Salvador Illa, o el discreto encanto del sensacionalismo

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Hace unos días, Salvador Illa, el actual ministro de sanidad, fue nombrado por sorpresa candidato a la presidencia de la Generalitat de Cataluña para las elecciones autonómicas del próximo 14 de febrero. Y hay que reconocer que es profundamente chocante: a pesar de unos datos globales respecto a la pandemia bastante negativos en comparación con el resto del mundo occidental, con una de las peores tasas por habitante de muertos y con una amplia mayoría de la sociedad pidiendo en las encuestas medidas más duras, hoy Salvador Illa representa uno de los activos fundamentales del Partido Socialista, siendo el político catalán mejor valorado tras Oriol Junqueras según el CIS. ¿Cómo ha logrado salir indemne y reforzado de su gestión? Si se atiende a lo que se comenta por parte de distintos comentaristas mediáticos, su seriedad parece haber sido el factor clave. Ese tipo de discurso ha calado en una parte de la sociedad cansada de sensacionalismo, descalificaciones y política espectáculo.

Sin embargo, a veces, el sensacionalismo puede encontrarse en los lugares más inesperados. Y esto lo sabía bien Neil Postman, el profesor americano autor de Divertirse hasta morir, uno de los libros más interesantes sobre cómo la televisión y la sociedad del espectáculo han cambiado nuestra forma de acercarnos a la política y a la vida en general. En el libro, Postman trata con un ejemplo de un debate polémico que se produjo en la televisión americana sobre la Guerra Fría y la amenaza de aniquilación nuclear, cómo esa supuesta seriedad de la que hacen gala ciertos políticos como Salvador Illa a veces no es más que otra forma de sensacionalismo, y, de hecho, del peor tipo, porque lleva el debate de las cosas trascendentales de la sociedad a meros aspectos estéticos.

Los invitados a ese debate no se puede decir que fueran tertulianos que no sabían de lo que hablaban ni Don Nadies que pretendieran tener su minuto de oro en la televisión: allí estaba Robert McNamara, ex secretario de estado (cargo similar a ministro de exteriores) en la administración de Kennedy, y expresidente del Banco Mundial; Henry Kissinger, homólogo de McNamara, pero en la administración de Nixon y Ford; Ellie Wiesel, posteriormente premio Nobel de la Paz y superviviente del Holocausto… Y sin embargo, a pesar de lo prometedor que pudiera parecer este debate con semejantes invitados, y de la gran polémica que había generado en sectores conservadores estadounidenses, el debate distó mucho de ser, como afirmaba Postman, algo más que un mero concurso de belleza, un concurso de ver quién era el más profundo y el mejor gestor: Por un lado, Kissinger empezó a hacer fundamentalmente un elogio de su gestión en el gobierno, sin dar razones sobre ella, y quejándose de la actual gestión del gobierno de Carter. Por otro lado, McNamara dijo que tenía 15 propuestas para solucionar el problema, pero no las desarrolló. Y por su parte, Wiesel se basó en hacer parábolas sobre la naturaleza humana que, según el orador, no podía poner en contexto por falta de tiempo, pero totalmente desconectadas con el resto de ideas del debate. Y todo esto, dentro de un marco televisivo de ponencias extremadamente cortas como para poder desarrollar nada en profundidad. En definitiva, un escaparate de egos y posiciones apenas esbozadas más que un debate de verdad.

¿Y es que, qué es exactamente lo que se hizo en semejante escaparate? Aparentar y provocar sensaciones. Sensaciones de conocimiento, sensaciones de que se estaba hablando de algo serio, sensaciones de que eran grandes expertos en el tema. Pero ya está. Podrían ser verdaderamente grandes expertos, como de hecho lo eran, pero su seriedad y su gravedad de tono provocaban en ese espacio televisivo lo mismo que una noticia alarmista o un programa de sucesos: sentimientos, sensaciones, experiencias, pero sin ningún tipo de contenido. Lo fundamental de ese debate solo se basó en un sensacionalismo no centrado en grandes sensaciones de miedo, ira, o indignación, como las que estamos acostumbrados al identificar el sensacionalismo de nuestra sociedad, sino en un sensacionalismo de seriedad, un postureo de que buen gestor soy, pero sin entrar en la discusión real sobre lo que había que hablar, el problema nuclear.

