‘Con esto del coronavirus…’

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Una nueva normalidad paradójicamente más humana

Deja de decir «¿Hola, ¿qué tal?» para empezar una charla. Es incómodo, automático y no suele llevar a ninguna parte. Esa es la idea de uno de los últimos posts de nuestros compañeros de Código Nuevo. No decimos cómo nos sentimos, qué cosas nos afectan ni cuánto de felices nos han hecho estas últimas semanas. Y, para colmo, esta pandemia mundial en la que estamos sumergidos hasta las cejas ha creado una nueva guinda de muletilla-respuesta en este tipo de esquema social: «es que con esto del coronavirus…»

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Hace meses que el mundo entero se levanta con la tristeza de un virus que ha hecho jaque mate a las agujas del reloj. Hace meses que las mejillas no se rozan, las sonrisas se camuflan y los fines de semana pasan desapercibidos entre el sonido del despertador rutinario. Hace meses que la respuesta a un “¿Qué tal?” se corta por el mismo patrón para todos, y “con esto del coronavirus” es la bala de respuesta en la recámara.

Cualquiera diría que hemos creado una nueva forma de acostumbrarnos a la no-normalidad. O lo que viene a ser lo mismo, estamos creando una nueva normalidad en la que vivir. Una en la que no caben los excesos, los planes a largo plazo y las quedadas por conveniencia. Una normalidad que ha puesto patasarriba la fotografía perfecta de nuestras vidas que habíamos escenificado. El marco en el que conteníamos el aliento por los días del calendario que quedaban hasta las vacaciones. Una vida en la que el ticket de compra se cobra al final las sesiones de terapia, porque la ansiedad es el producto con mayor demanda del mercado. Ya no tenemos que buscar una excusa para no quedar con aquel amigo de la infancia al que una vez dijimos en el metro “a ver si quedamos”, porque la realidad en la que vivimos nos permite pensar que no podemos arriesgar a tomar una cerveza con alguien no cercano. O quizás es que hemos encontrado la razón perfecta para no sentirnos culpables ante nuestras decisiones. Un respiro de aprobación en nuestra conciencia cada vez que huimos de todas aquellas situaciones que en el fondo no queremos vivir. Y resulta que empezamos a hacer solo aquellos planes que nos apetecen, porque ya no podemos hacerlos todos.

Nosotros, que éramos de llenar los vasos hasta el final, a punto de derramarse, y queriéndolo todo, no sabíamos disfrutar nada. Ahora que apenas tenemos nada, nos faltan los segundos para disfrutarlo todo, porque somos nosotros los que escogemos la copa de la que queremos beber. El plan al que no queremos renunciar. Las personas a las que queremos saludar. Quién si y quién no. “Con esto del coronavirus…” ya no hay culpa.

Al final del confinamiento leí un artículo que hablaba del Síndrome de la cabaña: el pavor a salir al exterior tras la cuarentena que vivimos en marzo. Hablaba de gente aferrada al borde de la cama ante el miedo al retorno a la vida social, al contacto humano, al trabajo y a la realidad de antes. Yo misma me puse esa etiqueta y me receté varias dosis de paracetamol. Meses después escuché otra columna que mandaba a la mierda dicho trastorno. Criticaba la manía social de la “titulitis” de los conceptos, un apodo que ponemos a los problemas y que entregamos a la farmacéutica para recibir un medicamento anestesiante a cambio. Y volver a las expectativas que se esperan de nosotros, fuera de nuestro refugio, nuestra cabaña. “Y una mierda”, reprochaba. Lo que ocurre es que nos dimos cuenta de que la ansiedad que rebosa nuestras vidas en ocasiones es opcional. Que existe una posibilidad, lejos de la productividad laboral y la expectación social que hay de nosotros.

Con todo, quizás ha tenido que llegar una pandemia mundial para enseñarnos la vida ficticia que vivíamos y que “con esto del coronavirus…”  puede que estemos más cerca de la normalidad que nunca.

Imagen de Portada: «Muertos por dentro de un muerto por dentro» Alberto Solé (https://instagram.com/albertsoloviev?igshid=1q3dptc8xlf5f)

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