La paradoja del pijo, el youtuber y la motillo

0
619

La pandemia es la mayor catástrofe que el ser humano ha enfrentado el último siglo. Ha pasado casi un año desde que España tomó la decisión, como en muchos otros países, de confinarse. Esta decisión, si bien imprescindible, ha tenido un potente impacto sobre nuestro estilo de vida, la economía y la forma en la que concebimos la realidad. Al menos, eso pensaba yo. Creí, iluso de mí, que después de ver el camino que un capitalismo exacerbado primaba la economía a salvar vidas, algo cambiaría. No obstante, la naturaleza humana tiende a ser mucho más reveladora que los datos, y son los repartidores los primeros que lo sufren.

Recientemente, encontré un tuit de la cuenta @ridersxderechos que me dejó sorprendido. La plataforma adjuntaba el vídeo de una entrevista a Sacha Michaud, cofundador de Glovo, que aseguraba que hay una tendencia en la sociedad a buscar tener «dos o tres trabajos a la vez». Declaraciones que sorprenden, después de ver como el 99 por ciento de la población se desvive por mantener un trabajo toda su vida. Sorprende, precisamente, porque es extraño que un trabajador pueda decir algo así de convencido, sobre todo con la precariedad propia de este sistema. Claro está, sin embargo, que es algo extraño salvo si formas parte del uno por ciento. La visión se distorsiona cuando eres alguien que aun no ha tenido su primer trabajo real. El privilegio de quien se cría con una vida solucionada. El pijo que tan solo sube a la moto para ir a la casa en la sierra.

Cualquiera con dos dedos de frente ve que estas declaraciones son una cortina de humo. Todos conocen Glovo y similares, su uberización de la economía, y la precarización más extrema de su oferta de trabajo. En la entrevista, Michaud hablaba tranquilamente de Glovo y de sus glovers (los repartidores) como una nueva forma de vivir la vida. No tener jefes, aunque te controlen a través de una pantalla. Escoger trabajar cuando quieras, pese a que los pedidos llegan si trabajas un número indecente de horas sin parar.

Te venden la moto y no te enteras

El problema de Glovo es que la sociedad se ha creído sus mentiras. Promesas de oro y prosperidad en una mochila amarilla vacía. Algo común, no obstante, a toda nuestra economía. Se llaman entrepreneurs, pero son los pijos de toda la vida que crean empresas con el dinero de sus padres y el trabajo de otros. Los que van a universidades privadas y engordan su currículum con posgrados en Harvard que en realidad son en Aravaca. Son los que te convencen, asesorados por un grupo ingente de abogados caros, de que su trabajo de repartidores es un viaje en la motillo. Una nueva experiencia, da igual si quieres vivir en Madrid, Milán o París. Glovo tiene una mochila para ti: que el resto de su clase no se tenga que mover del sofá para conseguir lo que quiere. Tú se lo llevas; como el esclavo que acerca el racimo de uvas al romano tumbado sobre el diván.

Lo aceptamos, aun así. ¿Por qué? Porque te prometen que un día tú puedes ser ellos. Puedes ser el romano que espera caliente en el diván. Si trabajas, si te esfuerzas, puedes llegar más allá. El joven campesino que se engaña a sí mismo, porque sabe que si trabaja mucho para su amo ganará una parcela más grande en El Más Allá. La meritocracia no es algo nuevo: es la evolución de un término que la cultura cristiana ha inyectado en la sociedad occidental. Nos lo creemos, aceptamos la moto, sin pensar que, quien nos la vende, no la ha tenido que comprar. Es la paradoja que no queremos creer. Es la paradoja que nos fuerzan a olvidar, y también a aceptar. No se pasa de repartidores a millonarios. No solo no somos iguales, sino que nunca lo seremos: siempre tiene que haber un obrero en la moto y un pijo en el sillón.

Movidas del Youtube

El mundo de los repartidores no es el único. Esta mentalidad, por desgracia, se traslada y asume de una manera ridículamente sencilla. El caso de Rubius es importante y significativo porque, precisamente, mueve a masas sin conocimiento a posicionarse en contra del interés común. Fans jóvenes y sin conocimiento alaban las acciones de un tipo que no conocen porque su fanatismo los ciega. Se creen realmente argumentos vacíos y sentimentalistas de los ricos porque creen que algún día ellos estarán en esa posición. Piensan, realmente, que un día ellos serán los ricos que pagarán impuestos; que estarán en una posición de privilegio haciéndose las víctimas. Spoiler: no.

No existe justificación alguna, por mucho que traten de vender, para que alguien decida irse a un lugar en el que, curiosamente, tenga menos que pagar. Se llama egoísmo. No se llama velar por uno mismo, ni tampoco victimizarse: no, Hacienda no trata a Rubius como un criminal. Si lleva diez años cobrando millones, lleva diez años con una gestora que le hace la Declaración de la Renta. Todo lo que Hacienda le haya podido requerir, se lo han requerido a terceros. No es un pobre muchacho al que le roban el dinero que ha ganado, es un tipo al que le piden el dinero que debe pagar para que todos en España podamos tener una vida digna independientemente de salario, clase o lugar de nacimiento. Se llama solidaridad; se llama ser humano. Darle al país y a la gente que te ha permitido llegar donde estás lo que le debes para que siga pudiendo funcionar. El que da educación pública de calidad a sus ciudadanos; el que no deja tirado al mendigo moribundo y le cura porque nadie debe morir por no poder permitirse ir al médico. No solo de repartidores va la cosa.

Publicidad

Deja un comentario