restaurante chino y recuerda siempre estudiar para sus exámenes finales con un olor a ternera con verduras flotando en el aire. Fue criado junto a su hermana por su joven madre en la Inglaterra de los noventa, sentía pasión por Elvis y tenía una foto de Lady Di en la carpeta del instituto. Cuando la odisea de adolescentes desmayándose en cada sitio al que iba terminó ni siquiera había cumplido 22 años. Lo había vivido prácticamente todo antes que nadie y eso lo aterró tanto que antes de pensar incluso cuál iba a ser su siguiente movimiento en el tablero, volvió a Holmes Chapel y lo consultó largo y tendido con la almohada de su infancia, esa que le había visto cantar a Coldplay, a Dylan o a Eminem.

Cuando terminó su contrato con Sony, Styles se dejó enredar y aconsejar por su gran amigo y mánager, incluso durante los años de la banda, Jeffrey Azoff, hijo del magnate ejecutivo del entretenimiento estadounidense Irving Azoff, quien ha representado a multitud de artistas, comenzando una carrera estelar como mánager de los Eagles en los años setenta. Gran parte del primer disco homónimo del británico (firmado ahora con Columbia) fue grabado ni más ni menos que en los estudios de Abbey Road, también se realizaron partes en el Real World Studio en Wiltshire en Inglaterra, en Nueva York, Los Ángeles y, más destacablemente, en Jamaica. Este último lugar fue elegido por Styles y su círculo de colaboradores más íntimos como vía de escape a la presión y expectativas que se estaban empezando a echar encima suya durante su estancia en estudios de gran renombre. Su experiencia allí fue desconocida para los fans y muchos de sus conocidos que vieron cómo se esfumó de la faz de la tierra durante casi tres meses. Sin embargo, cuando salió el disco, al mismo tiempo vio la luz un documental realizado por Apple Music mientras el músico llevaba a cabo todo su proceso creativo en la isla caribeña. Rodeado de amigos y músicos de gran calidad, con tres años de perspectiva, hoy podríamos decir que eso fue una grabación improvisada, como las de antaño, con sesiones en las que surgieron algunos de los mejores temas del conjunto. 

Styles junto a su guitarrista y amigo Mitch Rowland en Jamaica, 2017 | Rolling Stone

En este primer disco vemos una cara que, todos los que habíamos confiado ciegamente en Styles nos esperábamos, pero que a la mayoría del público con un tanto de criterio e interés le sonó como una demostración. Una demostración de que no sólo era la cara bonita que más publicidad dio a One Direction, sino una demostración de su pasión por T.Rex, por Elton John, por Cat Stevens o Jackson Browne, entre otros muchos. Con cierta distancia y en comparación con el tono ascendente que ha adquirido su carrera en estos últimos años, mirando este primer homónimo de Styles vemos un chico aún precavido, disfrutando de su nueva posición, de su soledad, de su tomadura de riendas, pero sin caer en la idealización y trabajando duro por llegar a ser alguien admirable, no la flor de un día que todos esperaban que fuese. Críticamente, con su primer trabajo en solitario quiso demostrar que puede ser la estrella del rock que le gusta a padres e hijos, y aunque a veces lo logra, en otros momentos del disco el acotado espectro sonoro basado en el rock setentero, no consigue salir de la zona de confort y el riesgo no es tan grande como pareció en su momento. Aun así, era una clara declaración de intenciones de lo que era y quería llegar a ser.

Tras ese primer disco llegó la gira que realmente le puso en el mapa. Como amante de la música de los sesenta en adelante, Styles era plenamente consciente de la importancia de un buen directo y de lo bueno que él podía llegar a ser en concierto. Con una gira mundial dividida en dos partes y con casi 200 fechas, el joven inglés que había cumplido ya los 24 demostró al mundo que Jagger y Mercury eran sus ídolos por algo. Cada noche, con un traje de alta costura diferente (durante su parada en Madrid deslumbró al Palacio de la Deportes con un maravilloso atuendo torero firmado por Palomo), y explotando en cientos de tonalidades, salía a escena y se quedaba con todos, sin importar la magnitud de la sala. Ofrecía todo un espectáculo interactuando con su audiencia, ondeando banderas LGTBI por todo el escenario, renovando clásicos de su vieja boyband y demostrando a todos esos padres que acompañaban a sus hijas e hijos a los shows que, quizá, él había creado su propia dirección.

Harry en uno de los últimos conciertos de su primera gira en solitario. St. Paul, 2018 | Hèlene Pambrun

Durante esa gira vimos como todos los matices de la personalidad extravagante, cautivadora e irremediablemente encantadora de Harry salían a relucir tras años de contención bajo un management que no veía nada bien eso de las plumas. Dice Styles que uno de los valores principales que le enseñó su madre desde niño es el respeto, algo que ha llevado durante toda su carrera (a pesar de su juventud) con una disciplina férrea y, aun sabiendo que actuaba con equipo extremadamente meticuloso detrás, nunca ha dicho una mala palabra de nadie de su pasado, ni un mal gesto, ni un mal recuerdo. Sin embargo, durante todas esas cálidas noches de estancias llenas bajo su único nombre y no el de One Direction, y casi dos años después de lanzar su primer disco en solitario, Styles estaba en el mapa de los grandes nombres, donde realmente siempre quiso estar.

