La ética y los otros

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Hace unas semanas, Macarena Olona, estandarte de Vox en el Congreso de los Diputados, se dirigía compungida a su audiencia de Twitter. Olona hablaba en un vídeo, emocionada y recordando a su bebe de 13 meses, de las palabras que un periodista, Máximo Pradera, le había dedicado en el diario Público. Concretamente, el periodista se quejaba de que el cáncer cayera en personas como Julia Otero y no se repartiera mejor, afectando a gente como Aznar o (cito palabras textuales) “la arpía de Macarena Olona”. Rápidamente, diversos políticos, especialmente conservadores, se solidarizaron con la diputada de la extrema derecha, que, con razón, denunciaba el absoluto odio y, añado yo, deshumanización, que destilaba este artículo, por el que se terminó disculpando la publicación de izquierdas. Sin embargo, el pasado viernes parece que la diputada y los sectores de la extrema derecha no se llenaron de la misma emoción empática con las amenazas, con balas de fusiles asociados al ejército, que recibió el líder de la cuarta fuerza política de nuestro país, Pablo Iglesias, además del ministro de interior y la directora de la Guardia Civil. Y es que, si se busca algún tipo de referencia emocionada en las redes sociales de la diputada a los hijos pequeños de Iglesias e Irene Montero por las gravísimas amenazas de muerte que recibieron sus padres, solo se encontrarán dos tipos bastante distintos de publicaciones: unas que ponen en duda dicha amenaza, y otra, hecha inmediatamente después del debate en el que su partido no condenó la violencia contra Iglesias, denominando al político amenazado “Coletas Rata”. Dos varas de medir muy diferentes que nos muestran muy bien cuál es la estrategia de la extrema derecha en nuestro país.

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No se puede decir que sean originales: las dinámicas de un nosotros, digno de empatía, personificado, con familias, amigos y vida, se esté o no de acuerdo con opiniones concretas que puedan tener, y un otros, representante de toda la basura del ser humano, infame, animalizado, y al que habría que evitar ciertos sufrimientos porque nosotros somos decentes, pero que si lo tienen, se lo han buscado ellos solitos o están mintiendo, es la dialéctica tradicional que han usado los grupos excluyentes y totalitarios para marginar y extirpar a los grupos disidentes y a las minorías molestas. Desde los movimientos nazis y fascistas de los años 30, que llamaban ratas a la minoría judía, o que acusaban a la izquierda de ser conspiradores con los judíos y de haber dado “una puñalada por la espalda” a sus países en la I Guerra Mundial (véase, por cierto, el manifiesto de la plaza de Colón), a movimientos genocidas más recientes, como en el genocidio ruandés, en el que se denominaba a los Tutsis “cucarachas”, las dinámicas definidas por autores como Schmitt en sus dialécticas amigo-enemigo han sido usadas para crear dos tipos de individuos en el imaginario de ciertos colectivos: un sujeto digno de consideración ética, el miembro del nosotros, que es una persona y que es decente aunque pueda estar equivocado; y un enemigo, sujeto deshumanizado y extirpado de toda preocupación ética, más un animal que un ser humano.

Hoy esos animales en España no son los judíos ni los tutsis, ni parece, más allá de bravuconadas de militarzuchos jubilados, que exista ninguna amenaza inminente de ataque generalizado. Pero sí son la izquierda alternativa, personificada en Pablo Iglesias o Irene Montero, los niños sin padres que han emigrado a España para buscar un futuro mejor, las personas LGTBI “indecentes”, las feministas y su proyecto totalitario contra los hombres, o los inmigrantes en general, y especialmente los provenientes de países subsaharianos. Aunque no hay hoy un plan de exterminio de las “manadas” de perroflautas, negros, maricones, locas o MENAS, se empiezan a cristalizar la violencia y el odio de estos discursos nacidos del resentimiento de muchas derrotas electorales, morales e ideológicas de los sectores de la derecha reaccionaria, que, como muestran estas amenazas a Pablo Iglesias, y episodios anteriores como la bomba casera con metralla que tiraron a un colegio de niños extranjeros tutelados, pueden tener consecuencias reales relativamente pronto a manos de fascistas descontrolados.

