La ultraderecha de tres cabezas

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Los recientes acontecimientos en el barrio madrileño de Vallecas avivaron el viejo debate sobre cómo deben comportarse los medios ante las provocaciones de la ultraderecha española. ¿Deben seguir sus actos y darles el megáfono y las cámaras para transmitir su mensaje; o deben alejarse para no permitir que marquen el camino de la agenda política española? Una duda razonable, qué hace preguntarse a los medios cuál es su papel. Es una mirada hacia uno mismo, para reconocer su naturaleza. Es una mirada para entender quién es en realidad, y sobre todo, qué debe hacer en función de esa pecaminosa idea platónica del Periodismo.

Vox es un ultraderechismo castellano, rancio y castizo, pero orquestado con mucha inteligencia. Vox es como Cerbero, el perro de tres cabezas que guarda las puertas del infierno grecolatino. Cada una de sus cabezas cumple una función, así como representa a un grupo predeterminado, pero que actúan en busca de un objetivo común. Vox es una fusión de tres tipos de personas parecidas: el rico de toda la vida, el matón reprimido y el derechoso desencantado.

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Tres cabezas a la ultraderecha

La primera cabeza es la del aprovechado. No nace de un fascismo convencido, sino un neoliberalismo amoral. Son hijos de los terratenientes del pasado, de los tecnócratas ultracatólicos franquistas. En definitiva, son los ricos de toda la vida, antiguamente amparados por el aznarismo, pero que quedaron huérfanos con la aparición del reformismo progresista al que tiende inevitablemente la política. Es la cabeza que representa a aquellos que han visto en Vox una esperanza para mantener (sino aumentar) sus privilegios.

Esta es la cabeza inteligente. Marca el camino a seguir por las otras dos. Es la que sale en las televisiones para dar discursos, la que hace de portavoz en el congreso porque no necesita encrespar: sabe cómo debatir. Dan discursos inteligentes y construidos con el objetivo de marcar la agenda, porque saben que sus provocaciones deben responderse. De ahí que su herramientas principales sean la manipulación, la mentira y la incitación al conflicto. Por eso, son la voz en la sombra: Iván Espinosa de los Monteros o Jorge Buxadé. Son caras visibles, sí, pero no son la cabeza del partido. Tan solo cumplen con un papel aparentemente menor, mientras gestionan todo de puertas para adentro.

Manifestantes con banderas de España en Madrid.

La segunda cabeza es la del matón. Es el ultra convencido, el Hombre sin principios y reprimido por dejar de ser el centro del mundo. Es el ultracatólico, ultraconservador, racista, homófobo y machista que busca la confrontación. Son esos hombres educados al militarismo y el sectarismo. Hijos de franquistas, o, directamente, franquistas autoconvencidos. Javier Ortega-Smith lidera este grupo. No es el único: ahí están los innumerables ejemplos de representantes que, al indagar un poco, se descubre que militaron en organizaciones neonazis. Sale uno de estos cada poco tiempo.

Este grupo es peligroso por su virulencia y su formas, por eso está atado con correa y con bozal. Es la ultraderecha que a veces desencanta a la ultraderecha. Su confrontación es mucho menos sutil que la anterior, usan el insulto y la provocación violenta. Antes salían más en televisión, pero ahora están en el banquillo. Sus actos y discursos dan siempre titulares, porque su inconsciencia los hace tener la lengua demasiado suelta. ¿Hace cuánto que Ortega-Smith no sale en cada diario matutino? No son la voz que necesita el partido, sino que tienen que ser los generales que se manchen las manos, que animen a las hordas de ultras en frente de casas de otros políticos y de sus niños pequeños.

La última cabeza es una amalgama dentro de la amalgama. Son los ricos que no han tenido que trabajar para serlo, pero también son violentos autoconvencidos de sus ideales ultrareligiosos y militaristas. Sin embargo, en su totalidad son algo más que las dos cabezas anteriores, por eso son las caras visibles que aparecen en los carteles: pueden jugar el papel de víctima. Santiago Abascal, Rocío Monasterio, Ortega Lara, Ignacio Garriga… No son cabezas porque su labia sea de otro mundo. Algunos son matones reprimidos, sin más, como Abascal; otros tienen problemas a la hora de formalizar un discurso coherente, como Garriga el día de la moción de censura. Pero nada de eso importa, porque pueden jugar el papel de víctima, o pueden jugar con él.

¿Cuántas veces Vox ha dicho que no es un partido racista, porque cuenta con Ignacio Garriga; o machista, porque tiene en sus filas a mujeres como Rocío Monasterio? Contarlas seria un despropósito. Reniegan del machismo y el racismo, juegan con ese papel para atacar a los colectivos oprimidos y renegar su opresión, solo porque ellos no la han vivido. Solo porque ellos son ricos. Por eso esta cabeza es cabeza de turco, porque ni Espinosa de los Monteros ni Ortega-Smith pueden decir que son víctimas de nada. Abascal sí, pues es hijo de un político perseguido hace muchos años por el terrorismo de ETA. No tiene nada que ver con la actualidad, ni siquiera realmente con una política de hechos, ya que ETA hace mucho que se fue. Pero da igual, porque ser víctima es útil para seguir siendo rico. Así funciona la ultraderecha

Tres cabezas, tres veces más peligroso

Cada cabeza tiene su lugar, pero juntas. El rico de toda la vida comparte objetivos con el matón y con el derechoso desencantado. Muchas veces, como Abascal, las tres personalidades se concentran en una sola persona. Se es rico, matón y derechoso. En la televisión, se visten de seda, en la calle, de militares con camisas pardas. En los mítines, son víctimas, y dicen ir a barrios en los que aseguran «hay víctimas» como ellos, pese a que tan solo busquen provocarlos para ganar más apoyo entre los suyos. Quieren que ser las víctimas de una violencia que ellos han llevado. Y los medios lo hacen, porque no pueden mirar a otro lado. Las cámaras de las televisiones son niños jugando a la gallinita ciega, mareados de tanta vuelta. Al final, consiguen lo que buscan: enfrentar a unos contra otros, para así ganar solo ellos. Para así ganar solo unos pocos.

 

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