Y es que, en esta sociedad totalmente determinada por el medio televisivo y los medios de comunicación virtuales, realmente, ¿qué es lo que hace que Salvador Illa sea un buen candidato para la presidencia de la Generalitat? ¿En qué hechos se basa que Illa sea un ministro bien valorado por la sociedad? Claramente, como bien dicen en las tertulias, el factor determinante es su seriedad, su apariencia de buen gestor, su serenidad hablando sobre hechos técnicos aparentemente incuestionables más allá de toda demagogia populista. Pero si vamos a los hechos puros y reales de su gestión, esta seriedad y fundamentación incuestionable de sus medidas no es más que mera apariencia. Frente a países como Alemania, que sufrieron unas 8.000 muertes durante la primera parte de la pandemia y 30.000 según los últimos datos, España ha tenido un aumento de mortalidad de casi 80.000 personas desde marzo y murieron más de 40.000 personas en la primera ola de la pandemia con test positivo de coronavirus o sintomatología compatible, según el Instituto Nacional de Estadística. España ha sido uno de los países del mundo que ha tenido más mortalidad por habitante, y esto no se puede achacar meramente a la gestión de las autonomías. La gestión de su ministerio junto con la coordinación con las comunidades autónomas ha sido ampliamente criticada por parte de grandes autoridades internacionales en el ámbito de la salud pública, como el español Rafael Bengoa, o revistas como The Lancet, revista de referencia en investigación médica, que en un editorial criticaba el proceso de desescalada en España, por no hablar de las peticiones de dimisión que se han trasladado por parte de los Colegios de Médicos españoles respecto al principal responsable científico del ministerio o su participación en programas de televisión de aventuras en pleno inicio de la segunda ola en la capital de nuestro país.

Da igual que se tengan grandes propuestas como McNamara respecto a la solución de la amenaza nuclear en la Guerra Fría o que se haya pilotado un ministerio desarticulado por los recortes y con una gestión claramente mejorable: hoy, ser serio y vender serenidad en un momento en el que la política se ha convertido en una jaula de grillos en la que el que grita más tiene más minutos de tertulias y telediario, es un activo en alza políticamente, que es capaz de hacer que gran parte de la sociedad considere que un mal gestor es un buen político.

Y es que esto, por mucho que se alabe en las tertulias, no deja de ser la otra cara de una realidad que no cesa: en política ya no importa qué se haga, cómo se haga y por qué se haga, lo que importa es qué sensación damos en el telediario. Lo que importa, incluso cuando nos intentamos alejar de él, es el sensacionalismo. Una gestión pésima que debería haberse traducido en una dimisión hoy se ha convertido en un prometedor futuro de la mano de una buena estrategia de comunicación. Pues por mucho que se diga que este tipo de política y de discurso es una respuesta a la política del espectáculo a la que estamos acostumbrados, no es sino su máximo triunfo. Una política en la que cuando queremos divertirnos priorizamos al payaso y cuando necesitamos certezas, priorizamos al serio, pero donde la realidad de las gestiones no importa y ha sido apartada del debate político.

Salvador Illa en Moncloa | La Moncloa

Por mucho que nos reconforten los rituales de seriedad, las palabras firmes de nuestro ministro filósofo no han parado una tercera ola que se predice catastrófica: son los hechos, las medidas reales que hoy siguen siendo inexistentes en nuestro país y que han llevado al éxito a países como Nueva Zelanda o, en menor medida, a Alemania, aquellas únicas que pueden salvar miles de vidas en riesgo en estas próximas semanas. Por ahora, tristemente, en lo que tendremos que confiar es en que el discreto encanto de este sensacionalismo serio de Salvador Illa evite que a un gobierno malo lo venzan, tanto en Cataluña como en el resto de España, gobiernos basados en un sensacionalismo aún más ramplón. Pero aquello de creer en una política que se ocupe eficientemente de los problemas reales de la sociedad parece bastante lejos de la realidad política de nuestro país, que hasta cuando quiere emanciparse de la demagogia vuelve a caer en ella como en una trampa que no cesa.

Por: Miguel Rodríguez Conde

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