Durante el 2018 se tomó un tiempo de descanso tras un tour muy exigente y comenzó a caldear en el sur de California lo que se convertiría en su próximo proyecto. Desde sus años de ídolo adolescente más tiernos, Styles nunca escondió la admiración y verdadera pasión que ha sentido toda la vida y siente aún por figuras tan relevantes en la música como pueden ser Van Morrison o Patti Smith. Precisamente ese fue uno de los primeros síntomas distintivos de un futuro brillante que yo y muchos otros, educados en la buena música como él, vimos durante lo más álgido de One Direction para saber que ese chico de pelo largo y rizado tenía mucho más camino que recorrer que el resto de sus compañeros de banda. A pesar de ser un amplio conocedor de muchas bandas y artistas del siglo pasado que ayudaron a definir lo que hoy conocemos por música popular o de determinados géneros, Styles nunca escondió su absoluta devoción por una figura en particular: Stevie Nicks. La bruja del sur, la musa de Lindsay Buckingham, el corazón de Fleetwood Mac, una de las mujeres más relevantes en la historia del rock ha sido la madrina y amiga al mismo tiempo del joven británico durante estos años de carrera en solitario. Debido a su gran fanatismo, incluso durante los tiempos en los que su agenda era frenética con la banda, Styles siempre encontraba tiempo entre conciertos y citas con supermodelos para ver en directo a sus artistas favoritos, especialmente a la banda de origen británico. Con su encanto innato terminó haciéndose verdaderamente amigo de los artistas a quién más admiraba y eso le valió el pase de oro para que su consideración dentro del mundo de la música que a él más le repercutía, tuviese una posición única como pequeño del alma de Nicks o Joni Mitchell, por ejemplo.

Styles con Stevie Nicks en el Forum de Los Ángeles presentando en directo su disco Fine Line, diciembre 2019 | Hélene Pambrun

Con su disco Fine Line, publicado hace ahora justo un año, Styles proclamó haberse liberado totalmente de todo eso que en algún momento previo lo frenó de hacer lo que quería. Grabado en su gran mayoría en Malibú, Harry nos regala lo que más le gusta: una mezcla casi perfecta entre el ayer y el hoy, nos regala todo lo que tiene que ofrecer de él mismo. Crea una atmósfera onírica entre un pop fresco y pegadizo, y referencias a la música fetiche de Styles en las canciones más potentes del disco, dispuestas casi en orden al principio (Adore You, Watermelon Sugar). Incluye también temas más difíciles de digerir para un “oyente pop medio”, pero con influencias clarísimas de la música con la que se crio (Treat People With Kindness, Canyon Moon). Para crear este trabajo catártico, Harry se rodeó de algunos de los nombres más relevantes en el mundo de la producción de esta década como Greg Kurstin, Jeff Bhasker, Kid Harpoon o Tyler Johnson. Surge así un proyecto que en sus propias palabras trata de “practicar sexo y sentirse triste, como cualquier chaval de 24 años normal”.

Es cierto que, a pesar de haber entrado con gran impacto en las listas de éxitos debido al hambriento escuadrón de fans que Styles arrastra allá por dónde pasa, y que, por fin vimos la faceta más desinhibida y sincera del artista hasta el momento, de nuevo mirando la obra con perspectiva se puede afirmar que en algunos momentos del álbum se crea un aura de trying too hard, quizá para despojarse de esos prejuicios que mencionaba al principio que la gran mayoría del público tiene. No obstante, casi un año después de su publicación es innegable que Fine Line es el trabajo más gratamente reconocido y exitoso de Styles, con el single Watermelon Sugar en el imaginario colectivo y tres flamantes nominaciones a los Grammy.

Harry grabando su segundo álbum Fine Line, 2019 | Hèlene Pambrun

Desde la publicación de su último trabajo Styles ha batido varios récords y, como muchos de sus grandes ídolos hicieron con anterioridad, ha marcado tendencia y se ha puesto en boca de todo el mundo. Todo lo que Styles dice, hace o lleva puesto es tendencia, como en su día lo fue Steven Tyler o Mick Jagger. Le hemos visto recientemente hinchando un globo con un vestido de volantes en la portada de Vogue, el primer hombre en aparecer en la misma en los 128 años de historia de la publicación. También es una de las caras de Gucci, de la mano de su gran amigo y director de la firma Alessandro Michele.

Hay una imagen en particular que me hizo titular esta pieza El Heredero. Durante la grabación de la película de One Direction que salió en 2013, se entrevistó a los chicos individualmente y por separado a medida que iba avanzando la gira mundial en la que se veían embarcados en ese momento. La entrevista de Styles se realizó en una suite de un hotel durante la estancia de la banda en Milán. Le preguntaron por qué hacía lo que hacía. Dando gracias a su suerte, contestó de una manera que reside en mi cabeza desde entonces: “Me encanta. Simplemente me encanta. Lo haré hasta que la gente me diga que ya no puedo hacerlo. Lo haré hasta que sea demasiado viejo, como Keith Richards”. Por esa clase de comentarios, de referencias, supe que Styles era un alma vieja en un cuerpo joven, que prefería escuchar el Sticky Fingers tras un largo día siendo la fantasía de medio mundo, antes que reconocer que es compañero de generación de Justin Bieber. Su forma de vestir, la fragilidad de una masculinidad que siempre le pesó demasiado, como a Bowie, su cariño congénito por las cosas que admira y por todo eso que le enseñaron y quiere enseñar, le convierte en alguien con un brillante futuro por delante, alguien que cuando realiza un cover de Peter Gabriel se siente bien, porque inhaló esa canción cuando aún sentía vértigo por las primeras veces, y no en un estudio, como si lo hubieran fabricado en producción industrial. Personifica la esencia del pasado con una mirada futura más esperanzadora que muchos otros. Recoge y siembra para que crezcan los frutos de lo que él cree durante su vida. Es el heredero de todo lo bueno que nos ha dado la música en estos últimos sesenta años, un eslabón merecedor de mencionar en esta preciosa cadena que es la cultura popular.

Styles durante uno de los conciertos de su primera gira, Singapur, mayo 2018 | Hélene Pambrun

Por: Irene Muñoz de la Fuente

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