Y es que, detrás de los locos, no nos podemos olvidar que hay un discurso. Un discurso que no manchará las manos de Monasterio, Abascal, o toda su tropa, pero que sí legitima entender a los enemigos de su proyecto totalitario para nuestro país como enemigos de España, como infraseres que deben ser eliminados, sea ilegalizándolos e impidiendo su expresión política, como se pretende hacer con Podemos y nacionalistas periféricos, sea impidiendo la entrada a España a todo el que no esté conforme con su proyecto cultural ultracatólico, dividiendo entre inmigrantes buenos e inmigrantes malos según su religión, sea imposibilitando ningún tipo de reinserción de ciertos delincuentes, llevándolos a ese no-lugar que es una cárcel perpetua, en contra de la letra y el espíritu de nuestra constitución.

Decía la representante de Más Madrid, Mónica García, un comentario muy agudo: ¿tan mal le va en las encuestas como para tener que montar estos numeritos? Y añado: ¿tan mal les ha ido en estos últimos 40 años de democracia como para necesitar dinámicas deshumanizadoras del contrincante, del odio, para movilizar a esos votantes? ¿Qué proponen? Porque es cierto que el Partido Popular ha conseguido, no sin mucho alimentar previamente este odio del que ha surgido su escisión Vox, un cierto modelo propositivo: proponen un sistema liberaloide egoísta, individualista, que a pesar de ser claramente consciente de las muertes y las consecuencias horrendas que provocan sus políticas sanitarias y de inversión pública, al menos en Madrid (los modelos conservadores tradicionales de Feijoo o Moreno tienen proposiciones mucho más serias y profundamente defendibles), se mantiene dentro de un beneficio individual de personas que no entienden que su comilona de hoy se puede convertir en el entierro de mañana. Pero Vox no se alimenta de esto ahora, Vox se alimenta de la ira. Vox se alimenta de la ira hasta el punto de que es capaz de justificar amenazas como las que a muchos de sus militantes aterrorizaron durante décadas en Euskadi. Vox hace tiempo que dejó de proponer, pero ahora se está convirtiendo en una reacción contra la izquierda y ciertas minorías muy cercana a la Batasuna que amenazaba al joven Abascal. Quizá porque proponer que el aborto debería restringirse, que el orgullo gay debería mandarse a la casa de campo, que no están mal las terapias de conversión, que la eutanasia debe ser ilegal, etc., no era especialmente atractivo electoralmente, como bien muestran sus pobres resultados durante sus primeros años de vida.

“Dale donde les duele”. Así se expresaba Abascal pidiendo el voto frente a la izquierda progre y los inmigrantes, un voto que doliera a esas manadas de enemigos que estaban destruyendo España. Y así también se expresaba Herri Batasuna en 1987 para pedir un voto que dañara a los enemigos de Euskal Herria, a la gente como el padre de Abascal, que defendían concepciones conservadoras y constitucionalistas de la sociedad desde la antigua AP. El enemigo, de nuevo, al que hay que amedrentar. Con una diferencia: hoy el líder de Vox es una persona que tuvo que sufrir ese amedrantamiento.

Incluso un partido centrado, desde posiciones conservadoras, en un descontento con la izquierda, debe saber donde están los límites, y sobre todo si, como aseguran, son patriotas. Preocuparse por nuestra sociedad, por nuestro país, significa poner la convivencia antes de las ideologías y los intereses electorales, como nos enseñó la transición. Y si se le pueden hacer muchas críticas a esa etapa, también se debe hacer una valoración: nos permitió convivir en paz durante décadas. Hoy todos debemos reflexionar después de estas amenazas de qué España queremos para nuestros hijos. Una España marcada por el odio, provenga de la izquierda o de la derecha, o una España en la que diferentes podamos dialogar desde la discrepancia como lo que somos, amigos, hermanos y compatriotas. Hoy Vox y sus políticas blanqueadoras de la violencia, pero también el Partido Popular de Madrid, con una posición favorable ante ellos que no se parece ni a la de Casado ni a la de Feijoo, son un peligro para esta convivencia democrática. Y si no rectifican, amigos y amigas lectores, como ciudadanos debemos elegir alternativas que defiendan claramente esta convivencia. Creo que está claro qué partidos, desde la derecha y desde la izquierda, son la herramienta para ello. Esperemos que la ciudadanía de Madrid sepa responder con la altura que merece el reto al que todos nos enfrentamos. Está en juego nuestra democracia.

Miguel Morenas

 

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